Para evitar que lo mandaran a la guerra, el joven destinado a ser mi abuelo se hizo arrancar todos los dientes pero no alcanzó. Entonces se cortó los dedos de la mano derecha pero no fue suficiente. De un hachazo le amputaron media pierna pero todavía no era bastante. Se introdujo un objeto punzante en el oído para provocarse sordera pero lo aprobaron de todos modos. Hasta que al fin se mutiló de modo tal que torció su destino: no lo mandaron a la guerra pero tampoco pudo ser mi abuelo.