Estaba tan solo que, para sentirse acompañado, iba a manifestaciones. Igual le daba que pidieran la paz que la guerra, el sí que el no, un supuesto que su contrario. Se dejaba apretujar por la multitud vociferante y, cogido de la mano de los otros, reconfortado, gritaba consignas que no comprendía, pero lloraba de contento.
Estaba tan sola que, para que alguien la tocara, iba al médico. Que la tomaba con suavidad del antebrazo para medir su tensión, y sostenía su mano anciana durante un minuto, que a ella se le antojaba eterno. Nunca la tuvo alta ni baja, pero el doctor repetía dos veces la toma, decía que para asegurarse de que todo iba bien. Y luego ella se iba, y todo iba bien.
Categoría: Fernando León de Aranoa
1.752 – Usted no existe
Había decidido no preocuparse. Ni a la entrada del avión, cuando no le saludaron, ni cuando la azafata le sirvió el último zumo de naranja a su compañero de asiento. No he tenido suerte, pensó.
Tampoco se molestó cuando los periódicos se agotaron al llegarle el turno, y eso que no recibió ni una palabra amable de disculpa a cambio.
No quiso darle importancia cuando apretó repetidas veces el botón para llamar a la azafata y nadie vino: supuso que se había estropeado.
Ni se sorprendió cuando, al sonreír a la joven de ojos claros que aguardaba junto al cuarto de baño de la cabina de clase turista, ésta no acusó siquiera su mirada. No era la primera vez que le sucedía.
Durmió el resto del vuelo, y no soñó.
Lo peor vendría luego, en el control de aduanas. El policía amable examinó su documentación, comparó la fotografía con su semblante cansado, tecleó sin resultados, y llegó a la terrible conclusión: usted no existe.
Le pidieron que se hiciera a un lado y aguardara. El pasajero obedeció, presa de un temor irracional.
Hizo acopio de valor y llamó a su mujer, pero nadie respondió.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.741 – Los que caminan despacio
Los que caminan despacio no vienen ni van, no huyen ni persiguen. Su huella es más profunda, y son fáciles de hallar, de dar alcance. Los que caminan despacio compiten sólo con el tiempo, y hacen la digestión lenta del camino con los pies, del paisaje con los ojos.
Como los viejos, que no es que no sepan a dónde van: es que no quieren llegar.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.734 – El error de Arquímedes
1.716 – Policía
Era alto, vestía una camisola azul demasiado larga y levantó los brazos para defenderse de los primeros golpes. Se equivocaba al devolverlos; los que se abalanzaban sobre él justificarían más tarde así la paliza que, sin saberlo, venían gestando desde que le pidieron los papeles, apenas diez minutos antes. Había sido su actitud, el tono levemente airado con el que se había dirigido a ellos, lo que hizo que las cosas empezaran a torcerse. Los agentes del orden miraron a su alrededor: la calle refulgía desierta bajo el sol del verano. Su amigo se había retirado unos metros prudentemente. Desde allí contempló la virulencia del ataque.
No sin cierto esfuerzo lo derribaron, le retorcieron los brazos en la espalda mientras le esposaban. A pesar de eso siguieron pegándole, dos, tres golpes más: los que autoriza la inercia. Alguien desde una ventana gritó Ya vale dos veces. Se detuvieron los golpes, pero ninguno levantó la cabeza. Al poco llegaron dos patrullas más, los neumáticos chillones, el ademán enérgico. Entre siete levantaron al inmigrante del suelo y lo metieron bruscamente en el coche.
Policía, policía, gritaba el desesperado pidiendo auxilio.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.707 – Física
La tortura es pura física.
La resultante de golpear un cuerpo femenino de 56 kilogramos de peso un número N de veces contra una pared, es una cantidad de hematomas inferior o igual al número de veces que se despertará llorando el resto de su vida, ya bien entrada la noche.
La oscilación de un peso de 7 kilogramos colgado de los testículos de un hombre adulto, produce una sensación de dolor directamente proporcional a la sensación de pérdida que experimentaron sus hijos la mañana que supieron por su madre que había sido detenido, y no fueron al colegio.
La cabeza de un interrogado al ser sumergida en una bañera desaloja un volumen de agua idéntico al miedo que le impedirá volver a coger el teléfono cuando suene en casa de madrugada, pero siempre inferior al que experimentará cada vez que sienta acercarse los pasos de un extraño a su espalda.
Una descarga eléctrica de 300 voltios, aplicada a intervalos de 3 minutos sobre los pezones de una mujer desnuda e indefensa, genera una desconfianza en el otro que ninguna declaración de derechos humanos conseguirá paliar jamás.
Si el cuerpo de un hombre joven es arrojado al mar desde un avión que vuela a una altura de 1.300 pies en dirección al Este, y las condiciones de visibilidad son buenas, ¿cómo recuperar entonces la fe en el hombre? ¿Cómo volver a mirar a la cara a los perros?
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.646 – Los adioses elegidos
En la estación de Vitebsk, entre un puesto pequeño de souvenirs y un estanco en el que venden tabaco para liar Occidental Fuerte, hay un comercio de despedidas. Allí, los viajeros solitarios eligen la que mejor se acomodará a su partida de acuerdo con su estado de ánimo y con sus posibilidades económicas.
Por una cantidad ciertamente razonable, en él se puede encontrar desde el apretón de manos formal y económico de un conocido reciente hasta el abrazo sincero de un amigo muy querido; también la despedida emocionada en el andén de una familia al completo, con sus abrígate mucho y sus llama cuando llegues, sus lamentos y su llanto inconsolable, en el que se empeñan a conciencia cinco intérpretes de sólida formación actoral y diferentes edades.
La despedida más solicitada es sin embargo el beso con abrazo prolongado de una bella enamorada. Su ternura susurrada deja en nuestra solapa un leve rastro de jazmines que tarda varios kilómetros en desaparecer. Promesas de inmediato reencuentro, juramentos de fidelidad y llamada diaria, se acompañan de los lógicos reproches por la indeseada partida, que conceden verosimilitud a la escena.
Por un insignificante suplemento, la enamorada caminará unos metros por el andén en paralelo al tren, con su mirada emboscada en la nuestra, pronunciando palabras de amor que no podremos escuchar, porque lo impedirá el traqueteo creciente del tren y la indudable emoción del momento.
El arrullo de los adioses elegidos acompaña a los viajeros buena parte del trayecto, reconfortando su sueño con una levemente dolorosa, aunque necesaria, sensación de desarraigo.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.641 – Los nombres de las calles
Dicen que el general Ubaldo Lucas Agustí y el coronel Óscar Manuel Pérez-Puig nunca se llevaron bien. El uno desaprobaba las maneras del otro, discutía sus tácticas, ponía sus estrategias en duda, y al revés. Hoy, las calles que llevan sus nombres se cruzan en el centro de la ciudad que les vio nacer. Y en la esquina que forman se suceden terribles accidentes de circulación, disputas vecinales y asaltos de una crueldad insospechada.
En la esquina que forman las calles del Amor y la Amistad, los accidentes también son frecuentes. Los enamorados riñen, pierden sus carteras los paseantes, y perros que nunca antes mordieron a nadie atacan a los niños sin motivo.
En la esquina que forman el bulevar del Progreso y la calle del Bienestar duerme cada noche, entre los mismos cartones, un mendigo distinto.
Las calles que llevan tu nombre y el mío se cruzan en una plaza tranquila, de tierra, en la que los enamorados que fuimos se aguardan todavía sin paciencia.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.632 – Las cosas que se quieren perder
Los objetos con más tendencia a perderse son los relojes regalados por alguien muy querido y las cadenas de oro. También las carpetas con apuntes manuscritos en los días anteriores a un examen, nuestro rotulador rojo favorito y las llaves de casa, aunque éstas tiendan a hacerlo sólo de manera temporal.
Resulta llamativo también el empeño en ser olvidados en los taxis que muestran los paraguas en los días de lluvia y las bufandas al comenzar el invierno. Las gafas de sol de óptica, por el contrario, manifiestan una mayor disposición a perderse en los meses de más calor.
A día de hoy parece probado que existe una relación de proporcionalidad directa entre la importancia de los objetos y su tendencia a desaparecer: el número de teléfono de una mujer de ojos oscuros, anotado al vuelo en un ticket de compra en la cola de unos grandes almacenes, tendrá más posibilidades de no ser encontrado jamás cuanto más diáfana sea la claridad con la que creamos haber visto en ellos a la mujer por la que daríamos, llegado el caso, nuestra vida.
También las personas muestran en ocasiones tendencia a perderse. En especial los niños, porque aún desconocen la rutina, y los viejos, porque la quieren olvidar.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.616 – Los asesinos precavidos
Los científicos de la Antigüedad creían que, al morir, quedaba grabada en la retina de nuestros ojos la última imagen que habían visto. Suponían, por tanto, que buscando en ella encontrarían el rostro del asesino en el momento de asestar la puñalada definitiva, como si se tratara de una placa fotográfica, revelando su identidad. Por ese motivo, las víctimas de crímenes violentos aparecían con frecuencia con las cuencas de los ojos vacías.
Hoy sabemos que no es así.
Sin embargo, los asesinos, precavidos, siguen matando por la espalda.