1.075 – La limosna

 Se conocían desde hacía muchos años. El mendigo ocupaba invariablemente su puesto en la acera, en un chaflán cercano a la casa del benefactor anónimo. Se saludaban cordialmente todos los días, cuando le daba invariablemente una moneda de cinco pesetas, con la mejor de las sonrisas. Un día el mendigo se atrevió a exponerle su problema (iban a intervenir quirúrgicamente a una hija suya). Le pidió cien pesetas con un hilo de voz. Desagradablemente sorprendido, el benefactor echó mano de su cartera y se las dio… Durante veinte días el mendigo no le volvió a ver. Pasado este intervalo de tiempo, el benefactor volvió con la mejor de sus sonrisas a su habitual costumbre.

Alonso Ibarrola

1.074 – Objetos. V, Calendario

 Los romanos establecieron que el interés de cualquier crédito solicitado se debía abonar en las calendas, nombre que daban al primer día de cada mes. Dicha costumbre llevó a los prestamistas a apuntar en sus libros de cuentas, a fin de que los números cuadrasen, una especie de lista confeccionada con las fechas de pago, una lista de calendas, esto es, un calendario. Algo significará que esa lámina decorada que colgamos en la cocina (feliz 2004) y con la que medimos el paso del tiempo en un principio fuese un inventario de deudas.

José María Cumbreño
Relatos relámpago, Editora regional de Extremadura. Mérida, 2007

1.073 – El profesional del suicidio

 El joven Ernesto, empuñando una pistola, se presentó en casa del hombre que le había arruinado: «No voy a matarle, don Braulio», dijo, «sino a suicidarme ante usted. Caiga mi sangre sobre su conciencia y lo que es peor, sobre su magnífica alfombra persa».
Don Braulio le disuadió: buenos consejos y una sugerencia: «Si desea quitarse la vida, ¿por qué no lo hace en casa del odioso Cortés?».
Y le convenció con un cheque generoso. «Aunque no le conozca, la prensa buscará razones y arruinaremos su carrera».
Pero el odioso Cortés le contrató para suicidarse en casa del pérfido Suárez, este le pagó para hacerlo en la de su enemigo Ramírez, y así sucesivamente. Ernesto se retiró veinte suicidios después. «La bondad de los hombres me ha salvado», solía decir.

Miguel Garrido Pérez

1.072 – Las cosas que no hacemos

 Me gusta que no hagamos las cosas que no hacemos. Me gustan nuestros planes al despertar, cuando el día se sube a la cama como un gato de luz, y que no realizamos porque nos levantamos tarde por haberlos imaginado tanto. Me gusta la cosquilla que insinúan en nuestros músculos los ejercicios que enumeramos sin practicar, los gimnasios a los que nunca vamos, los hábitos saludables que invocamos como si, deseándolos, su resplandor nos alcanzase.
Me gustan las guías de viaje que hojeas con esa atención que tanto te admiro, y cuyos monumentos, calles y museos no llegamos a pisar, fascinados frente a un café con leche. Me gustan los restaurantes a los que no acudimos, las luces de sus velas, el sabor por venir de sus platos. Me gusta cómo queda nuestra casa cuando la describimos con reformas, sus sorprendentes muebles, su ausencia de paredes, sus colores atrevidos. Me gustan las lenguas que quisiéramos hablar y soñamos con aprender el año próximo, mientras nos sonreímos bajo la ducha. Escucho de tus labios esos dulces idiomas hipotéticos, sus palabras me llenan de razones. Me gustan todos los propósitos, declarados o secretos, que incumplimos juntos. Eso es lo que prefiero de compartir la vida. La maravilla abierta en otra parte. Las cosas que no hacemos.

Andrés Neuman
Hacerse el muerto. Editorial Páginas de Espuma, 2011

1.071 – La nube

 Llegó la nube, pero nadie lo advirtió. Los aviones siguieron aterrizando, ningún vehículo se detuvo en medio de la carretera y ni un solo electrodoméstico cejó en sus rutinas. Los perros siguieron defecando educadamente en los jardines, y sus dueños siguieron recogiendo educadamente sus defecaciones en pequeñas bolsitas de plástico guardadas a tal efecto en el abrigo. Ningún servidor se colapsó, ninguna red se bloqueó, ningún mercado financiero se derrumbó. Las viudas siguieron comprando la barra de pan al precio habitual, los fumadores se reunieron a las puertas de las cafeterías con el gesto taciturno de siempre, las cuerdas de los violines perseveraron en su afinación. Ni una sola grieta nueva se abrió en los edificios, ni un solo suicida aludió al acontecimiento en sus notas de despedida. Ningún registro llamó la atención de sismógrafos, cosmonautas, poetas.
Al fin y al cabo, el apocalipsis cayó de lunes y nadie -que se sepa- hizo puente. Al día siguiente hubo que madrugar de nuevo.

Ismael Piñera Tarque
La voz de Asturias, El cuaderno. 24 de diciembre de 2011

1.068 – Yo soy inminente

  A veces tengo unas admoniciones increíbles, como una especie de versiones de cosas, ¿sabes? Me vienen de repente, por un sueño que he tenido, o por un asentimiento. Paqui dice que todo son alusiones mías, pero de eso ni hablar, que la que está delicada del cerebelo es ella y no yo. Y luego otra cuestión: que a la gente le cuesta mucho omitir que los demás tienen poderes que ellos no han aprehendido. Además, hay que tener presencia de que la Paqui está amargada, porque tiene al marido empotrado en la cama desde hace años y de eso nadie sale inerme, oiga, se lo digo yo que estoy al margen de todo y sé muy bien de lo que hablo porque ya he pasado por ese alcance. La Paqui ahora no me cuenta nada, porque lleva una época muy perceptible, pero antes estábamos muy penetradas las dos. Lástima. Desde que se ha ido a vivir a esa organización de casas endosadas no hay quien le diga nada. Antes vivía en el beneficio de enfrente, y todo eran favores, que si me das un poco de sal, que si me enciendes la aguja que yo no veo bien, en fin, un desecho de favores. Le he dicho que va acabar mal, que el marido se le va a convertir en un adulterado, que su hija pequeña va a tener una noción de embarazo y que al chico la novia lo va a dejar por imponente. Le he dicho que lo he visto todo clarísimo como el agua. Y la Paqui que no, que no se quiere creer que yo soy inminente y veo el futuro. Peor para ella.

Diagnóstico: Solecismo (Se emplea como opuesto a barbarismo; mientras este es un error cometido por el empleo de una forma inexistente en la lengua, el solecismo consiste en el mal uso de una forma existente).

Flavia Company
Transtornos literarios. Ed. Páginas de espuma. 2011

1.067 – Lágrimas

 La muchacha tenía dieciséis años. Era bonita y simpática, pero los médicos le habían pronosticado escasos años de vida. A lo sumo tres o cuatro… Naturalmente, sus padres y la abuela no contaron a nadie, y menos a la desgraciada, la terrible revelación. A la anciana le costaba mucho contener las lágrimas y aparentar serenidad y felicidad. Por fortuna podía llorar a gusto y sin freno, ante el televisor, ante la propia nieta, cuando una situación dramática justificaba las lágrimas de cualquier emotiva telespectadora, pero que de todas maneras, provocaban el reproche de la muchacha. `Abuelita, no es para tanto», decía la desgraciada. La irrupción en la programación televisiva de numerosos filmes y telefilmes dramáticos le vino muy bien en este aspecto a la abuela. Afortunadamente, cuando nuevamente la programación cambió su contenido y se hizo más frívola y ligera, la muchacha falleció…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010