Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. «Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos», pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.
Dudó. Ella bajó.
Se sintió divorciado: «¿Y los niños, con quién van a quedarse?»
Autor: carlos
1.253 – Luz de gas
A mí este juego ya me cansa, pero papá me dice que si aguanto un poco más sin rechistar luego me llevará a París y me comprará una casa muy grande para mí sola. Fue fácil, solo tuve que hacerme la muertita, y lo hice tan bien que mamá gritaba y se tiraba de los pelos. Papá, como es médico, dijo que no había nada que hacer y preparó mi entierro de mentirijillas. Me bebí un jarabe para quedarme dormida un buen rato, al principio casi era como morirse de verdad, pero luego me desperté como si fuera un día de fiesta. Y ahora estoy aquí en un cuarto secreto en la buhardilla, viviendo al revés: por las noches salgo en camisón a ver a mamá, pero no tengo que hablarle, abro la puerta y la miro a los ojos. Ella me llama y entonces yo salgo corriendo y me escondo otra vez. Algunos domingos papá me deja salir al jardín un rato, veo a mamá que asoma su cara flaca y pálida por la ventana. Ya no chilla, ni siquiera intenta atraparme, la verdad es que da algo de miedo. Espero que ya falte poco, me aburro y quisiera ir a París en primavera.
Rosana Alonso
Los otros mundos. Ed. Talentura. 2012
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1.252 – Un celoso
Minutos antes de que iniciara su número circense sorprendió a su mujer abrazando a otro, tras el carromato en que vivían. No tuvo ocasión de decirle nada. Les requirieron y se presentaron en medio de la pista, en medio de una atronadora salva de aplausos. En medio de la general expectación y de un silencio impresionante, fue lanzando los cuchillos uno tras otro delineando claramente en la madera la silueta de su mujer, que soportó todos los lanzamientos impertérrita. Cuando hubieron terminado y mientras saludaban al público sonrientes, él, entre dientes, acertó a decir: «Espero que esta noche me des una explicación».
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
1.251 – Pero seguro…
1.250 – Una segunda oportunidad
El príncipe era flaco, desgarbado, con una palidez cadavérica, acentuada por sus negras ojeras. Era, además, bastante torpe.
Sin embargo, estaba allí, frente a la Bella Durmiente, sin atreverse a besarla. Cuando finalmente lo hizo y ella entreabrió sus ojos, él estaba distraído siguiendo una mariposa con la vista. Esto le permitió a la Bella Durmiente echarle una ojeada y fingir que continuaba dormida. Había decidido aguardar una segunda oportunidad.
Julio Ricardo Estefan
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del Vigía. 2010
1.249 – Soy un fantasma
El castillo iba a ser desmontado, piedra por piedra, y trasladado a un país remoto para ser reconstruido y servir a su nuevo dueño como refugio de fin de semana. Al saberlo, quise quedarme para siempre en el lugar de mis antepasados, pero cambié de opinión cuando oí decir que los terrenos serían recalificados para albergar un gran centro de ocio, provisto de salas multicine, aparcamiento subterráneo y galerías comerciales. Entonces decidí acomodarme entre los rancios muros embalados en enormes contenedores, con la intención de despertar al cabo de unos meses en mi nuevo y redecorado hogar. Sin embargo, fue en la aduana del país de destino donde desperté a los pocos días, porque las severas leyes locales de control de la inmigración y prevención del terrorismo me exigían una serie de documentos e informes que, en mi condición de ectoplasma, no podía aportar aunque quisiera. Tampoco ayudó mucho que dijera que mi trabajo consistía justamente en asustar a los incautos que visitaban mis dominios. Así que me metieron en la cárcel. Y ya ven lo que son las cosas: aquí les hace gracia que alguien como yo no dé miedo a nadie. Y a mí me da miedo solo de pensar que ellos no me hacen ninguna gracia.
Pedro Herrero
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del Vigía. 2010
1.248 – El último tiro
Al Círculo de las Bacantes y su Departamento de Venganzas Asociadas
La llegada de la Evelyn al Cuarenta y Ocho fue como la de cualquier otra persona, solo que ella llevaba una cartera con tres pistolas cargadas. Tocó el timbre del motel de fachada rosa iluminada con neones azules y entregó un fajo de billetes a la camarera, que le indicó la habitación signada con el número seis. Sin vacilar, sacó una pistola e hizo fuego contra la cerradura, antes de patear la puerta y entrar a la habitación en la que estaba Fernando con otra mujer. La voz de Luz Casal susurraba: «Te has parado a pensar en lo que sufrirás…».
Fernando se levantó, asustado, y la mujer se tiró al suelo, gritando. La Evelyn estaba calmada. En el mundo en el que había crecido, entre narcos y delincuentes, cargar armas y saber usarlas era parte de la vida cotidiana. Por eso, sin hacer caso de los gritos ni de las palabras atropelladas con que Fernando trataba de disuadirla, apuntó y disparó de nuevo, hiriéndolo en el muslo. Luego volvió el cañón hacia la mujer desnuda y vació la primera arma, sin detenerse hasta que el percutor sonó a hueco y ella quedó inerte, envuelta en parte de la sábana, con la cabeza apoyada en el velador.
Después miró al hombre, que le suplicaba que parara, apretando la herida de su pierna, tirado sobre la cama. La Evelyn sacó la otra pistola y apuntó disparando a la pared, a la lámpara, al borde de la cama, acercándose cada vez más a Fernando. Se dio ese tiempo con la tranquilidad y la pericia de los que saben.
Dieciocho tiros salieron de las armas que usaba, ninguno lo suficientemente certero como para provocar la muerte del hombre acorralado en la cama, sin hacer amago de escapar, solo esperando a que aquello terminara.
La Evelyn bajó la mano que sostenía la pistola y caminó hacia Fernando, como si no diera por hecho que la camarera debía haber llamado a la policía. Había silencio en el motel y solo se escuchaba la respiración y los quejidos del hombre, envueltos en la voz de Luz Casal: «…recordarás el sabor de mis besos…».
Cuando estuvo junto a él, la Evelyn lo miró desde lo alto, con la seguridad del que ha ganado una partida. Fernando le pedía perdón, suplicante.
Ella no habló. Solo esbozó una sonrisa y levantó la mano armada. La bala número diecinueve fue a incrustarse en medio de los genitales de Fernando.
La Evelyn salió de la habitación, caminó hasta la puerta del Cuarenta y Ocho y desapareció enfundada en el azul de los neones de la fachada. En la habitación número seis, Luz Casal terminaba la canción: «…y entenderás en un solo momento qué significa un año de amor».
Gabriela Aguilera
Velas al viento. Los microrreelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del Vigía. 2010
1.247 – La pluma
Había escrito varias hojas de papel cuando advirtió que desde hacía un rato la pluma escribía con tinta roja. Siguió adelante y un poco después aquella tinta le pareció sangre. Y era sangre en efecto. Pero continuó porque tenía ideas felices y las palabras fluían con naturalidad. Así siguió hasta redondear lo escrito al tiempo de acabársele la sangre a la pluma y caer muerta de entre sus dedos.
Antonio Fernandez Molina
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Edición de David LAgmanovich. Ed MenosCuarto – 2005
1.246 – La marioneta
El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y esguinces, trastabillea sobre el desorden de su camerino, eslabona angustias de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída. Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como muñeco absurdo.
La marioneta —un payaso en cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño sonriente, una nostalgia infinita— ha observado el drama de quien le da transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con los cuales él adquiere movimiento.
Edmundo Valadés
1.245 – La bomba atómica
Era rabiosamente feliz, inmensamente feliz. Reía como un idiota, solo, en medio de la calle, camino de la casa de sus padres. Arrastraba su medio cuerpo, emplazado en un carrito con ruedas, con sus manos, protegidas con guanteras de cuero. Al volver del frente temió que su novia, viéndole reducido a aquel estado, le abandonara. Pero no fue así. Solícita, arrodillándose, colocó un beso en su frente. Por eso caminaba, perdón se deslizaba, ahora tan feliz. Le importaba un bledo que Japón ganara o perdiera la guerra. El sufrimiento le había hecho egoísta. Era el hombre más feliz de todo Hiroshima. Y cuando oyó muy lejano el zumbido de un avión pensó que no había bombas en el mundo suficientes que pudieran empañar su felicidad. El desconocimiento de los avances técnicos norteamericanos en materia nuclear le hacía asumir las consabidas y tontas actitudes del enamorado.
