1.284 – Tuberías

 Si uno fuera capaz de reunir los patios interiores a los que se ha asomado a lo largo de su vida, formaría con ellos un sistema endocrino tan complejo como el del aparato digestivo. Lo curioso es que son idénticos unos a otros, se hayan visto en Bruselas o en Nueva York, en Copenhague o en París, a los cuatro o a los cuarenta años. Llegas a un hotel de una ciudad desconocida, en donde ni tú mismo sabes todavía quién eres, abres por curiosidad la ventana del cuarto de baño y allí están las mismas tuberías de tu infancia atravesando idénticas paredes grises con manchas de humedad. No importa el número de estrellas del hotel, ni su situación, tanto como tu habilidad para detectar las aberturas tras las que se agazapan.
Otro día estás comiendo en un restaurante caro, donde vete a saber por qué medio has conseguido que te inviten unos anfitriones de lujo, cuando cometes el error de visitar el servicio, y también allí, inevitablemente, das con el ventanuco que te asoma a ese raro espacio que ya viste en Zamora o Murcia, en Valencia o Bilbao, en Buenos Aires o Berlín. Si en alguno de estos lugares alejados de tu geografía o tu bolsillo tienes problemas de identidad, basta con que busques el agujero atravesado por ese hilo conductor para averiguar de golpe quién eres y de dónde vienes. Hasta en las novelas hay patios interiores cuya suma compone un tubo digestivo que recorre la historia de la literatura. Algunos hombres, a medida que crecen, intentan separar este recurso arquitectónico de su existencia, lo que es tan difícil como vivir sin estómago. A través de los patios interiores hacemos una digestión de lo que somos, pero también de lo que queríamos ser cuando, asomados al de la adolescencia, fumábamos los primeros cigarrillos clandestinos soñando en un futuro con las tuberías empotradas.

Juan José Millás
Articuentos completos. Seix barral – 2011

1.283 – Imita a los grandes, le dijeron

 Fuma para poder escribir unas memorias como Zeno, dentro de muchos años, cuando sea mayor y más deprimente; para tener algo que contar en esas edades; bebe como Arturo Bandini con la esperanza de que en cualquier momento, en cualquier biblioteca del mundo, un Bukowski lo descubra, alucinado; reza para sentarse en la estación de invierno del puerto más lejano de Crimea y morir como Tolstoi, decrépito y célebre. Y todo lo que ha conseguido es una rara enfermedad de los pulmones que ha inspirado la oscura ponencia de un médico en un congreso al que nadie quiere ir. «Quizá si escribiera algo», piensa mientras dispone la oreja derecha para cortársela con una tijera.

Juan Carlos Chirinos
http://ficcionminima.blogspot.com.es/2012/08/los-sordos-trilingues-juan-carlos.html

1.282 – Leones y domador

 Un grupo de leones se ha puesto de acuerdo en comprar un domador, pero tienen poco dinero. Todo lo que consiguen es un anciano desdentado (aunque con su dentadura postiza) que fuera domador de potros en su juventud. Se llama Francisco Nicomedes Rojas y es de Sunchales. Los leones rugen como si fueran feroces, el viejo hace restallar el látigo, hay que admitir que se lo ve adecuadamente frágil y aun así el público se fastidia. Les iría mejor con una jovencita rubia, de aspecto tímido, pero son demasiado caras, están ahorrando.

Ana María Shua
Fenomenos de Circo. Páginas de espuma 2011

1.281 – Lágrimas negras

 Si de llorar se trata, lo mejor es picar una cebolla mediana muy finita.
Luego, tres jitomates bien coloraditos que se deben mezclar con un manojo pequeño de cilantro.
Para terminar, tres aguacates maduros bien bañaditos en limón verde, a fin de que no se pongan negros. Como las lágrimas.
Se agrega un buen chorro de aceite y sal al gusto.
Con el mismo gusto que hay en maldecir a quien se fue.
Una vez bien llorada la pena, el guacamole se sirve con totopos o chicharrones crujientes, pero sin rencores. Dice mi abuela que el aguacate y la muina no se llevan bien.
Les recomiendo acompañarlo con buen tequila blanco o reposado, sin olvidar a José Alfredo cantando «Ando volando bajo»…
¡Ay, dolor, ya me volviste a dar!

Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012

1.280 – Balance

 Mi vida ha sido una constante lucha. Luché contra mis maestros, luché contra mis padres, contra el sistema, contra las oposiciones, contra el conservadurismo burocrático, contra el matrimonio, contra el divorcio, contra las reformas administrativas, contra quienes se obstinaban en desprestigiar las oposiciones, contra quienes abogaban por destruir el sistema, contra mis hijos, contra mis alumnos. Ya digo, mi vida ha sido una constante lucha y siempre (es hora de ir haciendo balance), me ha tocado militar en el bando de los vencidos.

Manuel Moya
http://nalocos.blogspot.com.es/2012/06/manuel-moya-y-2.html

1.277 – La más absoluta certeza

 Pocas certezas es posible atesorar en este mundo. Por ejemplo, Marco Denevi duda con ingenio de la existencia de los chinos. Y sin embargo yo sé que en este momento usted, una persona a la que no puedo ver, a la que no conozco ni imagino, una persona cuya realidad (fuera de este pequeño acto que nos compete) me es completamente indiferente, cuya existencia habré olvidado apenas termine de escribir estas líneas, usted, ahora, con la más absoluta certeza, está leyendo.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida.Ed. Páginas de Espuma 2009

1.276 – El premio

 Tenía prisa por coger el tren que le llevaría nuevamente a su pueblo. Había pasado la jornada cumplimentando todos los encargos, gestiones y compras que le habían encomendado sus paisanos y vecinos. La gran ciudad le destrozaba, le asfixiaba. Tenía prisa por dejarla. Verificó un último encargo: en una lista oficial de la Lotería Nacional comprobó que, efectivamente, a un décimo que le habían dado le había correspondido un pequeño premio. La Administración desgraciadamente estaba cerrada. Nervioso pensando que iba a perder el tren, abordó a un señor, contándole lisa y llanamente lo que le sucedía. El señor le partió la cara, llamó a un guardia que lo llevó a la Comisaría más próxima, le tomaron la declaración, lo encerraron y al día siguiente, comprobada la validez del décimo, lo dejaron en libertad. Cobró el premio y en el primer tren que pudo tomar se volvió al pueblo, donde jamás contó a nadie lo sucedido.

Alonso Ibarrola
Alonso Ibarrola. No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

1.275 – Tránsitos

 Se murió sin más, ni temeroso ni esperanzado. Y como en un sueño abrió los ojos y estaba en su cama. La habitación con el mismo aspecto de siempre, quizá un poco deslucidos los colores. Se levantó y en el salón no había nadie, atisbó por la ventana y vio gente en la calle. Salió y descubrió que muchas de esas personas eran desconocidos, tan solo el dueño del quiosco de prensa, que había muerto unas semanas antes, le hizo un gesto de reconocimiento. Se dieron un abrazo, hermanados de repente por la situación, y se contaron sus penas. Los dos andaban buscando en este lado a los familiares fallecidos hace tiempo, pero no daban con ellos. Decidieron adaptarse a la nueva circunstancia, que no era tan distinta de la anterior: se trabajaba, se comía, se dormía y hasta podía uno llegar a enamorarse. Conoció a una mujer solitaria y la invitó a instalarse en su casa.
Y fue pasando el tiempo y una semana se notó diferente: un poco más descolorido de lo normal. Hasta que una noche murió otra vez, aunque en realidad se sintió como un gusano mudando de piel.
Abrió los ojos: todo seguía igual, salvo por esa nueva condición traslúcida. Se asomó a la ventana y alcanzó a ver la silueta de su tío Luis, que había muerto tres años atrás, girando en la esquina. Saltó y se dejó llevar por una ráfaga de viento. Su tío era más transparente que él; una fina línea con un abultamiento en la parte que correspondería a aquella barriga inmensa que era lo que más recordaba de él. Le llamó, pero al ir a abrazarlo el tío Luis se evaporó, como el humo de un cigarrillo.
Se sintió por primera vez desalentado, pero siguió flotando por esa ciudad, cuyas calles tan conocidas se confundían unas con otras en esa líquida transparencia actual. Volvió a la rutina habitual e invitó a otra mujer solitaria a compartir ese tiempo blando y como sumergido en el mar.
Un día se notó más ligero que de costumbre y supo que se aproximaba un cambio. Cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas morirse de una vez por todas.

Rosana Alonso
Los otros mundos. Ed. Talentura. 2012
http://ralon0.wordpress.com