La línea levantó la cabeza y me mordió la mano con que la escribía. Comprendí que mi obsesión con el microrrelato era excesiva y me puse a escribir un cuento de extensión convencional. Un párrafo se enroscó y saltó hacia mí, hiriéndome en el calcañar con su cola ponzoñosa. Entonces me instalé en el territorio más conocido de la novela. Algunos capítulos suscitan mi desconfianza. Vivo inquieto, maquinando estrategias para proteger la yugular.
Mes: junio 2016
2.958 – Lágrimas
Le pregunté a mi madre por qué ya no hablaba del tío Marcos, del que mataron en el norte, y ella me contó que era porque se le habían terminado las lágrimas. Que cada persona tiene un cupo para cada muerto, como si ellos se las dieran, y cuanto más triste la muerte, más lágrimas. Pero que también se acaban terminando, y un día no salen más. Eso fue lo que le pasó a mi madre, que cuando aparecía mi tío Marcos en la conversación, ya no lloraba aunque quisiera, y de ahí pasó a pedirme que nunca le hablara de él, que era muy triste no poder llorarle. Y así mi tío empezó a desaparecer, y poco a poco se volvió penumbra; y ya ni siquiera eso.
César Gavela
Velas al viento. Los microrelatos de la Nave de los Locos. Ed cuadernos del vigía. 2010
2.957 – El enfermo
No comprendo este nuevo síntoma de mi enfermedad. He perdido por completo la vista y tengo la asfixiante sensación de estar encerrado.
No sé cuántas horas (o días) habré estado sin sentido.
Lo último que recuerdo es el brillo de una lamparilla y un rumor de sollozos en el cuarto.
Ahora quisiera decir a todos que he vuelto en mí; pero he perdido, aparte del habla, también todo movimiento salvo el del brazo derecho, que, al moverme, tropieza con algo que debe de ser la pared de la habitación pero que, por causa de la perturbación de la sensibilidad que sufro, a mí me parece como una tabla. También experimento extrañas sensaciones, como un perfume de flores que parece ascender desde mis pies. Son penosos fenómenos que, evidentemente, confirman la extremada gravedad de mi estado.
Alfonso Sastre
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
2.956 – Un mélange mitológico
Brahma se enamoró deshonestamente de la joven Tilottama. Zeus raptó a Europa convertido eventualmente en toro y engañó a Leda, Ganímedes y Dánae transformándose, respectivamente, en cisne, águila y lluvia de oro. Shiva cometió adulterio titánicamente con más de dos mil ermitañas. Ixión satisfizo considerablemente su deseo con Néfele, nube creada por Zeus a semejanza de su esposa Hera. Prajapati le hizo el amor premeditadamente a su propia hija. Bóreas se enamoró de un grupo de yeguas jóvenes y se mudó en caballo para poder montarlas óptimamente. El Dios del viento fornicó jovialmente con una mona… ¿por qué entonces ha de abstenerse un escritor inexperto de yacer a voluntad con los adverbios acabados en mente?
Ángel Olgoso
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015
2.955 – Un cuento triste
En su camino de regreso a casa, Eusebio recorrió otras muchas ficciones. Novelas respetadas por la crítica, guías de viaje ilustradas y manuales de autoayuda. Transitó por biografías no autorizadas de estrellas del pop, por historias basadas en hechos reales, con su probada capacidad para llegar al corazón de la gente, y hasta por un libro de poemas, donde se le hizo rimar con Armenio. Un lamentable error le llevó a las notas a pie de página de una importante novela contemporánea, de las que le costó mucho tiempo salir.
Cuando llegó a su cuento, Ángela había muerto ya.
Desde entonces la visitó cada tarde en el cementerio. Sentado junto a su lápida, Eusebio narraba para ella las extraordinarias aventuras que había vivido: la vez que ayudó a Sandokán a retornar a nado, con el costado herido, a la isla de Mompracem; sus correrías junto a los cosacos de Taras Bulba a orillas del Don, o aquella vez que, escapando de los nazis, cruzó a la carrera el frente en el norte de Italia, en dirección a las tropas aliadas. Prudentemente, evitó mencionar los buenos ratos vividos con Shanon en los capítulos más tórridos de Hotel Lujuria.
Fue allí también, junto a la tumba de su mujer, donde Eusebio juró quedarse en su cuento y cuidar de su memoria para siempre. Puede que fuera un cuento triste, pero era, a fin de cuentas, el suyo.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.954 – Objetos
Debo decir que todo comenzó con una serie de sucesos extraños: la desaparición de un calcetín, quedando únicamente su par; mi pluma favorita se perdía sin razón, pero al paso de unos días regresaba a su lugar. En el trabajo, no encontraba mi bata en el estante, del que solo yo tenía llave; los anillos de matrimonio recién reemplazados, también decidieron rodar por su cuenta.
Ahora debo andar por ahí.
Diana Raquel Hernández Meza
2.953 – Mensaje en una botella
Querida María, dulce amiga mía, amada: las palabras se quedan siempre atrás, son como brisas que no alcanzan nunca la isla de la realidad. Como me conoces muy bien, ya sabes que estoy liándome, y me perdonarás esta introducción tan larga, para llegar a una conclusión tan breve: te quiero. Y en este momento no encuentro otra forma de decírtelo que dedicarte este libro, que, poco o mucho, es todo lo que tengo.
Agustín Cerezales
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
2.952 – Temperatura ambiente
En verano, en esta ciudad, hay noches de un calor tan tórrido que ni respirar se puede y los mariposones caen achicharrados antes de haberse arrimado a luz alguna. Esas noches los pobres vampiros pasan sed. Nosotros podemos servirnos un escocés en las rocas, pero los pobres vampiros salen desesperados en busca de hombres valientes y los poquísimos que quedan, al verlos se aterran ante ellos. Tantas cosas se han ido perdiendo con la prosperidad y el tiempo. Ya no hay en esta ciudad quien logre frente a cualquier circunstancia conservar la sangre fría.
Luisa Valenzuela
Ciempiés. Los microrelatos de quimera. Ed. Montesinos
2.951 – Un viaje imprevisto
Las siete de la mañana. Subo al autobús urbano que debe llevarme al Parque Acuático, al otro lado de la ciudad. Me siento cerca del conductor y advierto que soy el único viajero.
«Aquí pasa algo raro», pienso.
Al principio todo parece normal. El conductor respeta las paradas. Se detiene ante las marquesinas y durante un momento mantiene las puertas abiertas, pero no sube nadie.
Humillado por la indiferencia de la gente, el conductor decide pasar de largo. No hay mucho tráfico y poco a poco aumenta la velocidad. Da la vuelta alrededor de la plaza de M. y en lugar de seguir por la calle de M., elige la calle de Z., que conduce al otro lado de la ciudad.
-¿Adónde me lleva usted? -le pregunto.
-Puede que ni siquiera yo mismo lo sepa -me contesta.
Le recrimino que no respete los semáforos y el hombre me recuerda que está prohibido hablar con el conductor. A partir de este instante, por lo tanto, me resigno a mi suerte y decido mantener la boca cerrada.
Que en este autobús haya, por lo menos, alguien que cumple las ordenanzas municipales.
Javier Tomeo
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
2.950 – El viaducto
-Haga usted el favor de no empujarme más.
-Ni a mí de pisarme. Ya es la segunda vez. Le voy a decir yo a usted una cosa: si tiene tanta prisa, ¿por qué no se lo ha hecho en casa?
-Eso digo yo. ¿No tiene usted una buena cuerda? O si no con pastillas de ésas, como los artistas.
-A ver si por una vez hacemos una cola como Dios manda, que va a ser la última que hagamos.
-Eso mismo creía yo, y ya es la tercera vez que tengo que venir.
-¿Pues qué le faltaba a usted?
-La primera vez el certificado médico, y la segunda la fe de vida.
-Pues estamos aviados. Yo no los traigo.
-Ni yo. ¿Para qué querrán esos papeles?
-Hombre, yo lo veo bien, porque si te vas a morir de una enfermedad, ¿para qué te vas a andar tirando? -Bueno, eso todavía; pero la fe de vida, ya me dirá usted.
-Eso mismo fue lo que yo les dije, pero me contestaron que no había nada que hacer, que había habido casos de personas que, al irles a hacer el certificado de defunción, ya estaban muertas.
-Pero esto es el colmo; son incapaces de llevar el censo
como Dios manda y encima nos echan la culpa a nosotros. -Sería que en vez de venir a matarse venían a rematarse.
-Qué gracioso es usted. No sé qué puede hacer alguien
tan ingenioso en un sitio como éste. Ya vé.
-No hace ni diez años que venía la gente dándose un paseo desde la parada del metro de ópera, y cogían y se tiraban y Santas Pascuas.
-Le voy a decir yo a usted una cosa: la burocracia; eso es lo que nos está matando.
-A mí, no. Yo me muero de otra cosa.
-… Y de qué, si puede saberse.
-De ganas de saltar el pretil y perderles de vista.
-Ya le dije que es usted muy gracioso.
-Sí, ya me dijo.
