Hay gente que aún cree que la norma «Circule por la derecha» es de tráfico.
Categoría: General
1.929 – El entrecano y las dos prostitutas
Un hombre con canas tenía dos amantes, una joven y otra vieja. La de más edad, avergonzada de tener trato con uno más joven que ella, no dejaba, cuando venía a estar junto a sí, de arrancarle los pelos negros. La más joven, tratando de disimular que tenía un amante viejo, le arrancaba los blancos. Y así, depilado por turno a manos de una y otra, llegó a quedarse calvo.
De esta forma, lo que anda desacompasado es perjudicial.
Esopo
1.928 – Palomas, mago
El mago se saca palomas de la manga, las hace aparecer de la galera. Después de un corto revoloteo, las palomas se posan en el dedo del mago, que las traslada a su vez a una percha.
¿Por qué no se escapan volando?, pregunta un niño. Porque les cortan las alas, explica el padre. Algunos magos les cortan las plumas de una sola de las alas y es suficiente para que no puedan volar. Otros, para evitar que el público se dé cuenta, les cortan una pluma por medio de los dos lados. Durante la actuación, cuando la paloma abre sus alas, parecen completas, pero así mutiladas no le permiten sustentarse en el aire. También hay algunos pocos magos, muy hábiles, que logran adiestrarlas de modo que no escapen.
Cuando termina su número, mago y palomas se van su carromato. Las palomas doblan al mago en cuatro y lo guardan en su caja.
Ana María Shua
1.927 – La melancolía de los gigantes
Sin compasión, hunde la hoja de su arma en el centro de mi cuerpo indefenso. No hubo provocación alguna por mi parte. Una ira ciega alienta cada tajo, cada incisión arbitraria y salvaje de la carne. Los míos dijeron que no opusiera resistencia, que ello involucraría a los demás en nuevos peligros. Él, mientras tanto, profundiza la herida. Qué puedo hacer yo ante quien contraría de ese modo la ley natural sino sentir una vaga tristeza y esperar aquí, bajo el camino de estrellas, la bárbara amputación final, el momento en que me desplome sin más quejidos que los de mis frondosas ramas al golpear agonizando contra el suelo.
Ángel Olgoso
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010
1.926 – Las siete tumbas del Sr. Barea
En el cementerio de Calonge, cerca del municipio foral de Etienne, en la Provenza francesa, hay siete tumbas con el mismo nombre. En ellas están enterrados los siete hombres que fue el señor Barea: educado los domingos, pusilánime en los hospitales, capaz ante sus empleados, tierno con ella a solas, iracundo sin motivo, obstinado en el error y, frente a los débiles, débil.
Su viuda le llora indistintamente ante ellas, dependiendo de a cuál de los siete hombres que fue su marido añore más.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.925 – La tinaja
Siempre me llamó la atención una curiosa tortura china. Introducen a la víctima en una gran vasija o tinaja, llena de aceite, que le llega hasta el cuello.. Allí la tienen sentada, reclinada, le dan de comer, de beber, hace sus necesidades en la vasija, durante días y días. Pasado el tiempo necesario, que un experto dictamina tocando y palpando las carnes, es liberada de su inmersión. La tarea para el verdugo es delicada: despojar al torturado de sus carnes, blandas como la manteca, respetando venas, músculos y órganos vitales. Con pericia y habilidad se consigue que la víctima continúe viviendo, despojada de su carne mortal. Me pregunto qué clase de aceite utilizarán para la experiencia. Se dan tantas mixtificaciones, se producen tantas adulteraciones, en la colza sin ir más lejos…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
1.924 – Dormidos
Hay poca gente en este bar. Cuatro camareros, en grupos de dos, hacen tiempo -¿para qué?- apoyados en el mostrador. El nuevo parroquiano trata de llamar la atención de alguno, pero no tiene éxito y decide concentrarse en la lectura de una novela. El tiempo comienza a pasar y él quiere un café, quizá con una aspirina para atenuar su permanente jaqueca. La novela se torna cada vez más complicada. Uno de los personajes se dirige a él, al lector, usando su nombre propio y en tono admonitorio: «Juan Esteban, no te metas con mi hermana o terminarás mal». Él mira en dirección a los camareros y sólo percibe un desinterés absoluto ante lo que está ocurriendo. Cierra el libro violentamente y lo deja sobre la mesa. Siente que algo salta de las páginas y se encuentra con el personaje que le ha hablado, ahora de carne y hueso, sentado frente a él. Intenta por última vez más llamar a un camarero, pero los cuatro están dormidos. No le queda más remedio que despertar.
David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007
1.923 – Melodrama
1.922 – La extraña
Cuando se despertó, la vio a su lado, todavía dormida, y le pareció una extraña. Se levantó a beber un vaso de agua y miró de reojo los dos o tres retratos que había por encima de las mesas. Allí estaba ella, con él, más joven, más guapa. Distinta. Nada que ver con su acompañante actual. Se vistió, procurando no hacer ruido, y antes de marcharse le dejó algún dinero encima de la mesilla de noche.
Jose Antonio Ayala
Chispas. Editora Regional. Murcia.2005
1.921 – En horario laboral
Yo conté hasta doce gatos. Los había de todos los colores y razas. Atigrados en gris o en marrón, con topos como los de las jirafas o los guepardos. Otros eran totalmente negros, o blancos o caobas. Había uno con una mancha casi azul en la frente, sobre un fondo metálico. Doce llegué a contar, mientras estuvimos en la casa levantando el cadáver de la vieja.
La jueza tardó más de la cuenta en llegar, así que mientras esperábamos, tomamos las fotos rutinarias de la escena e hicimos un poco de tiempo, charlando de cosas insustanciales con los dos policías locales que nos habían dado el aviso. La noche había salido templada, y una luna enorme lo alumbraba todo.
La casa era, es verdad, un desorden total, una leonera, un almacén en perfecto cambalache en el que se podía encontrar cualquier cosa. Muebles viejos, ropas y harapos, periódicos amarillentos. Había montones, torres de papeles, revistas y libros desvencijados con algunas páginas arrancadas y las demás raídas.
Las paredes estaban preñadas de cuadros ocultos tras una gruesa capa de polvo y me sorprendió encontrarme con tres frigoríficos, dos de ellos en el salón.
Junto al cuerpo de la anciana, en el sofá, había un álbum de fotos. Lo abrí, retirándome a un lado del salón, y lo ojeé. La reconocí en ellas. Estaba mucho más joven y guapa. En algunas aparecía sola, rebosando vida, posando sonriente para el fotógrafo. En otras se la veía acompañada de distintos hombres, a veces de su brazo y otras besándose con ellos. Había muchas en las que se la veía con una niñita rubia, de largas trenzas, que compartía evidentes rasgos familiares con la muerta.
Recuerdo que lo único que se me ocurrió decirle a mi compañero cuando me miró con reproche al verme con aquello en las manos, fue que me encantaba pronunciar la palabra álbum. Él no me hizo mucho caso, entretenido como estaba ahuyentando con chasquidos y aspavientos a los gatos que ronroneaban cerquita de su dueña.
