P.S. El geranio prendió. Sus flores son blancas; el próximo verano las volveré a ver. O no. Eduviges la de la esquina ya no me fía, pero el Flaco aún invita los tragos; eso sí, cuando se le da la gana. Supe por Laura que estás bien. Tu vestido azul, como mandado a hacer. Me hiere. Ya ni modo. ¿Qué te mueras? No. ¿Para qué? De todos modos así será.
Autor: carlos
2.914 – Ignorancia
En vida fui un laureado poeta. Estimado por todos en mi tierra, le escribí su oda al amor, su canto a la mujer, al héroe su epopeya. Le dediqué por completo mi alma al ejercicio de la poesía. Y vengo a enterarme ahora, después de pasar mi vida entre letras, que la prueba de admisión al cielo es un examen de aritmética.
Alexandr Zchymczyk
2.913 –
2.912 – Se llama…
2.911 – Strip tease
Se agachó sensualmente y se arrancó la piel. Sólo quedó el escenario.
Hugo López Araiza Bravo
http://1antologiademinificcion.blogspot.com.es/2011/04/hugo-lopez-araiza-bravo.html
2.910 – Acertijo
—Mañana moriré en la horca.
Fueron las únicas palabras que pudieron salir de su boca, aunque podría decirse que habían salido por sus ojos grandes, bien abiertos a la expectativa.
—Así es —respondió con una sonrisa el hombre que se encontraba exactamente frente de él con los mismos ojos grandes, aunque ya no abiertos a la expectativa sino al asombro.
Había contestado después de haber pensado la respuesta a trueque del sueño. Él nunca había tenido una mente muy hábil y el acertijo que se le planteó era muy ingenioso: En una guerra, un soldado cayó en manos enemigas. El General del bando contario le dio a elegir entre morir fusilado o colgado en la horca. Para ello, el soldado debía decir algo que si era cierto moriría fusilado, si era falso, moriría colgado. ¿Qué dijo el soldado para salir ileso? “Mañana moriré en la horca” era la respuesta correcta. Incluso entre enemigos hay lugar para los juegos.
Para evitar el deshonor del juguetón General quien había propuesto el acertijo, el soldado fue decapitado a primera hora.
Vanesa González
2.909 – Del trópico
Era un sapo de tonalidades castañas, blando cuerpo y sangre fresca, acostumbrado a las alfombras de helecho y musgo. Incansable buscador de sombra, al que le daba lo mismo dormitar entre la humedad de las cortezas o enterrado en el lodo del pantano. Amante de las zambullidas en arroyos y charcos. Barro saltarín que jugaba a quedarse quieto entre las cañas, cuando el aire de la tarde hacía silbar los carrizales. Anfibio satisfecho de croar mientras las estrellas se desleían sobre el espejo del remanso. Batracio despreocupado y feliz… hasta que una bruja lo convirtió en príncipe.
Queta Navagómez
2.908 – Ser estatua
Amó con pasión desmedida a una estatua. Fue un juego de caricias y deseos. Para hacerse igual a ella, permanecía silencioso y quieto, esperando de este modo entenderse mejor con aquella figura apasionante. Si al menos -pensaba- las palomas retuvieran el vuelo sobre mi cabeza, o la yedra se enredara a mis pies, o un loco estudiante dibujara grafitos demagógicos en mi espalda, o un niño brutal me destrozase de un pelotazo la nariz, sabría que estoy en el buen camino de ser estatua, de ser correspondido.
Rafael Pérez Estrada
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015
2.907 – Servidumbre
A Rafael le gusta leer libros de historia en la cama, en la quietud de las horas huérfanas.
Esta noche ha empezado uno sobre el feudalismo. Le interesa de forma especial la injusta situación de los siervos, poseedores de nada, siempre subyugados a la voluntad de un señor al que no han elegido, obligados a pagar buena parte de su renta a los dueños del mundo.
-Pobre gente -musita.
Deja el libro en la mesilla y apaga la lámpara. Tendido boca arriba, apoya la vista en el techo y piensa en su jefe despótico, en la hipoteca, en los plazos de los electrodomésticos, en Hacienda, en su precariedad acuciante y sin salida.
-Pobre de mí -murmura.
-¿Qué? -dice Fedra.
-Nada, sigue durmiendo.
Y se gira sobre el costado. Y cierra los ojos. Y reza para que no tarde el sueño.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.906 – Hacer manitas
En la mesa de al lado dos estudiantes (chico y chica) mantenían una discusión gramatical. Él se quejaba de que la palabra objeto no tuviera femenino y ella de que el término cosa careciera de masculino.
-Para mí -decía el chico-, una cajetilla de tabaco no es un objeto, sino una objeta.
-Pues para mí -aseguraba la chica- el pene no es una cosa, sino un coso.
-Si te empeñas en llamar coso al pene -replicaba el joven-, comenzaré a llamar objeta a la vagina.
-Pues te equivocarás: la vagina no es una objeta, ni siquiera una cosa, a ver si distingues.
La llegada del camarero con sus refrescos y mi gin-tonic de media tarde los hizo callar. Cuando se quedaron solos de nuevo ninguno fue capaz de retomar la conversación. Yo di un primer sorbo a mi copa fingiendo permanecer ensimismado en mis asuntos (quizá en mis asuntas), pero atento a la posibilidad de que reanudaran aquella interesante conversación lingüística. Tras un rato de silencio ominoso (qué rayos significará ominoso), la chica dijo:
-¿En qué piensas?
-En nada -respondió el chico.
-Estoy segura -replicó ella- de que la primera persona que habló fue para mentir, como tú ahora.
-¿Y qué mentira dijo?
-«Yo no he sido.» Vamos, es que no me cabe la menor duda de que el lenguaje se inauguró con esa frase o una parecida: «Yo no he sido.»
-A lo mejor -añadió el chico-, la primera persona que pronunció una frase entera fue para decir «te quiero».
-¿Me estás diciendo que me quieres?
-He dicho que a lo mejor fue la primera frase de la humanidad.
-Pero ¿me quieres o no me quieres?
El chico miró a su alrededor, por si hubiera alguien escuchando, y dijo en voz baja que sí, que la quería, pero que no volviera a llamar coso a su pene. Ni tú objeta a mi vagina, concluyó la chica. Y se pusieron a hacer manitas.
