Hacía años que yo no veía a Fernando Rodríguez. El viento del exilio, que tanto separa, nos juntó. Lo encontré como siempre, destartalado y rezongón:
-Estás igualito –le dije.
Me dijo que todavía le quedaban algunos años, no muchos:
-No hay que pasar de los setenta, porque entonces te enviciás y ya no querés morirte.
Esa tarde nos dejamos caminar, sin rumbo, entre la mar y las vías del tren, allá en Calella de la Costa. Íbamos lentos, callando juntos, y cerquita de la estación nos sentamos a tomar un café. Entonces Fernando comentó algo sobre el aljibe donde los militares tenían preso a Raúl Sendic, el tupamaro, y juntos evocamos a Raúl y a su manera de ser. Fernando me preguntó:
-¿Leíste lo que publicaron los diarios, cuando cayó?
Los diarios habían informado que él había salido de su escondrijo pistola en mano, abriendo fuego y gritando: «¡Yo soy Rufo y no me entrego!».
-Sí-le dije-. Lo leí.
-Ah. ¿ Y lo creíste?
-No.
-Yo tampoco -dijo Fernando-. Ése, cae callado.
Categoría: General
1.011 – Hoy voy a escribir un cuento feliz
1.010 – Incomprendido
La historia de P D. es vulgar, tremendamente vulgar. Está casado, pero quiere a otra mujer, mucho más joven que su esposa. Trata de justificarse y afirma que no es culpa suya, sino de su mujer, que demuestra una total falta de comprensión.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
1.009 – El espejo 12
Tras el espejo roto apareció la mitad de un mapa con tesoro. Rompieron el resto de los espejos. No encontraron nada, salvo un increíble número de años de mala suerte. Escondidas al otro lado del cristal, las voces se reían y celebraban la broma.
Espido Freire
Cuentos malvados. Ed. Páginas de espuma, 2010
1.007 – El espejo 3
Te llevaré a mi casa, y tendremos niños, y seremos felices para siempre si tan sólo sales del lago, amor mío, si dejas de mirarme y sales de ahí, tú, tan parecido a mí, el ser más hermoso del mundo, al que sólo veo cuando me asomo al lago.
Espido Freire
Cuentos malvados. Ed. Páginas de espuma, 2010
1.006 – Nos pasa a todos
Si la contorsionista tiene artrosis y el trapecista sufre de vértigo, si a la ecuyere se le rompió el menisco por desgaste y el mago perdió los reflejos, si el malabarista tiene presbicia y una tendinitis supraespinal le impide al domador hacer restallar el látigo, qué importa, la vejez no existe. Se tiene la edad de los sueños, la edad de los deseos, la edad de la más joven de tus amantes, la edad de tu corazón. Y siempre habrá un lugar para nosotros en el circo: solo se trata de maquillamos un poco más cuando los años nos conviertan a todos en payasos.
Ana María Shua
Fenómenos de circo, Ed. Páginas de espuma-2011
1.005 – Carne rebozada
La cena se enfriaba en la mesa y nuestro vecino seguía igual. Desnudo, subido en una silla y con una soga al cuello. A veces, bajaba y deambulaba cabizbajo por la habitación. De aquí para allá. De allá para aquí. Luego volvía a subirse, se anudaba la cuerda y colocaba los pies en el filo. Así llevaba toda la tarde. Nosotros, desde la ventana, lo observábamos expectantes. Papá decía que sí. Mamá decía que no. Pero el hombre, que si sí, que si no, no se decidía nunca. Al final, corrimos las cortinas y nos sentamos a la mesa. La carne rebozada fría no vale nada.
Agustín Martínez Valderrama
Relatos en cadena. Cadena SER. Ed. Alfaguara, 2010
Relato Ganador. Ganador del mes de junio de 2010
1.004 – Derechos animales
En la segunda parte del siglo xx, la creciente defensa de los derechos de los animales afectó gravemente al circo tradicional. En 1982 el pequeño Circo Fallon, de Estados Unidos, fue acusado de hambrear y martirizar a sus animales, a los que se exhibía en jaulas tan sucias como estrechas y se azotaba sin piedad en cada función, para diversión y escándalo de los espectadores. El fiscal levantó la acusación cuando se comprobó que los damnificados eran en todos los casos actores disfrazados.
Ana María Shua
Fenómenos de circo, Ed. Páginas de espuma-2011
1.003 – Vesícula
Estaba intentando concentrarme en la escritura de un cuento circular cuando sonó el teléfono y una mujer preguntó si me habían quitado hace poco la vesícula. Dije que sí, claro, porque era la verdad. Entonces, la que hablaba se identificó y supe que se trataba de una novia de mi juventud que había devenido en patóloga. «Imagínate la gracia que me hizo cuando vi la etiqueta con tu nombre adherida a la víscera -dijo-, las vueltas que da la vida, ¿no? Habría pagado cualquier precio por tener tu corazón y años más tarde me envían gratuitamente tu vesícula.» «¿Cómo te ha llegado?», pregunté. «Como me llegan todas, en una especie de tartera refrigerada con una nota del cirujano pidiéndome que la analice.»
Mientras hablaba, entre la niebla de mi memoria se iba abriendo paso el rostro de la patóloga con veinte años menos de los que tendría ahora. Nos habíamos hecho novios al poco de que muriera Franco y habíamos roto después de que ganara las primeras elecciones Adolfo Suárez. A través de nuestra descomposición sentimental se podría haber contado la miseria de aquella época mucho mejor que con los recursos metodológicos de la historia. Y para quien aspirara a un sobresaliente, allí estaba aquella vesícula con un bulto cuyo diagnóstico dependía de mi pasado político. No era una situación agradable; la patóloga respiraba venganza.
Me resistí a preguntar por mi tumor, pero ella me contestó de todos modos. «No me gusta su aspecto -dijo-, me recuerda el de mi estado de ánimo cuando rompimos.» «Esto no está nada bien -le imploré-, después de todo parece que sobreviviste.» «No te imaginas en qué condiciones», respondió antes de colgar. Por supuesto, no he recogido los análisis del mismo modo que no he leído nada sobré estos veinte años: hay cosas que se notan en la cara.
Juan José Millás
Articuentos completos. Seix Barral. 2011
1.002 – Mi matrimonio
Mi marido, el pobre, se ha hecho viejo antes que yo. Viejo de la cabeza. Después de tantas cosas como hemos vivido juntos, tantos proyectos como habíamos hecho para la tercera o cuarta edad, me encuentro ahora con que, en lugar de compañero, tengo al lado una especie de niñito indefenso y caprichoso. Lo peor de todo es que, con el fin de no herir su creciente y enorme susceptibilidad, me las veo y me las deseo para que no se dé cuenta de que tengo que repetirle las cosas veinte mil veces, que si no, las olvida. Pero ni así. Solo para que se acuerde de subir el pan -y no se lo pido porque no pueda bajar yo, que acabaríamos antes, sino para que se sienta útil-, tengo que hacer mil y un malabarismos: «Cuando pases por la panadería, pregúntale a doña María si le debemos algo». Al cabo de un rato: «Por cierto, a ver si está hoy el pan más bueno, porque lo que es ayer…». Luego, mientras tomamos un café descafeinado: «Si te encuentras con Paco en lo de doña María, podrías preguntarle por lo de la excursión». Más tarde: «Esta salsa que estoy haciendo hoy va a conseguir que te acabes la barra de pan». Un poco después: «Me ha dicho la del quinto que van a subir el pan no sé cuántos céntimos». Y por fin, antes que salga de casa:
«Con la hora que se ha hecho, si ya no le quedan de cuarto normal, tráete una sin sal». Aún así, a veces vuelve sin el pan -pero con una escoba nueva, por ejemplo- y me toca bajar a mí. En ocasiones he llegado a pensar que se burla de mí, que se está vengando de algo. Pero no. Es que está viejito, mi Pedro.
DIAGNÓSTICO: Conmoración (Figura retórica por la cual se insiste en alguno de los puntos tratados, para grabarlo más profundamente en el espíritu del lector u oyente).
Flavia Company
Transtornos literarios, ed. Páginas de espuma – 2011
