Y pasaba todos los días, flaco, mal vestido, era un soldado. Se hizo mi amigo porque un día nuestras sonrisas fueron iguales. Le enseñé mis muñecas, él sonreía, había hambre en su risa, yo pensé que si le regalaba unas gorditas de harina haría muy bien. Al otro día, cuando él pasaba al cerro, le ofrecí las gordas; su cuerpo flaco sonrió y sus labios pálidos se elasticaron con un «yo me llamo Rafael, soy trompeta del cerro de La Iguana». Apretó la servilleta contra su estómago helado y se fue; parecía por detrás un espantapájaros; me dio risa y pensé que llevaba los pantalones de un muerto.
Hubo un combate de tres días en Parral; se combatía mucho.
«Traen un muerto de tres días -dijeron-, el único que hubo en el cerro de La Iguana.» En una camilla de ramas de álamo pasó frente a mi casa; lo llevaban cuatro soldados. Me quedé sin voz, con los ojos abiertos abiertos, sufrí tanto, se lo llevaban, tenía unos balazos, vi su pantalón, hoy sí era el de un muerto.
Categoría: General
2.252 – 73
2.251 – La expulsión del paraiso
2.250 – Líneas paralelas
Dos líneas paralelas son aquellas que se mantienen siempre a idéntica y prudente distancia. Dos cuerpos paralelos, por extensión del género matemático al humano, son aquellos que están siempre cerca, que pasan las manos por el lugar que el compañero ha ocupado unos segundos antes, que se miran y no encuentran puentes para cruzar el pozo marrón que separa sus miradas, que se lanzan palabras, mensajes, cartas incluso, pero nada. Un cristal invisible, que en el mundo matemático es la zanja blanca entre las paralelas, separa los dos cuerpos.
Dicen las matemáticas que esas dos líneas anhelantes llegarán a juntarse en el infinito. Nada parecido dice ningún tratado amatorio.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. libros – 2008
2.249 – Ciudadano agresivo
Soy un ciudadano pacífico, amante del orden, enemigo de la injusticia. Pero cuando me provocan, cuando asisto a espectáculos bochornosos -donde la ley del más fuerte se impone sin causa lógica ni justificada- a situaciones inaceptables, a incidentes penosos, donde el débil es fustigado y escarnecido, entonces, una nube roja ofusca mi mente y provoca en mí reacciones insospechadas. Iba yo el otro día, sin ir más lejos, en el «metro». Eran escasos los pasajeros, pero todos los asientos estaban ocupados. Yo permanecía en pie. En una de las estaciones entró en el vagón una señora en estado interesante, muy avanzado… Con esto quiero decir que a simple vista era ostensible su embarazo… Bien, no debía pensar lo mismo aquel tipejo, sentado junto a ella, de mirada distraída. Me puse nervioso… y no pude más. Me acerqué al individuo: «Oiga, usted, ¿es que no se ha dado cuenta…?». El individuo parecía no querer entender. Le propiné un puñetazo en la nariz que le hizo saltar la sangre a borbotones. Un hombrecillo sentado junto a él, salió en su defensa… Le propiné una tremenda patada en el bajo vientre, y cayó como fulminado en el suelo. El resto de los pasajeros, asustados, ni se movieron… Solamente la mujer embarazada -y esto me molestó mucho- se atrevió a increparme… No pude resistirlo. Le propiné tal patada en el vientre que será difícil, supongo, que su parto no resulte prematuro… El convoy se paró en la siguiente estación y me fui apretando el paso. Los viajeros se quedaron atendiendo a los contusionados. Al día siguiente, leyendo el periódico, me sorprendió desagradablemente el hecho de que la parturienta había muerto, «salvajemente golpeada por un desconocido en un vagón del metro». Pero lo más sorprendente era que entre mis víctimas hubiese también un ciego.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.243 – Contramedidas
El mago me ha invitado a que coja una carta de la baraja y la guarde en el bolsillo sin enseñársela a nadie. Luego ha colocado el mazo ante sus ojos, ha fingido atravesarlo con la mirada y, tras pronunciar en voz alta el nombre de la carta ausente, me ha pedido que la recupere y la muestre al público.
Yo vengo a menudo a este local nocturno. Y no precisamente a dejarme engatusar por las argucias de un intruso con chistera, sino a ser yo el que seduzca a toda hembra apetecible que se me ponga por delante.
Sabía que era solo cuestión de tiempo, que algún día el mago querría hacerme el numerito. Suele rondar por las mesas de la sala y elige grupos concurridos, ante los cuales pueda dejar en evidencia a quien lleve la voz cantante.
Esta noche tengo suerte, soy el centro de atención de varias ninfas predispuestas, con las que llevo un buen rato tomando copas como si fuera un pachá. Por eso respondo a la propuesta del mago con una sonrisa díscola, que él, de momento, parece no querer entender. La entenderá enseguida, cuando de mi bolsillo -previamente lleno de cartas- saque aquella que él no espera.
Pedro Herrero
http://http://www.humormio.blogspot.com.es/2014/06/contramedidas.html
2.240 – Las muertes de María
Cuando muere María muere la hija de Juan y Rocío, muere la hermana de Carlos, y también la mejor amiga de Ana Villares, con la que paseaba cada viernes por Reforma. Mueren también cuando muere María la amiga de Violeta, la de Marga, la de Juancar y Simón. Y muere la mujer a la que Peralta más quiso, a la que hoy, pierde por segunda vez, y a la que aún abraza en silencio cuando duerme, a pesar del tiempo transcurrido y los consejos.
Cuando muere María muere también la mujer que cada tarde, entre las cuatro y las seis, paseaba con prisa a un perrito desclasado por el parque que está pegado a la radial, y muere la joven atractiva aunque un poco bizca pero muy correcta de la que Héctor Salvarroja, conductor de la línea 12 del Interurbano, hablaba a menudo a sus compañeros de ruta y a la que nunca invitó a tomar un refresco en la terracita de La Particular, como él habría querido, porque le faltó el arrojo necesario para hacerlo.
Cuando muere María mueren una compañera de cadena de montaje silenciosa, siete vecinas, doce conocidas, la paciente favorita de un dentista y un amor callado, tan secreto que por más que nos empeñemos nunca sabremos una palabra más de él.
Cuando muere María sucede, en realidad, un genocidio del que la humanidad no se recuperará jamás. Sus cadáveres, la suma feroz de sus ausencias, caben sin problemas en el ataúd de gama media sobre el que su madre llora hoy desconsolada las muertes de María. No hay espacio en el mundo, sin embargo, que pueda contener su dolor.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.239 – Soledad
—No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde. A mí me basta esto,sabes. Charlar un poco. Verte de vez en cuando. Te veo tan poco, María. Casi ni vienes a casa. Pero qué guapa estás hija…
Yo no sé muy bien que decirle.Cuando hago amago de levantarme, me sujeta por el brazo.
—Hasta Aluche, por favor —, me suplica, —hasta Aluche. Y yo vuelvo a sentarme. Aunque me llamo Laura. Aunque hoy es jueves. Aunque tengo que bajarme en Carabanchel.



