1.168 – Documental

 Apenas se bajó del coche, el crítico literario reparó en la cámara del aparcamiento e imaginó una garita llena de monitores con su imagen multiplicada en vano, porque en ese momento el vigilante estaría distraído viendo un partido de fútbol y masticando un bocadillo de chorizo. ¿Y si había algún ladrón escondido en el aparcamiento? ¿O un escritor resentido? En esas magias estaba cuando se oyó un portazo y de una furgoneta colorada se bajó el novelista que había reseñado la semana anterior. ¿La reseña había sido buena? Cuando vio el bate de béisbol se acordó.
Si el vigilante no está mirando los monitores –razonó de lo más semiótico-, seguro que en su garita hay otra cámara que registra en otro monitor lo que está ocurriendo, pero si ese segundo vigilante tampoco está atento a los monitores que aparecen en el monitor que debería estar controlando el primer vigilante, siempre cabía la posibilidad de que hubiera una tercera cámara filmando lo que ocurría en la garita del segundo vigilante, de manera que sólo un tercer vigilante podía ser capaz de ver en su monitor, una garita con varios monitores donde un vigilante sigue un partido de fútbol mientras en los monitores de su garita un escritor resentido se propone acabar con el crítico literario. ¿Pero si el tercer vigilante tampoco estuviera pendiente de las imágenes de los monitores que estaban dentro de las imágenes de los monitores que estaban dentro de la imagen de su monitor? ¿Quién podía reparar entonces en un detalle tan minúsculo? En ese momento descubrió su salvación.
– ¿Tú crees que tu novela es original tan sólo porque en ella hay un escritor que escribe sobre otro escritor que escribe acerca de un tercer escritor que escribe sobre un escritor? Pues debes saber que ahora mismo hay un monitor donde sale otro monitor en el que hay un monitor que está grabando en otro monitor lo que pretendes hacer.
– ¿Y tú, cómo mierda sabes eso, maricón?
– Porque el omnisciente soy yo, ¡animal!
Mientras el escritor resentido huía despavorido, el crítico literario se quedó pensando si el narrador de la historia debería ser el vigilante de la primera garita o más bien el de la segunda.

Fernando Iwasaki

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1.165 – Los cuentos de hadas terminan mal

 Durante meses nos habíamos soñado al atardecer desde nuestras ventanas enfrentadas. En el piso 10, donde el smog es sutil, las cortinas ondulan, la luz se modifica a voluntad y los cuerpos no son sino se imaginan, las copas sugerían a diario un brindis con champán o ambrosía.
Los hombres suelen ser crueles para los finales: le bastó un mediodía salir al balcón rascándose la entrepierna y mirar, obsesivo, cómo yo picaba cebolla y ajo.

Gabriela Urrutibehety
http://www.cuentosymas.com.ar/blog/?p=7876
http://gabrielaurruti.blogspot.com/

 

 

1.164 – Birlibirloque

 Nació en año bisiesto, lo que ya per se lo hacía especial. Sus padres le convencieron de que él sólo podría cumplir años cuando el calendario marcara la fecha de su nacimiento: 29 de febrero. Así que, mientras sus amigos sumaban cuatro décadas, él apenas celebraba su décimo cumpleaños.
Le llamaron Bienvenido, motivo de más de cuatro disgustos escolares. Sus padres le aseguraron que lo bautizaron con tal santo por la felicidad que les produjo su llegada. La verdad es que fue el señor cura, faltó de inspiración, que, tras mirar el cartel de la puerta del bar, decidió llamarlo así.
A los ocho años, el oftalmólogo le incrustó unas feas y pesadas gafas, con la intención de corregir la bizquera que le hacía tropezar con cuanto objeto se le ponía por delante. Una vez más, sus padres le engañaron. Le juraron que así se veía más guapo y algo mayor. El creyó creerles.
En la adolescencia se sintió bisexual. Igual de fuerte era el amor que sentía por Rosita, su compañera de banca, que por Perico, el portero del equipo de fútbol. Fue el nuevo cura el que le convenció de que sentir todo eso, era el mayor de los pecados. «Con rezar quince padres nuestros y un baño helado cada noche, se te quitarán los malos pensamientos», le recetó.
En el patio del instituto aprendió a fumar con un cigarrillo bisonte. Esta vez, fue él quien se descubrió engañando a sus padres. Y le gustó.
Se graduó de bibliotecario. Al poco tiempo, raposeando al secretario, se hizo jefe de la Biblioteca Provincial, a la que iba cada mañana ?y salía cada tarde? con la bicicleta en la mano. Nunca consiguió mantener el equilibrio.
Una tarde tuvo que llamar la atención a dos mujeres que bisbiseaban en un rincón de la sala de lectura. Una se llamaba Bibiana. Con ella se casó. Pero, se enamoró de la otra. Así que, mintiendo un poco a cada una, se hizo con las dos.
Entrados los cincuenta, tuvo que pasar una temporada en el pabellón de psiquiatría del Hospital Central, diagnosticado de un severo trastorno bipolar. No le resultó difícil aparentar delante del médico, de la enfermera y hasta del celador. Volvió a casa cargado de pastillas.
Sus mujeres le abandonaron al poco de llegar. Las dos, cada una en su casa, le reclamaron su mal carácter. «Un mal bicho te has vuelto», dijo una. «Es bilis lo que te corre por las venas», le dijo la otra. De ninguna de las dos volvió a tener razón.
Lo cierto es que, no estaban equivocadas. El tratamiento para mantenerlo cuerdo, le estaba carcomiendo las entrañas. La biopsia no mintió.
Por eso, desde entonces, Bienvenido se pasa los días puliendo el exquisito arte del birlibirloque que tan bien aprendió de sus mayores. A la vida ya la tiene engañada. A la muerte, no la dejará llegar. No, al menos, hasta cumplir la mayoría de edad.
No en vano había nacido bisiesto…

Alejandra Díaz Ortiz
Cuentos Chinos. Trama Editorial-2009

1.163 – El hijo perdido

 ¿Será él? Veinticinco años habían transcurrido desde su última carta fechada en el frente. «Mamá, tengo miedo y me siento muy solo…». Confesiones inoportunas que solamente servían para acrecentar el dolor de sus padres. La noche que murió reclamó su presencia en vano, cientos, miles de veces… Nadie le oyó, murió desangrado en tierra de nadie, en el anónimo más absoluto, con los intestinos al descubierto, por culpa de la metralla. Y ahora, un comunicado oficial les invitaba a trabar conocimiento, a examinar a un prófugo cuyas características físicas y ciertos detalles le significaban como presunto hijo… «¿Será él?». No pudo conciliar el sueño en toda la noche. «Duerme, mujer, mañana se verá». Para él era lo mismo. La vida no tenía ningún aliciente. Y no pensaba llorar más. Lo importante era no pensar. Los ojos fijos en el televisor, en los periódicos. Ahora ¿qué significaba el retorno? El tiempo es traicionero. Un rostro inexpresivo, escaso pelo, demacrado… ¿Era él? Lo examinaron de arriba abajo, incluido el dedo meñique. «Mi hijo tenía el dedo meñique de la mano izquierda torcido. Se lo rompió jugando al fútbol y tuvo mal arreglo…». Aquel individuo tenía un dedo meñique normal. Su única anormalidad la constituía su ceguera provocada por la guerra química. Una gran contrariedad, desde luego. La mujer se dio por vencida, y el marido se sintió liberado. La despedida resultó un tanto embarazosa. «Adiós», musitó ella, sin atreverse a tocar aquellos brazos que intentaban asirla. Una vez en la calle, la mujer tuvo un momento de vacilación… Se detuvo. «Estoy recordando que no era el meñique de la mano izquierda. Y no me he fijado en su mano derecha…». «Vamos, mujer, vamos». El marido la empujó suavemente hacia adelante y lentamente la pareja dobló la esquina…

Alonso Ibarrola.
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

1.162 – La noticia

 Era una mujer rubia, de unos cuarenta años, probablemente alemana. Se llamaba Gertrudis. Lo que decía era esto:
–A mí me han comido siete veces los dragones, pero siempre me tuvieron que vomitar.
–¡Ah! –dijo el periodista cortésmente, cerrando su libreta de apuntes–. ¿Y por qué, señora?
El estudiante de medicina que acompañaba al periodista sonrió al oír la palabra señora.
–Porque soy una diosa –dijo la señora Gertrudis.
–Una diosa –dijo el periodista.
–Sí. Fíjese –confió la señora Gertrudis señalando con el brazo a su alrededor, en un movimiento muy delicado–. Por mí caen todas las hojas del otoño. Miren cómo caen.
El periodista miró. El patio del manicomio estaba lleno de árboles, y de los árboles caían millares de hojas secas. Detrás de los muros había otros árboles y de ellos también caían las hojas, en una silenciosa, interminable, inundación. El periodista vio que caían por todas partes al mismo tiempo, acaso en todo el mundo, y se preguntó cómo iba a hacer para dar esa noticia.
Dijo:
–Por favor, señora, baje el brazo.
La señora Gertrudis, con pena, bajó el brazo. El aire se volvió otra vez limpio y puro, y el periodista se alegró de no tener que pasar una noticia tan extraña.

Rodolfo Walsh

http://nalocos.blogspot.com.es/2010/04/la-narrativa-breve-completa-de-rodolfo.html

1.161 – Distanciados

 Ella encendió el tocadiscos y sentada en la cama comenzó a desnudarse. Él se acomodó y se limitó a mirar.
Ella fue desvistiéndose sin prisa; primero la chaqueta, luego la blusa y después la falda. Él no quiso perder tiempo y fue bajándose la bragueta.
Mientras tarareaba una canción, ella se quitó el sujetador y el tanga. Él se acariciaba y solo era capaz de escuchar a su corazón desbocado.
Cuando ella se desnudó por completo apagó la luz, corrió las cortinas y bajó la persiana. Él se subió la cremallera y entre maldiciones arrojó los prismáticos al suelo.

Miguel Molina

http://en99palabras.blogspot.com.es/2012/02/distanciados.html

1.159 – Cenicienta

 Lejos estaba de imaginar que aquel beso perdido en mitad de la noche sería la sentencia al deseo perpetuo de volverlo a encontrar.
El problema era que los labios que iba probando no eran de su talla.
Tendría que seguir buscando.

Alejandra Díaz-Ortiz
Cuentos Chinos. Trama Editorial-2009