2.022 – Diario secreto

alonso-Ibarrola2  Todos le tenían por un hombre serio, equilibrado y honesto. Pero por culpa de un cáncer murió. Dejaba viuda, cuatro hijos y una discreta pensión. La mujer, compungida y llorosa, se dispuso a afrontar la vida y a honrar la memoria de su marido. Cierto día, curioseando en la mesa de trabajo de su difunto marido, descubrió una agenda de cierto volumen, con todas las páginas repletas de una letra menuda y nerviosa, que inmediatamente reconoció como de su marido. Su rostro reflejó, ante la lectura, curiosidad primeramente. Luego, espanto… Toda la noche se la pasó leyendo el «diario secreto» de su marido… En el mismo había plasmado sus odios, sus frustraciones, sus amoríos, sus adulterios, sus experiencias con homosexuales y jovencitos… Toda una vida de vicio y corrupción, de degradación moral, se desvelaba ante sus ojos. Al final de todo, una «nota» decía: «Querida: Entrega este manuscrito al editor L.» (aquí un nombre y una dirección). Con los derechos de autor, la viuda pudo afrontar la existencia con más tranquilidad, pero siempre le quedó la duda…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
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2.008 – El arañazo

alonsoibarrola  Tenía un carácter irascible. Amaba a su mujer, a sus hijos y a su coche, especialmente a este último. Un día, fueron todos en el coche a visitar un gran zoo, donde los animales vivían en plena libertad. Tomaron las precauciones indicadas al entrar en la zona de los leones, cerrando herméticamente todas las ventanillas. Los leones dormían apaciblemente y un guardia, solícito y con el ánimo, sin duda, de ganarse una propina, empujó con su «jeep» a uno de ellos, de porte majestuoso, para que pudiera obtener una buena fotografía. El león mostró desgana y disgusto y de un zarpazo arañó la carrocería del coche. Su propietario, indignado, salió del interior y con una llave inglesa propinó un tremendo golpe en todo el morro al león que, asombrado, huyó despavorido. El guardia protestó, pero el conductor, ciego de furor, se abalanzó contra su garganta y no lo mató porque intervinieron a tiempo su mujer, hijos y compañeros del guardia, que tras ímprobos esfuerzos, lograron dominarlo finalmente.

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2.003 – Premio imposible

alonso-ibarrola2-300x200  El tren marchaba lentamente, abarrotado de viajeros, que inundaban todos los departamentos y pasillos de los vagones. Mac, en su departamento, había repartido lápices y papel en silencio a sus compañeros de viaje que le miraron asombrados cuando explicó su comportamiento:
-Soy el representante de una importante sociedad filantrópica. Desde hace veinte años recorro el mundo tratando de entregar un millón de pesetas al suicida que escriba la mejor carta de despedida, pero nadie se anima a hacerlo. Todos empezaron a devolverle el instrumental, menos un señor de gafas, pequeño. Escribía y escribía. Al cabo de una hora entregó tres cuartillas a Mac. Éste comenzó a llorar emocionado nada más leer la mitad de la primera cuartilla.
-¡Por fin! -exclamó al terminar su lectura- ¡He aquí una carta digna de premio! Claro está -comenzó a decir lentamente- que para que… el premio pueda adjudicarse, es necesario… -miraba al hombrecillo fijamente-. En fin usted ya comprende… falta un requisito esencial… usted está vivo y…
El hombrecillo comprendió perfectamente. Se quitó las gafas cuidadosamente y las introdujo en el bolsillo de su chaqueta. Se dirigió a la ventanilla, la abrió con dulzura y exhibiendo una sonrisa vanidosa a sus compañeros de viaje, se lanzó al exterior, contraviniendo claramente la orden de un letrero que decía: «Prohibido asomarse al exterior».
Mac, con un gesto airado, se lamentó:
-¡Siempre me ocurre lo mismo, qué desgracia!
Y abriendo la portezuela del departamento, exclamó:
-¡Pase, señora, hay un asiento libre!

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1.991 – La última carta

alonsoibarrola  Antes de subir al cadalso, le preguntaron al desgraciado si deseaba escribir algún mensaje, alguna carta. Contestó afirmativamente y le trajeron a su celda papel, pluma y tintero. Se sentó en el taburete, apoyó los brazos en la tosca mesa y, pluma en ristre, quedó mirando fijamente a un punto determinado de una de las mugrientas paredes de la celda. Los guardianes, impacientes, carraspearon… El condenado, absorto, no parecía estar muy inspirado. Mordisqueaba la pluma… De repente, empezó a escribir algo, pero pronto lo dejó. «Lo siento», dijo al alzarse del taburete, a manera de excusa por haberles hecho perder el tiempo. Sin mediar palabra, el grupo compuesto por el condenado, los guardianes y el capellán iniciaron la marcha, por el largo corredor, hacia el patíbulo que se alzaba en el patio central. Un carcelero se quedó junto a la celda y no pudo reprimir su curiosidad. Echó un vistazo a las líneas escritas por el reo. «Muy señor mío: En contestación a su atta. del…». Y nada más. Dedujo que el reo no había podido recordar la fecha.

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1.972 – Alivio

alonso ibarrola  Los domingos es el día de visitas más concurrido en las residencias de ancianos. Acuden familiares y amigos con rostros compungidos. Cuentan a los internados sus tristezas, sus desgracias, sus problemas… Qué enorme alivio experimentan éstos cuando se van.

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1.954 – Leones

alonso-Ibarrola2  Trataba de demostrar al empresario que su número circense era único en el mundo. Montó la jaula y encerró en la misma a cuatro enormes leones. Desde fuera entregó a uno de ellos un aro. Un león lo sostuvo con su pata derecha mientras que otro saltaba atravesándolo limpiamente. A otra señal del domador los leones jugaron al corro, erguidos sobre dos patas. Luego con una pelota dieron cabezadas. Lo hacían todo sincronizadamente, con gran maestría. El empresario no quedó muy convencido de la atracción. Le dejaban frío aquellas habilidades de los leones. «Parece como… como si usted les tuviera miedo… No se acerca a ellos, no arriesga nada… En dos palabras: no hay emoción». El domador, sorprendido y dolido por aquellas palabras, se introdujo resuelto en la jaula y profirió un rugido terrible. De un salto los cuatro leones, asustados, se encaramaron al techo de la jaula, y allí permanecieron varias horas. Hasta que no perdieron de vista al domador no se atrevieron a bajar…

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1.925 – La tinaja

alonso ibarrola  Siempre me llamó la atención una curiosa tortura china. Introducen a la víctima en una gran vasija o tinaja, llena de aceite, que le llega hasta el cuello.. Allí la tienen sentada, reclinada, le dan de comer, de beber, hace sus necesidades en la vasija, durante días y días. Pasado el tiempo necesario, que un experto dictamina tocando y palpando las carnes, es liberada de su inmersión. La tarea para el verdugo es delicada: despojar al torturado de sus carnes, blandas como la manteca, respetando venas, músculos y órganos vitales. Con pericia y habilidad se consigue que la víctima continúe viviendo, despojada de su carne mortal. Me pregunto qué clase de aceite utilizarán para la experiencia. Se dan tantas mixtificaciones, se producen tantas adulteraciones, en la colza sin ir más lejos…

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1.906 – El perro

alonso-Ibarrola32  Día tras día, año tras año, en la misma esquina. El ciego tocando un desafinado violín y su perro sosteniendo con sus dientes un sombrero, donde niños y mayores, conmovidos, arrojaban algunas monedas al pasar. Cuando sonaban siete campanadas se retiraban a su casa. El perro le guiaba por calles y plazas hasta llegar a la mísera vivienda donde transcurría su vida en solitario. Un día el ciego murió. Se percató del hecho una piadosa vecina, al no verles salir por la mañana como era habitual; luego el perro que ladraba y ladraba… Se llevaron el cadáver al cementerio y el perro fue conducido a la perrera, en espera de poder confiárselo a otro invidente necesitado de asistencia. Días más tarde se descubrió -hecho, por desgracia, bastante frecuente- que el difunto ciego guardaba en su colchón miles de billetes. Mayor fue la sorpresa al saberse que el perro, por su parte, ocultaba en su madriguera, bajo unos mugrientos cojines, que despedían un hedor infame, varios cientos de monedas, que se supone sustraía furtivamente del sombrero de su difunto propietario. Es por ello que fue eliminado en una cámara de gas especial para animales.

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1.863 – El hijo pródigo

alonso-Ibarrola32  ‘Ahora vuelvo», dijo cierto día a sus padres y en diez años no supieron nada más de él. (Al día siguiente de su marcha descubrieron que se había llevado todo el dinero del arcón). Su novia guardaba la ausencia y esperaba vanamente una carta que jamás llegaría. Su padre, por el contrario, se sentaba todos los días, al atardecer, bajo la gran cruz del calvario, a la salida del pueblo y observaba con impaciencia y ansia el horizonte. Estaba firmemente convencido de que un día regresaría… Y así fue. Su silueta inconfundible comenzó a perfilarse y el padre no pudo por menos que exclamar: «¡Es él!». Acto seguido cogió una piedra del camino y se la arrojó con fuerza. El hijo, asombrado, se detuvo y logró esquivarla. Ante la segunda, que pasó rozando su cabeza, puso pies en polvorosa. «¡Sinvergüenza!», exclamó su padre, limpiándose con saliva las manos mientras observaba cómo se perdía de vista la figura de su hijo. La novia lloró cuando le contó lo sucedido. «No te preocupes, volverá…». Efectivamente volvió… diez años más tarde. Ya para entonces sus padres habían muerto y su novia se había casado y tenía cinco hijos.

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1.836 – El chequeo

alonso-Ibarrola2  Le habían dicho que todos los americanos se lo hacen una vez al año; y los suizos también. Más valía prevenir… y aunque gozaba de una salud excelente a sus cuarenta y cinco años, se sometió a un chequeo médico, en una clínica particular. El precio le pareció elevado, pero «la salud no tiene precio» le dijo la bella enfermera que le atendió, muy sonriente. Antes de entregarle en mano el resultado del chequeo, el director del centro clínico quiso hablar con él a solas. Sintió que las piernas le flaqueaban… No debía haber consentido jamás someterse a un chequeo. Seguro que era cáncer… El doctor, amablemente, en tono confidencial, le advirtió que el cheque que les había dejado no lo habían podido cobrar por falta de fondos en su cuenta corriente. Se deshizo en excusas y subsanó el error.

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