Estábamos cabizbajos, como si ya hubiésemos perdido antes de empezar. Luis era el único que tenía un balón y no venía. Ya nos íbamos a marchar cuando Jonás tuvo la idea: ¿Y si jugamos sin balón? Tú eres tonto, dijo Toño. ¿Cómo vamos a jugar sin balón? Tú si que eres tonto. ¿No jugamos a soldados sin armas o a espadachines sin espadas? ¿Pues por qué no vamos a poder jugar al fútbol sin balón?, argumentó Jonás. A todos nos pareció un poco raro, pero no perdíamos nada por probar. Así que echamos pies para hacer los equipos. Simulábamos que nos pasábamos la pelota, que la golpeábamos o que corríamos a buscarla, hacíamos como que sacábamos de banda y hasta nos tirábamos al suelo para que pareciese que nos la quitábamos unos a otros. Al principio nos costó un poco, pero enseguida le pillamos el truco. Era divertido. Cuando ya llevábamos un rato jugando, Jonás hizo como que la metía en profundidad hacía la banda y yo corrí a buscarla. Simulé que regateaba a Bernardo y, antes de apurar la línea de fondo, hice como si centraba. Ventura, que nos pasaba a todos dos cabezas, saltó dentro del área, elevándose por encima de la defensa. El portero se estiró como pudo para atraparla y cayó sobre la línea. Unos decían que el balón ya había entrado, otros que no. Después de discutir un rato, dejamos de jugar. Desde mi posición lo había visto claro. Fue un auténtico golazo.
Mes: agosto 2015
2.344 – Las tradiciones futuras
Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan, y ese lugar es mañana.
Suenan muy futuras ciertas voces del pasado americano muy pasado. Las antiguas voces, pongamos por caso, que todavía nos dicen que somos hijos de la tierra, y que la madre no se vende ni se alquila. Mientras llueven pájaros muertos sobre la ciudad de México, y se convierten los ríos en cloacas, los mares en basureros y las selvas en desiertos, esas voces porfiadamente vivas nos anuncian otro mundo que no es este mundo envenenador del agua, el suelo, el aire y el alma.
También nos anuncian otro mundo posible las voces antiguas que nos hablan de comunidad. La comunidad, el modo comunitario de producción y de vida, es la más remota tradición de las Américas, la más americana de todas: pertenece a los primeros tiempos y a las primeras gentes, pero también pertenece a los tiempos que vienen y presiente un nuevo Nuevo Mundo. Porque nada hay menos foráneo que el socialismo en estas tierras nuestras. Foráneo es, en cambio, el capitalismo: como la viruela, como la gripe, vino de afuera.
Eduardo Galeano
El libro de los abrazos – Ed Siglo XXI – 2009
2.343 – La bella
2.342 – Y tras cuarenta días…
2.341 – Tauromaquia
Es la hora del paseillo, le dijeron cuando abrió la puerta. Y el monosabio se puso el uniforme, pantalón oscuro, blusón rojo, gorrilla del mismo color. Pensando en su trabajo en el ruedo durante la lidia, él, que ayudaba al picador, que podía pisar la arena junto a los toreros, salió de casa a cumplir con su destino, extrañado de que fueran a buscarlo en una fría noche sin luna.
Carmen Peire
Horizonte de sucesos. Ed. Cuadernos del Vigía. 2011
2.340 – Cuerpos
Le ha encontrado una peca, inadvertida hasta ahora. La tiene en el hombro derecho, justo donde empieza su brazo. Son descubrimientos que le emocionan, teniendo en cuenta el poco tiempo que hace que se conocen, y en los que ve pruebas inequívocas y señales evidentes de la complicidad que les une.
Follaron anoche y lo han vuelto a hacer esta mañana. Hace tan solo un rato. Primero ha sido ella quien ha abierto los ojos y se le ha quedado mirando algo ambigua, apoyada en su codo. Al despertar y cruzarse con su mirada, él ha interpretado esa atención que ella le dispensaba como una evidencia más de entrega y admiración, con lo que le ha sonreído agradecido, le ha dado los buenos días y le ha hecho notar ufano la erección instantánea que estaba teniendo. Mientras follaban de nuevo, él no ha parado de amarle el oído con palabras absolutas. Ella, por el contrario, solo ha gemido y no ha pronunciado ni tan siquiera un tequiero involuntario.
Ahora ella dispersa el humo de un cigarro con la vista perdida en el techo blanco de la habitación. A él no le gusta que fume en la cama pero sería incapaz de decírselo. Así que la mira desde un silencio empalagoso, sin pretender molestarla, babeante de dicha por saber que a cada voluta ella goza del recuerdo inmediato de la pasión con la que él la trata.
Y es mientras la miraba cuando ha descubierto la peca en su hombro. En un gesto de rendición más, ha acercado sus labios a la peca, la ha besado y, en comunión con su piel, ha pronunciado un teamo silencioso pero dulce. Ella ha dado entonces un respingo.
Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda, Ed. Talentura, 2012
2.339 – El arte del realismo
Dos hombres descomunales les cerraron el paso, blandiendo sus lanzas como aspas de molino. Sancho se escabulló entre las piernas de uno de los gigantes, pero su amo recibió un golpe de refilón que lo lanzó por los aires. Después decidió cambiar la versión de los hechos. Si no lo hago, se dijo precavido, van a pensar que el loco soy yo.
Juan Armando Epple
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010
2.338 – Virada
La mujer volvió a casa del trabajo. Mientras subía las escaleras oía venir del piso aquel vozarrón. Por su nariz avanzaba descarado el olor predecible de comida recalentada. Una música de compacto rayado se arrastraba cansina hasta alcanzar sus orejas. El ladrido lastimero del perro que encontraron juntos. Le pareció una jornada como las otras. Reincidente, sospechada.
Dio media vuelta y se apresuró a bajar los peldaños, por última vez. Pensó que lo único que tenía que perder era la ropa interior, que se quedaría deshilachada en los cajones de la cómoda. Y que era tiempo de comprarse otra nueva.
Mei Morán
http://meimoran.blogspot.com.es/2015/02/virada.html
2.337 – Más allá del amor
Yo llevaba muerto muchos años, pero sentía curiosidad por saber si la mujer con quien había compartido mi vida seguía viva y qué tal le iban las cosas. Me dijeron que esa curiosidad no tenía sentido, que nada lo tenía después de haber muerto. Pero yo sólo quería saber si ella se encontraba bien. Ellos insistieron en que era inútil insistir, que si ella vivía no podríamos entrar en contacto y que si había muerto tampoco. Me repitieron que todo había acabado y que nada podían hacer al respecto. Sin embargo, la ansiedad por recibir noticias de mi amada iba en aumento de manera imparable y no pensaba renunciar a mi propósito. Al final tuvieron que admitir que tal vez yo no había muerto del todo. Supongo que el sobresalto fue tan violento que acabé por despertarme.
Mi mujer dormía plácidamente a mi lado, en la oscuridad, con el pelo revuelto y la sábana cubriéndole apenas la cintura. La abracé con insistencia hasta que ella despertó y le hice el amor como si acabáramos de conocernos. Luego le confesé que había tenido una horrible pesadilla, en la que la echaba mucho de menos. Por su parte, ella también había soñado algo muy extraño, según me dijo. Alguien, al parecer muy obstinado, la perseguía sin descanso para saber cómo vivía y todo lo demás. Cuando le pregunté quién era esa persona me dijo -entre bostezos- que no lo recordaba, pero que cuando yo la desperté estaba a punto de lograr que la dejara en paz.


