3.141 – Interdicción de crecimiento

g_mannerheim_1918   “Mi cicerone me condujo enseguida hacia una grieta de la cual se afirmaba que era el famoso “foso de los leones” del profeta Daniel; en el borde de la grieta me señaló también su tumba. Estaba construida, según la tradición mahometana con adobe y tenía la forma de un ataúd de aproximadamente ocho metros de longitud. A mi pregunta porqué el ataúd era tan enorme, me contestó el guía con toda seriedad que Daniel había crecido en su tumba y que había sido necesario alargarla de tiempo en tiempo.
—¿Crece aún el profeta? —pregunté.
—¡No, eso lo han prohibido los rusos!.”

Gustavo Carlos Baron de Mannerheim
Memorias del Mariscal Mannerheim

3.140 – Tradiciones

donkey-pinata  Pachita y Ruperto confeccionaban piñatas. Tenían más de treinta años haciéndolo. Empezaron al casarse y ahora que sus cuatro hijos vivían lejos de ellos y estaban únicamente los dos, la costumbre y la monotonía empezó a fastidiarlos.
El negocio les dejaba buenas utilidades, sobre todo en diciembre, época de tradiciones, con sus posadas, sin embargo, el resto del año Pachita se aburría…
Ruperto era muy simpático, no feo, tenía canas en las sienes; y con dinero, buscó otras diversiones y empezó a serle infiel a su esposa.
El matrimonio dura mientras la mujer aguanta y ésta no aguantó.
Ruperto desapareció, nadie sabía de él, no dejó rastros, todos pensaron que se había ido a vivir con aquella señora divorciada y coqueta que llegó un día para comprar al Ratón Miguelito y Mimí.
Pachita lo lloró, estaba triste, no comía lo suficiente, tanto adelgazó que sus hijos temían perderla, en lo único que se entretenía era en elaborar sus piñatas, hacía personajes diferentes, de moda, como La Sirenita, Sebastián, Barney, Hércules… algunos eran tan perfectos que los conservaba no queriéndolos vender.
Poco a poco fue recuperándose de su pena, bromeaba y decía que hubiera preferido la muerte de Ruperto que no saber nada de él.
Transcurrió un año, él no aparecía. Nadie tocaba el tema de la divorciada.
Su nieta, la consentida de Ruperto, se encapricho con una de sus obras perfectas, llevándose a Barney en un descuido de la abuela, para romperla en su cumpleaños.
Así se enteraron que Pachita era viuda.

Zoila Camarena

3.139 – Doble jornada

roberto-perinelli   Enterado de que su llegada produce tristeza y melancolía entre las gentes, el Crepúsculo se disfrazó de Amanecer. La Noche, licenciada con el cambio, se tomó descanso en una playa caribeña, tostándose con los rayos de un Sol cada vez más exhausto y desconcertado.

Roberto Perinelli

3.138 – Los franco tiradores

alphonse_daudet_2   A la vez, innumerables compañías de francotiradores se organizaron con gran entusiasmo: “Los hermanos de la muerte”, “Los chacales de la Narboresa”, “Los trabucos del Ródano”. Los había de todos los nombres, de todos los colores, como centáureas en un campo de avena, y llevaban penachos, plumas de gallo, sombreros gigantes, cintos anchos de tras palmos… Para parecer más terribles, los francotiradores se dejaban crecer la barba y los mostachos de tal modo, que en el paseo nadie se reconocía. A lo mejor, de lejos, veíase un bandido de los Abruzzos, que se echaba sobre vosotros, con los mostachos retorcidos como garfios, los ojos llameantes, haciendo un terrible ruido de sables, revólveres y yataganes; y luego, cuando se acercaba, conocíais que era Pegoulade, el recaudador. Otras veces os tropezabais en la escalera con Robinsón Crusoe en persona, con un sombrero puntiagudo, su cuchillo de sierra y un fusil en cada hombro; a fin de cuentas, resultaba ser Costacalde, el armero, que volvía de comer fuera de casa. El caso es que, a fuerza de adoptar aspectos feroces, los tarasconenses acabaron por aterrorizarse unos a otros, y al poco tiempo nadie se atrevía a salir de casa.

Alfonso Daudet

3.137 – El huésped

ximena-rubio-del-valle  Cansada de encontrarlo al acecho, esperando el menor descanso para abordarme, el mínimo descuido para iniciar el asalto, la más leve pausa para dejarme en pedazos, resolví matarlo.
Disparé hacia donde confluyen los ríos sobre los que él navega; cerré las tomas de aire; corté con navaja todas las vertientes que alimentan su mundo; ahorqué cada uno de los instantes que vivimos juntos; desintegré las partículas de pasión que formaban remolinos de ausencia, y cuando finalmente miré dentro de mí, lo vi al fondo, disfrazado de burla, danzando con sus propias carcajadas.

Ximena Rubio del Valle

3.134 – Un hombre sin complejos

adolfo_bioy  El peluquero del club me contaba sus aventuras. Una noche, aprovechando que el marido estaba en el Rosario, salió con la mujer de un verdulero. “Yo era joven, entonces”, explicó, “y de mucho arrastre”. Mirando de lado, hacia arriba, agregó: “Yo era alto” (no aclaró cómo podía ser apreciablemente más alto que ahora). “Fuimos a un baile, lo más paquetones, en el teatro Argentino. Yo era imbatible para el tango y cuando empezamos la primer piecita un malevo con voz ronca me dijo: “Joven, la otra mitad es para mí”. Yo le repliqué en el acto que tomara ahí no más a mi compañera, que yo estaba sinceramente cansado de bailar. Salí del teatro a la disparada, no fuera a incomodarse tamaño malevaje. Al día siguiente la mujer me visitó en la peluquería, que entonces yo tenía por la calle Uspallata al 900, y me prohibió absolutamente que volviera a hacer un papel tan triste en el baile. Otra vez, dormíamos la siesta, lo más juntitos, y tuvimos unas palabras sin importancia. ¿Qué me dice usted cuando lo veo que se levanta de todo su alto, abre el baúl y saca el cuchillo Soligen, para cortar un poco de pan y dulce? Yo lo que menos pensé fue en el pan y en el dulce; caí de rodillas, como un santo, y con lágrimas en los ojos le imploré que no me matara”.

Adolfo Bioy Casares