Para los turcos, Dios no nos ha impuesto castigo más brutal que el trabajo. Por esa razón, cuando su hijo cumplió 14 años, un viejo turco, buscó al profesor de la comarca para que se ejercitara en la pereza.
El profesor era conocido y respetado, pues en su vida sólo había escogido la senda del menor esfuerzo. El viejo fue a visitarlo y lo encontró en el jardín, tendido sobre cojines, a la sombra de una higuera. Lo observó un poco, antes de hablarle. Estaba quieto como un muerto, con los ojos cerrados, y sólo cuando escuchaba el ¡chas! que anunciaba la caída de un higo maduro a poca distancia, estiraba lánguidamente el brazo para cogerlo, llevárselo a la boca y tragárselo.
“Éste es, sin duda, el profesor que necesita mi hijo”, se dijo. Se acercó y le preguntó si estaba dispuesto enseñarle a su hijo la ciencia de la pereza.
—Hombre —le dijo el profesor con un hilo de voz—, no hables tanto que me canso de escucharte. Si quieres transformar a tu hijo en un auténtico turco, mándamelo y basta.
El viejo llevó a su hijo, con un cojín de plumas debajo del brazo, y le dijo:
—Imita al profesor en todo lo que no hace.
El muchacho, que sentía especial inclinación por esa ciencia, vio que el profesor, cada vez que caía un higo, estiraba el brazo para recogerlo y engullirlo. “¿Por qué esa fatiga de estirar el brazo?”, pensó, y se mantuvo recostado con la boca abierta. Le cayó un higo en la boca y él, lentamente, lo mandó al fondo. Luego volvió a abrir la boca. Cayó otro higo, esta vez un poco más lejos; el discípulo no se movió, sino que dijo, muy despacito:
—¿Por qué tan lejos? ¡Higo, cáeme en la boca!
El profesor, al advertir la sapiencia de su discípulo, le dijo:
—Vuelve a casa, que aquí nada tienes que aprender. Soy yo, más bien, quien debe aprender de ti.
Y el hijo volvió con el padre, que dio gracias al cielo por haberle dado un vástago tan ingenioso.
Mes: junio 2014
1.937 – El ojo de cristal
Aquel ojo de cristal tenía la transparencia y el brillo de una mirada límpida y sin dobleces, diáfana de puro fulgor. Tanto era así que él la seguía amando, única y exclusivamente, en virtud de aquel ojo falso de perlas nacarado, y no del otro sano y verdadero que le quedaba, auténtico, sí, pero absolutamente vulgar.
Gemma Pellicer
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010
1.936 – La luna en estío
Ha llegado el estío. Los jóvenes se tienden a la sombra de los álamos y contemplan cómo las mujeres de la aldea descienden en hilera a través de las altas hierbas para lavar la ropa en las piedras blancas de la orilla del río. Una de ellas, acalorada, se suelta un poco las ropas y, entonces, en el afán de su tarea, uno de sus pequeños senos se hace visible. Y uno de los jóvenes, que está enamorado de ella en secreto, se siente poseído por la tristeza y piensa que acaba de contemplar, en mitad del día, la luna inalcanzable.
Andrés Ibáñez
Mar de Pirañas. Edición de Fernando Valls. Menoscuarto ediciones.2012
1.935 – Amanita sanguinaria
Como insaciable es tenida esta amanita. De un hermoso y ardiente color púrpura, esta criptógama es causa de la palidez y el decaimiento de quienes practican el amor en sus proximidades.
A esta seta -cuyo aspecto sugiere la riqueza de una metáfora que atañe a un granate vital- le son de aplicación cuantas leyendas traman el mito del vampiro.
Lucrecia Borgia -para que la lividez de su cutis realzara la pasión de sus labios- solía descansar en los atardeceres romanos sosteniendo entre sus senos la levedad de una de estas amanitas. Siglos más tarde, en pleno escándalo romántico, el escultor Andrea Visconti es detenido por el crimen de haber dado muerte a dos jóvenes a las que sometió al hongo «para admirar en sus cuerpos la elegancia nívea del mármol».
Rafael Pérez Estrada
1.934 – El perro que comía silencio
Hubo un tiempo en que me llamé croqueta. Así me llamaba mi amo. Mentecato lo llamaba yo a él, pero eso nunca lo supo. Ahora me gritan chucho. A mí me gusta titularme Zorba, el perro.
Y sí, soy un perro free lance de pueblo. Tardé en darme cuenta de que esta vez solo sería eso. No ponía huevos, tampoco tenía cuernos y ni hablar de hacer patinaje sobre hielo.
A los pocos meses de nacer me abandonaron en un vertedero. Me recogió don Mentecato y me apadrinó prometiendo cuidarme toda mi perra y su aún más perra vida, pero como era de esperar no cumplió su palabra y no se lo reprocho. Viene a mi mente el dicho «errar es humano, perdonar es perruno». A lo largo de mi vida he comprendido que casi ningún hombre tiene palabra, pero todos tienen silencios y eso es lo esencial.
Es muy difícil mentir con el silencio. Para mí es un recurso natural, como el agua. Hay días en que solo me alimento de eso, y claro así estoy también flaco como perro; o como bromearía mi compadre pastor alemán: no es que sea flaco, es que tengo los huesos bien afuera. Además parezco de gamuza con la tiña que agarré al revolcarme con una perrita choca de los suburbios y que me da un look bohemio.
Mis silencios preferidos son el silencio del hueso y el silencio de los enamorados que huele a bistec y anhelo. En cambio, el silencio de los cónyuges suele ser turbio y estrecho y no es solo uno compartido, sino al menos dos, por lo general antagónicos. A mí personalmente me ponen la carne de gallina y eso bien se sabe que para un can no es nada bueno.
Soy zurdo convencido. Meneo la cola con oficio de izquierda a derecha, me despierto de izquierda a derecha y si el tiempo me permite elegir, planto preferentemente el mordiscón en el muslo izquierdo del masticable contrincante.
¿Que por qué me fascinan los gatos? Porque son algo así como el resumen de la noche, sobre todo los negros. Pienso que si logro finalmente despedazar a alguno, liberaré todos los amaneceres que contiene. Soy re patiperro, creo en el espacio abierto y en la posibilidad de las esquinas.
Isabel Mellado
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010
1.933 – Retrovisor
Habíamos salido de vacaciones en dos coches, pues mi trabajo me obligaba a regresar a casa unos días antes. Viajaba primero yo, y unos metros más atrás, con los niños, venía Clara.
A medida que caía la noche, la autopista se había ido quedando en calma.
Escuchaba música en la radio cuando, surgido de la nada, apareció frente a mí el Kamikaze. Los ojos amarillos del Kamikaze.
Logré esquivarlo de un volantazo.
Miré hacia atrás sintiendo que yo era ya mi pasado, que el futuro estaba sucediendo a mis espaldas.
Carmela Greciet
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010
1.932 – Pérdidas
Estoy muy distraída. Pierdo todo. Acaso dejo las cosas en cualquier lado y me olvido.
Hace una semana, perdí mi sueldo. El domingo, el vestido rojo y tres camisetas. Antes de ayer, las llaves y la casa. Ayer, perdí la cabeza y las manos. Sin embargo, dormí tranquila. No tuve que tomar la pastilla (que tampoco encontré).
Desperté feliz, hasta que me di cuenta de que había perdido los sueños anoche. Esta mañana, en el mercado, me perdí a mí.
Envidio a las personas que, por lo menos, son asaltadas y apuñaladas.
¿Qué más voy a perder? Las piernas, los pechos, el sexo, la memoria.
Ildiko Nassr
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010
1.931 – La lengua de Cervantes
Se trataba de una pieza musculosa alojada entre los arcos dentarios propios de los vertebrados, alfombrada de papilas gustativas y propicia para la expresión verbal. En estos parajes habíamos dado en llamarla «lengua de Cervantes».
Luego, algunos colaboradores ingleses nos informaron que un órgano de similares características se conocía en el Reino Unido como «lengua de Shakespeare».
Por eso es que ahora estamos tratando de comunicarnos con colegas italianos para que nos expliquen qué cosa es lo que ellos denominan «lengua del Dante».
Glosofaríngeos, deglutores académicos, perversos de toda laya, más algunos filólogos internacionales preocupados en el tema de las mucosas (que de todo hay en este mundo) trabajan denodadamente para demostrar que Cervantes, Shakespeare y Alighieri son sinónimos. ¡Qué quieren que les diga! No sé. No sé.
Rogelio Ramos Signes
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010
1.930 – Ingenuidad
1.929 – El entrecano y las dos prostitutas
Un hombre con canas tenía dos amantes, una joven y otra vieja. La de más edad, avergonzada de tener trato con uno más joven que ella, no dejaba, cuando venía a estar junto a sí, de arrancarle los pelos negros. La más joven, tratando de disimular que tenía un amante viejo, le arrancaba los blancos. Y así, depilado por turno a manos de una y otra, llegó a quedarse calvo.
De esta forma, lo que anda desacompasado es perjudicial.
