Habiendo perdido a Eurídice, Orfeo la lloró largo tiempo, y su llanto fue volviéndose canciones que encantaban a todos los ciudadanos, quienes le daban monedas y le pedían encores. Luego fue a buscar a Eurídice al infierno, y allí cantó sus llantos y Plutón escuchó con placer y le dijo:
-Te devuelvo a tu esposa, pero sólo podrán los dos salir de aquí si en el camino ella te sigue y nunca te vuelves a verla, porque la perderías para siempre.
Y echaron los dos esposos a andar, él mirando hacia delante y ella siguiendo sus pasos…
Mientras andaban y a punto de llegar a la salida, recordó Orfeo aquello de que los dioses infligen desgracias a los hombres para que tengan asuntos que cantar, y sintió nostalgia de los aplausos y los honores y las riquezas que le habían logrado las elegías motivadas por la ausencia de su esposa.
Y entonces con el corazón dolido y una sonrisa de disculpa volvió el rostro y miró a Eurídice.
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2.815 – El sentido de la libertad
La noche en que, ya viejo, se apagó definitivamente su fuego sexual, Sócrates oyó que el bello Alcibíades murmuraba: «Al fin libre». No se ofendió. Comprendió que la realidad se había equivocado de persona, porque la frase le correspondía. Y tuvo razón: no bien sus labios se la apropiaron, la vulgar expresión de alivio se cargó de noble sentido, de agudeza, de profundidad moral y, lo más importante, de trascendencia.
Raúl Brasca
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015
2.813 – Carnaval
2.812 – Última voluntad
Antes de morir exige que su cuerpo sea ungido con mirra y con incienso, que sea cremado, que sus cenizas se recojan en una urna de alabastro, que sus deudos las esparzan desde un helicóptero sobre toda la ciudad con la máxima ecuanimidad posible: que ningún barrio reciba más que otro.
Después de muerto sus deudos descubren que el incienso no sirve para ungir y lo entierran en la Chacarita.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
2.810 – La noticia
No podían matarle. Evitaba las emboscadas, devolvía la sangre con más sangre. Por cada uno de sus hombres que caía mataba a doce funcionarios públicos, y a cada detención le seguían más secuestros. Las canciones popularizaron su crueldad, los seriales daban su nombre a los malos.
Después de años sin poder terminar con el enemigo público número uno, los asesores del presidente se reunieron, buscaron soluciones.
Al día siguiente, todos los medios publicaron la noticia de su muerte en una emboscada. Las televisiones la airearon, se corrió por los mercados, por las plazas, por los parques.
Si la gente le creía muerto, calcularon, moriría.
Cuando reapareció, hasta las fuerzas policiales corrieron, espantadas. Ahora es peor, gritaban. Ha resucitado.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.809 – El caracol
El campo tiene sus incomodidades, pero constituye una curiosa fuente de información existencial. Hace una semana apareció en el cuarto de baño un caracol. Durante un par de días permaneció quieto, pegado a la pared externa del bidé, como meditando sobre la vida. Después de eso comenzó a desplazarse en busca de la misma abertura por la que se había colado en esa dimensión tan hostil, o extraña. Cada día, al levantarme, observaba su posición y el pobre, en lugar de acercarse a la ventana, se alejaba cada vez más de ella trepando por un alicatado que tenía que resultar del todo incomprensible para su falso pie (o pseudópodo, como nos gustaba decir en la clase de ciencias naturales). Finalmente, en un arranque de piedad le ayudé a llegar fuera.
¿Qué habrá pensado el animal -me pregunté- de esta rara experiencia? Un día acudí a una fiesta absurda a la que había sido invitado por error y cuando intenté huir me interné sin darme cuenta en la zona privada de la vivienda y tuve que mantener una conversación incomprensible con unos marcianos a quienes sólo me unía el gusto por el whisky de centeno. Habría dado cualquier cosa por que una mano caritativa me hubiera tomado entre sus dedos, como yo al caracol, arrojándome por la ventana, para devolverme de golpe a la dimensión que me era propia. No tuve esa suerte y hube de deambular por toda la casa hasta las tres de la mañana, un poco borracho, si he de decirlo todo, hasta que logré dar con la puerta de salida y encontré un paisaje reconocible. A muchos les podrá parecer todo esto una exageración, porque se me ha olvidado señalar que la vivienda pertenecía a un arquitecto y, en consecuencia, ni las ventanas ni las puertas ni la cadena del retrete se encontraban donde uno supone que han de hallarse estos artefactos de uso común.
Personalmente, nada me unía a los caracoles, hasta este momento, pero desde ahora siento por ellos un afecto especial, no ya por la tranquilidad con la que afrontan las situaciones más difíciles que quepa imaginar, sino por su tendencia a extraviarse, con la que tanto me identifico. Si encuentran un caracol en su bañera, trátenlo bien, que a lo mejor soy yo. Gracias.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.807 – Sigo…
2.804 – Desplante
Landelino Ortega vio acercarse a Pepe Villa en pleno chaparrón, un minuto antes de que dieran las ocho. Con mucha calma, rodeó el mostrador de la mercería y fue a esperarlo a la puerta. Cuando lo tuvo enfrente, al otro lado del cristal, echó el tranco de golpe y se señaló el reloj con el dedo.
Pepe Villa se quitó el pelo empapado de la frente y, con ojos suplicantes, abrió en el aire un paraguas invisible. Landelino Ortega negó varias veces con la cabeza y observó con impavidez cómo su vecino se alejaba chorreando lluvia, encogido por el peso del aguacero.
Luego volvió al mostrador e hizo caja.
Se fue a casa preocupado. Si las ventas no mejoraban, iba a tener que cerrar el negocio.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.803 – Noches de Reyes
Ya había cumplido once, pero se negaba a aceptar la realidad. No existen los Reyes. ¡Cómo que no! Yo he visto que se han bebido el agua y se han comido los mazapanes. El agua me la bebo yo, le decía Gerardo. Y yo los mazapanes, explicaba Carmen. La niña se resistía. Prefería seguir sin saberlo. Juraba que había oído las pisadas de los camellos. Nosotros somos los Reyes. No puede ser. ¿Y por qué no puede ser? Pues… porque… ¿entonces quién es el tercero? ¡Falta un Rey! De pronto, la niña se rindió y dijo desilusionada: Es verdad. El tercero es el tío Julio, ¿a que sí? Por eso viene cuando no está papá, ¿verdad? ¡Basta de tonterías! Los Reyes somos papá y mamá. Ahora vete a tu cuarto. Gerardo no miró a Carmen, que se había puesto muy roja. él también prefería no saber. ¿Para qué perder la ilusión? Julio era el hermano pequeño de Gerardo, el tercer Rey Mago.
Rafael Reig
2.802 – Los premios
Hace poco me notificaron que gané un premio literario. La voz de la chica que me lo dijo me dio la sensación de que estaba contenta de haber sido ella la encargada de darme la noticia. Por eso, inmediatamente después escribí a mis amigos para compartirles la alegría casi con la misma voz y el mismo placer con el que la chica me dio la enhorabuena. Los amigos todos me respondieron con congratulaciones y fanfarrias, abrazos y apretones de manos, como es el caso. Incluso, yo quedé satisfecho con sus muestras de afecto, aunque prometí que en adelante sólo me limitaría a llamarlos para compartirles mis desgracias, única forma en que puede uno prodigarle al prójimo la verdadera felicidad.


