El espejo de Shakespeare a Shakespeare: «Puedes ser o no ser, pero no te lo creas porque no eres: soy».
Mes: julio 2013
1.593 – De dioses y monstruos
Algunos lloran enseguida si el médico les da unas palmaditas en el culo. A otros los tenemos que asistir con oxígeno, por culpa del meconio o las vueltas de cordón. Me gusta ver cómo los familiares se quitan la palabra de la boca unos a otros para decidir a quien se parece más cuando, emocionados, los ven por primera vez. Es dulce observar lágrimas de alegría resbalando por cauces de los que casi siempre se adueña la tristeza. Y, cómo no, me entusiasma imaginar cuáles serán sus vidas cuando se hagan adultos, cada vez que, rutinariamente, intercambio sus pulseras identificativas.
Manuel Nicolás Andreu
Cadena SER – Relatos en cadena – Ganador14/10/2010
http://www.escueladeescritores.com/relatos-en-cadena-2011
Foto : https://es.wikipedia.org/wiki/Neonato
1.592 – La fuga
Decidieron fugarse, al igual que lo habían hecho tantas parejas de enamorados a lo largo de los siglos. A su vuelta, ante el hecho consumado, los padres de la muchacha no tendrían más remedio que aceptar la situación. El plan salió a la perfección, pero se sintió molesto al regreso, ante la efusiva alegría de los padres de la muchacha, que en momento alguno tuvieron palabras de reprobación. Se casaron de inmediato y meses más tarde, tomando café en casa de sus suegros, pudo enterarse por ellos, gracias a una trivial conversación en torno al carácter fantasioso e infantil de su hija, de lo propensa que había sido su mujer a fugas y escapatorias. Lo achacaban a la lectura de novelas, a la televisión, al cine, a las malas compañías… «Desde luego, usted fue el único que se atrevió a presentarse con ella», afirmó la madre, mirándole con ojos agradecidos y tiernos.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
1.591 – Sommelier
Alza la copa y observa el contenido, de un color amarillo intenso, brillante, con tonos dorados, parecido a la melena de Clara bajo el sol del mediodía. La agita ligeramente y comprueba que casi no se perciben las lágrimas en el cristal. Mejor así. Acerca la nariz y nota el aroma de frutas blancas, como la pera, el albaricoque o aquella piel saliendo de la ducha. También distingue unos toques florales, muy tenues, puede que rosa. Prueba un poco y lo paladea. Dulce, como sus besos; ácido, como su humor; fresco, como su sonrisa. Una vez engullido, descubre que el sabor es persistente, como el recuerdo de la última discusión, y con un punto agrio, igual que una despedida inesperada. Lanza la copa al suelo y se termina la botella de vino bebiendo a morro.
Víctor Lorenzo Cinca
http://revistamicrorrelatos.blogspot.com.es/2013/04/sommelier.html
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1.590 – Los fantasmas de internet
Con puntualidad asombrosa, a las 00,00 horas, justo en el gozne del ayer y el hoy y del hoy y el mañana, Matías recibe en su blog el mismo comentario-advertencia de su esposa Adela:
– Matías, cuídate de los fantasmas de internet.
Y todas las noches Matías teclea la misma respuesta:
– Adela, querida, veo que no has cambiado nada: sigues con las mismas aprensiones que en vida.
Antonio Serrano Cueto
http://antonioserranocueto.blogspot.com/
1.589 – Segunda chance
Diez años después, todavía él lamenta aquel beso que no dio. Ella, en cambio, gastó una fortuna en terapia para superar su indiferencia. Hoy siguen solos.
Un encuentro casual en el subterráneo les regalará una nueva oportunidad. Sin embargo, ella sólo sonreirá y le contará que está muy bien, que ahora vive en Burzaco. Y él pensará que ella está mucho más linda que en sus recuerdos, pero solo atinará a decirle que fue una alegría encontrarla, que hacía mucho tiempo que no se veían. No se animará a pedirle un número de teléfono, y mucho menos a robarle un beso.
Ella abandonará el subterráneo en la estación Callao, aunque debía bajarse en Malabia, y sus ojos se humedecerán mientras suba la escalera mecánica. Desconcertado, él continuará su viaje hasta la terminal. Se justificará pensando que ella seguramente debe tener pareja, y que Burzaco queda bastante lejos.
Martin Gardella
http://www.livingsintiempo.blogspot.com.es/2012/06/segunda-chance.html
1.588 – Los lugares
Mi memoria es espacial, recuerdo a las personas si me las encuentro en el lugar al que pertenecen. Al carnicero sólo le reconozco de uniforme, detrás de su mostrador de mármol sonrosado, entre costillares, piezas de carne y cochinillos lívidos. Al vendedor de periódicos si está en su kiosco, enmarcado por la colorida maraña diaria de titulares y revistas para adultos. Encontrarme, por ejemplo, al zapatero en el videoclub me sume en el más absoluto de los desconciertos.
A mis vecinos los identifico sin dificultad en el portal del edificio, o en un par de manzanas a la redonda. Superado ese perímetro, resultan para mí perfectos desconocidos.
Es como si necesitara del marco para reconocer el cuadro.
Esta particularidad me causa graves inconvenientes. Cuando me cruzo a cualquiera de ellos en otro lugar de la ciudad, parque o transporte público, lejos de sus contextos habituales, jamás les saludo. Sé por la portera que toman mi incapacidad por altanería o simple falta de educación.
Lo mismo sucede con los grandes acontecimientos de mi vida.
No recuerdo el final de las películas, pero sí la fila y el número de la butaca desde la que las vi. No recuerdo a la adolescente que me besó por primera vez, pero sí el cuarto de baño de la discoteca de provincias donde sucedió. He olvidado de qué hablaban las líneas que me conmovieron de aquella magnífica novela, pero recuerdo perfectamente que estaban en página impar. De la muerte de mi abuela recuerdo las dimensiones exactas del tanatorio, el verde tornasolado del mármol en las paredes y las cortinas de cretona, levemente arrugadas. Y recuerdo también a la perfección el comedor del hotel de carretera donde mi mujer me dijo que ya no podíamos seguir juntos, pero, si me lo preguntan, he olvidado por completo en qué quedó aquella conversación.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.587 – Todo se achica
1.586 – Espacio
Escribí un relato de tres líneas y en la vastedad de su espacio vivieron cómodos un elefante de los matorrales, varias pirámides, un grupo de ballenas azules con su océano frecuentado por los albatros y los huracanes, y un agujero negro devorador de galaxias.
Escribí una novela de trescientas páginas y no cabía ni un alfiler, todo se hacinaba en aquella sórdida ratonera, había codazos y campos minados, multitudes errantes que morían y volvían a nacer, cargamentos extraviados, hechos que se enroscaban y desenroscaban como una tenia infinita, los temas eran desangrados a conciencia en busca de la última gota, no prosperaba el aire fresco, se sucedían peligrosas estampidas formadas por miles de detalles intrascendentes, el piso de este caos ubicuo y sofocador estaba cubierto con el aserrín de los mismos pensamientos molidos una y otra vez, los árboles eran genealógicos, los lugares, comunes, y las palabras, pesados balines de plomo que se amontonaban implacablemente sobre el lector agónico hasta enterrarlo.
Ángel Olgoso
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.585 – Pizca de sal
A ver, señora jueza, usted me va a entender… ¿Sabe su señoría el tiempo que se lleva una en la cocina para hacer unos buenos pimientos rellenos?… Para empezar, hay que ir al mercado a escoger los más rojos y hermosos. Hay quien los prefiere verdes, pero a mí me gustan rojos, que salen más dulces… Luego hay que asarlos, con cuidado para que no se cuezan. Quitarles la piel y desvenarlos. En eso ya se fue media mañana.
Hay que conservarlos en un paño húmedo mientras se prepara el relleno. Así que se pone un kilo de carne picada en una cazuela, con su chorro de aceite, cebolla picada, dos ajos enteros, tomate picado, patata en cuadraditos, zanahoria muy pequeñita, un puñado de pasas, tres rodajas de piña en almíbar en trocitos, perejil, apio y un par de chiles o guindillas enteras, sólo para dar gusto.
Esto, señoría, se lleva su hora larga de preparación, y otra más al fuego.
Luego viene la salsa. Porque, claro, una nos los sirve así, sin gracia. Se hace a base de nata espesa y queso curado, con un chorrito de vino blanco y un suspiro de pimienta blanca. Al final, cuando se quita del fuego, hay que agregar las nueces picadas.
Entre rellenar los pimientos, meterlos al horno diez minutos, disponerlos en la fuente para llevar a la mesa, bañarlos con la salsa muy caliente y adornarlos con granos de roja granada, llegó la hora de sentarse a comer, sin un respiro.
Y todo, ¿para qué?… Para que venga el zoquete de mi marido y diga: «A esto le falta una pizca de sal…».
¿Acaso usted no le habría reventado la cabeza con el plato de pimientos?… ¡Vamos!… ¡Y tan a gusto que se queda una!…
