Ristel estaba convencida de que, si se disfrazaba de tigre y no se quitaba el disfraz nunca, todos acabarían tratándola como a un tigre. Es más: pensaba que por ese procedimiento se convertiría en un verdadero tigre. Así que consiguió un buen disfraz y salió a cazar.
Su piel hermosa, la ferocidad de sus rugidos y la rapidez con que dio alcance a la gacela no dejaban lugar a dudas: aquel animal era un tigre. La selva lo aceptó como tal. Sin embargo, en el instante en que iba a ser devorada, la gacela miró a Ristel a los ojos y dijo: «Tú eres una serpiente».
Ristel silbó de ira y de impotencia, se irguió en el aire y se desprendió del disfraz. Antes de morir fatalmente envenenada, la gacela comprendió que hubiera preferido las ficticias garras.
Autor: carlos
3.014 – El fin de la excursión
Los excursionistas gozaban del paisaje. Lucía el sol y la temperatura era templada. Algunos apacibles animales pastaban en el prado. En medio de ellos había un hombre junto a una maleta abierta y vacía.
-¿Por qué no cierra la maleta? -le preguntó un excursionista entrometido.
El hombre no le hizo caso, pero el excursionista volvió a insistir una vez y otra.
Al final, haciendo un gesto decisivo, aquel hombre la cerró de golpe. Al mismo tiempo la luz se fue de repente, los excursionistas se quedaron a oscuras y muy pronto empezaron a notar cómo les faltaba el aire.
Antonio Fernandez Molina
3.013 – La muñeca
En Madrid, en una casa de unos conocidos, elegante y alfombrada, entonces gran lujo, al encender la criada la chimenea, al principio del invierno, saltaron algunas chispas, y comenzaron a arder la alfombra y las cortinas, y después, dos o tres sillones, que quedaron estropeados. Se dieron pronto cuenta del incendio, y lo sofocaron.
La dueña de la casa, días después, contaba a una amiga el pequeño siniestro delante de su hija, de siete u ocho años:
-Se pudo atajar el incendio pronto, afortunadamente -añadió.
-Sí; pero yo he perdido mi muñeca -exclamó la niña, llorando.
-¡Qué le vamos a hacer, hija mía; ya te compraremos otra!
-Es que yo quiero la misma.
-Bueno; tonterías, no.
Y la chica se fue enfurruñada y llorando, creyendo que tenía razón al pedir, no otra muñeca, sino la misma que se había quemado.
Pio Baroja
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
3.012 – Continuará
¿Recuerdan a aquel individuo al que trasplantaron hace dos años la mano de un cadáver? Seguro que sí. No nos desayunamos con noticias tan biodegradables cada mañana. Durante todo este tiempo, los periódicos han venido informándonos de los progresos de esa mano. Un día, sus dedos golpeaban las teclas de un piano. Al poco, podían atar los cordones de un zapato. También habían aprendido a entrecruzarse con los de la mano contraria, en un gesto parecido al de la oración… Se trataba de una mano inteligente, en fin, que incluso escribía, aunque no nos dijeron si prosa o verso, novela o ensayo, biografía o humor. ¿Qué puede escribir la mano de un cadáver?
Nadie ha vuelto del mundo de los muertos para decirnos si hay vida al otro lado, y de qué tipo. Nadie ha vuelto, excepto esa mano que llegó a estar enterrada, que acarició la seda del ataúd, el tejido de la mortaja, la oscuridad reinante debajo de la lápida. Quizá cuando esa mano fue arrebatada a un muerto para colocársela a un vivo, había conocido ya los placeres de la caricia de ultratumba. Es posible que se hubiera enamorado de un esqueleto, de un alma, de una momia. Tal vez, cuando le pusieron un bolígrafo entre los dedos, esa mano empezó a escribir un diario terrible sobre los sufrimientos que comporta regresar a la vida. O tal vez sólo escribía recetas de cocina para difuntos. No sabemos lo que comen los muertos. Ninguno ha regresado para decírnoslo. Pero quizá esa mano tuviera un instinto periodístico y después de atar los zapatos para satisfacer al respetable, se pusiera a describir los ingredientes de una paella para cuatro cadáveres.
No sabemos qué escribió, la verdad, cuando le pusieron una cuartilla delante. El caso es que el receptor, que vive en Australia, ha viajado hasta Lyon, donde se produjo el trasplante, para pedir de rodillas a los médicos que se la quiten. «No puedo ni verla», ha dicho. Pero los médicos han respondido que santa Rita Rita, lo que se da no se quita, y que el trasplante ha sido un éxito. Más que un éxito, yo diría que ha sido un best seller, pero un best seller de literatura de terror. Continuará.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
3.011 – Soy maestro
Soy maestro. Hace diez años que soy maestro de la Escuela Primaria de Tenancingo, Zac. Han pasado muchos niños por los pupitres de mi escuela. Creo que soy un buen maestro. Lo creía hasta que salió aquel Panchito Contreras. No me hacía ningún caso, ni aprendía absolutamente nada: porque no quería. Ninguno de los castigos surtía efecto. Ni los morales, ni los corporales. Me miraba, insolente. Le rogué, le pegué. No hubo modo. Los demás niños empezaron a burlarse de mí. Perdí toda autoridad, el sueño, el apetito, hasta que un día ya no lo pude aguantar, y, para que sirviera de precedente, lo colgué del árbol del patio.
Max Aub
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012
3.010 – Johann te entregará…
3.009 – El dinero…
3.008 – Renacimiento
Tras una Nochebuena de whisky y olvido, Zenón despertó en un pesebre lleno de paja, con la mejilla apoyada en el vientre de escayola del Niño Jesús. A un lado estaban San José y la mula. Al otro, la Virgen María y el buey.
Tiritando, doblegado por la resaca, Zenón bajó como pudo del pesebre, se abrió paso entre las familias que lo observaban perplejas y se escabulló murmurando:
-Tengo que dejar de beber.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
3.007 – El mes de abril
En el mes de abril, cuando de los campos eran señores los grillos, las altas veletas movidas por el viento, dejaban oír el eco de su tonada diaria.
La mula, atada a la noria y dando vueltas, soñaba que volaba. Yo, en mi afán de escapar, cerraba los ojos y salía en pos de ella.
Juntas, ella y yo, nos volvíamos libres como el viento. Mis dedos rozaban los maizales, levemente, frenando apenas el vuelo loco. A ella le gustaba quedarse quieta como una nube más en el cielo, y en sus ojos se leía la ensoñación por parecerlo.
A mí me gustaba convertirme en la rama de algún árbol, por esa sensación de permanencia y de sentirme parte de ese algo tan verde, florido y besado por el viento.
Y cuando sentíamos nuestro el mismo cielo y toda la música del universo, un grito de adversidad nos despertaba del dulce sueño. De nuevo en la tierra, ella mula, dando vueltas y yo, la niña de las largas trenzas, abrazadas por el mes de abril intercambiábamos una sonrisa cómplice.
Genny Guadalupe Chávez Rodríguez
3.006 – Relámpagos alados
Cuando los pelícanos son viejos como yo, y no encuentran más motivo para seguir viviendo, vuelan tan alto como pueden, casi hasta alcanzar las primeras nubes. Inadvertidamente, descienden sin más ni más, se convierten en relámpagos alados que tienen como único fin caer sobre las rocas de la bahía. Esto me contaba mi abuelo cuando paseábamos al atardecer por el malecón. Era una historia impactante, siempre me pareció una muerte sumamente poética. No obstante, es sólo la idea de volar lo que en realidad añoramos, ya que, les puedo asegurar que no fue nada poético cuando el abuelo se tiro de un doceavo piso.

