Oí sonidos suaves que procedían del salón, me asusté y desperté a mi marido. Juan cogió el calzador dispuesto a defender nuestro hogar y nuestras vidas. Allí abajo estaba el policía, con un plumero en la mano derecha y colocando los cacharros con la izquierda, la linterna en la boca. Llamé al servicio de alerta. Cuando oyó el ruido de cadenas saltó por la ventana, pero aún así le dio tiempo a sacudir el polvo del ficus. Al instante hizo presencia un grupo de ladrones con modernos medios de desorden, desbarataron los cajones, repartieron los platos sucios por los muebles, borraron las pistas impolutas e incluso hubo algún buen ladrón que sacó los restos de tortilla del cubo de la basura y los puso encima del televisor. Uno, posiblemente el más cobarde, saltó por la ventana persiguiendo al agente. Después de dejar la casa patas arriba, el capo nos dijo que parecía que no sobraba ningún objeto, que le detendrían pero que no serviría de nada, a las veinticuatro horas estaría volviendo a poner orden en las casas. Esa mañana, Juan y yo llegamos temprano al trabajo y con el temor de que cualquier día los policías puedan entrar en casa y recoger el cuarto de los niños.
Autor: carlos
2.043 – Día libre
Se lo toma la muerte el jueves, cansada de trabajar. Los suicidas aterrizan dulcemente en las aceras, decepcionados, ilesos. Nadie muere en los frentes: los bombardeos no causan bajas, los pelotones de ejecución yerran el tiro y los generales, avergonzados, presentan su dimisión.
Las catástrofes naturales se suceden, inofensivas. Los niños descalzos juegan a las aguadillas en las terribles inundaciones, los terremotos son caballito de feria. Cientos de miles no mueren, no se hacen llamados a la solidaridad internacional: no se abren cuentas corrientes, no hay luto ni gala benéfica. Los tenistas no subastan sus raquetas.
Cierran los hospitales, nadie muere en las urgencias. Médicos y enfermeras juegan en los quirófanos a médicos y enfermeras. No se mata en los mataderos: sólo el tiempo muere. Bailan de contento las víctimas, lloran con razón las plañideras. A los verdugos se les olvida cómo se mata, cierran por defunción los cementerios, y el altar del sacrificio sale al fin a subasta.
Al día siguiente vuelve la muerte al trabajo feliz, descansada. Decidida a recuperar la tarea pendiente.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.042 – Incógnita
2.041 – Aritmética
2.040 – Quimeras
Desde la ventana, la mujer ve a una niña tumbada sobre el asfalto. Está boca arriba, con los brazos abiertos, observando el cielo e imaginando formas de animales en las nubes. Divertida, deja el plato que está secando, mira también al cielo y cree ver una oveja. Más allá descubre un cocodrilo y luego la silueta de un elefante que, en segundos, se transforma en un camello de tres jorobas.
Entonces se vuelve hacia donde está la niña. Un hilo de sangre brota de su boca, y dibuja un camello, una oveja, un cocodrilo.
Isabel Wagemann
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.039 – Verano 1
Tuve, durante la siesta, una ensoñación en la que ocurría un desastre nuclear al que sólo sobrevivíamos El Corte Inglés y yo. Al principio, como es natural, nos desesperábamos, pero luego, viendo que la vida continuaba, decidíamos incorporarnos a su corriente con la naturalidad que éramos capaces de aportar a una circunstancia tan rara. Así pues, muchos días, al salir de la oficina, donde no habían quedado en pie ni los percheros, iba a los grandes almacenes y compraba cosas precisas e imprecisas, en confuso desorden, como antes de la catástrofe. El establecimiento me atendía con la eficacia habitual en él, con su sonrisa, y si algo no me gustaba me devolvía el dinero, que yo me apresuraba a gastar en otra cosa. Por mi cumpleaños recibía siempre una tarjeta de felicitación. Un día, después de pagar, le pregunté a El Corte Inglés qué tipo de sociedades consideraba él más atractivas, las consumistas o las ahorradoras. Noté que no quería comprometerse, aunque finalmente respondió que las consumistas, pues hacían circular el dinero y con él el oxígeno necesario para el funcionamiento del cuerpo social. Pero yo soy muy perspicaz, no es fácil engañarme, y me di cuenta de que había mentido: El Corte Inglés prefería las personalidades ahorradoras, aunque dependiera de los temperamentos despilfarradores. La existencia es así: a veces uno tiene que vivir de lo que más detesta en sí mismo o en los otros. Regresé a casa preocupado, pensando que los grandes almacenes, tan atentos siempre a mis necesidades, no me querían por mí, sino por mi dinero, lo que me pareció más difícil de sobrellevar que el propio desastre nuclear. Entonces desperté con el hígado bañado en pacharán y escribí a El Corte Inglés manifestándole todas estas dudas. Pero no me ha contestado todavía.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.038 – Ocaso de un imperio
Swift inventó el país de Liliput, poblado por hombres diminutos, y Tomás Moro la isla de Utopía, cuya capital es Amauroto. Yo también me dedico a inventar lugares imaginarios. Sin ir más lejos, ayer dibujé un círculo con guijarros en el patio y lo nombré Imperio de Chu. Chu es un país árido, sembrado de agujas de pino y habitado sólo por hormigas. Más allá de sus fronteras se extienden parterres con begonias y crisantemos, y también un sendero de grava que conduce hasta la verja de salida, esa verja que siempre permanece cerrada (al menos, para mí). Todos los imperios están condenados a desaparecer: esta mañana, el jardinero arrasó Chu al pasarle un rastrillo por encima. Como me encaré con él, las enfermeras decidieron inyectarme una nueva dosis de tranquilizante.
Manuel Moyano
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.037 – De botellas y de barcos
Está lo del camello y lo del ojo de la aguja y lo de entrar o no el rico en el reino de los cielos. O lograr la novia obesa embutirse en el traje blanco.
Entonces esto no es muy diferente. Entonces cómo es posible que yo, expertísimo hacedor de miniaturas, queriendo rizar el rizo de las embarcaciones minúsculas y embotelladas, errara al crear con mis propias manitas y un perfeccionismo extremo la réplica a escala del Juan Sebastián Elcano, no mayor que una caja de fósforos, desde cuya borda oteo ahora el horizonte vidrioso intentando encontrar la manera de salir de este mar de cristal donde mis gritos quedan ahogados, intentando también explicarme cómo he podido quedar yo atrapado en semejante universo cerradísimo e irreal que apesta insoportablemente a ron.
Miguel Ángel Zapata
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.036 – La chica del auto stop, I
Era delgada y tenía el pelo blanco y largo como una actriz gótica. Yo sólo quería verla de nuevo y por eso le presté mi casaca. Para tener una excusa y poder ir a su casa esta mañana.
La madre se ha puesto a llorar y me jura que su hija ha muerto hace años. Como no le he creído me ha llevado hasta su tumba y allí estaba ella, blanca como una azucena y con mi casaca negra sobre los brazos abiertos. Parecían alas.
He querido abrazarla y la madre me ha sujetado con fuerza. Ella corre hacia mí. No sé quién me ha mordido primero.
Fernando Iwasaki
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.035 – Circunstancial de lugar
Como los ángeles al caer el sol, que, convocados al sueño por las trompetas vespertinas, dan tregua a su batalla cotidiana con la muerte, y recogidas sobre el pecho sus alas doloridas, se acurrucan al cobijo de la bóveda celestial, al amparo del Altísimo que por ellos vela, así, con la misma seráfica dulzura, duermen los niños en el basurero.
Jesús María Benito Regidor
Cadena SER – Relatos en cadena – Finalista 07/10/2010
http://www.escueladeescritores.com/relatos-en-cadena-2011
Ilustración: http://libroskalish.wordpress.com/2012/02/01/ciudad-de-cuarzo-arqueologia-del-futuro-en-los-angeles-mike-davis/

