Lo scolatone

Carmen_huici_2Hay que reconocer que tengo  un aspecto elegante. Sin llegar a ser tan apuesto como  el secretario de su Santidad,  se nota de lejos que soy de una distinguida familia romana de toda la vida. Soy  alto y delgado y tengo el pelo rubio pajizo y los ojos de un azul muy  claro.
El primer cometido que me han encomendado como empleado vaticano ha sido una tarea humilde pero delicada. A las puertas de la basílica debo señalar a aquellas personas que no llevan la ropa adecuada que no pueden entrar de esa guisa. Me he de fijar en el largo de los pantalones o en si las camisetas son o no de tirantes. En el caso de que se trate de una mujer le ofrezco un chal para que su atuendo resulte decoroso en el interior del templo. A veces en ese intercambio y mientras la  chica, pues se  suele tratar de mujeres jóvenes, se envuelve en el chal  me premia con una sonrisa en la que hay una ligera provocación. De todas maneras lo más difícil es calibrar si el escote que lucen es  aceptable o no.  En ocasiones  no lo es pues los pechos  se exhiben  blancos y  tersos como de alabastro. Una rápida mirada me basta para ordenar con un gesto  imperioso a su dueña que se cubra su escote , mientras le doy el chal casi sin  mirarla. Lo mismo  sucede cuando se desbordan apretujados desde una camiseta dos tallas más pequeña  de la apropiada. Que yo creo que el verbo apechugar debe venir de ahí, o de su antecedente  más directo, los escotes de balconcillo que glosaba Voltaire. Pero otras veces, las cuestión es más sutil,  pues he de deslizar mi vista sobre un canal suave que  acaba ocultándose  bajo la blusa. Esa decisión siempre me trae problemas, la incomodidad inicial de las señoras  o el que  un superior pueda enmendarme la plana después si divisa a una dama de atuendo indecoroso dentro de la  basílica. Mis compañeros para burlarse  de mi  me han puesto de mote lo scolatone* en alusión  al Braghettone,  el pintor que cubrió el impudor de las figuras de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. En realidad, ese mote sólo indica la envidia que me tienen mis compañeros heterosexuales.
(*Scolatone: De socolatura= escote)
Carmen Huici

De la literatura nipona

r_fontanarrosaTsé-Hu-Tchen, mandarín de Kiusiu, se hallaba reposando en los jardines de su palacio. De repente, apareció un caballo y le mordió una rodilla.
Min-Tsú, esposa de Tsé-Hu-Tchen, acudió presurosa, dispuesta a espantar al corcel con una palmeta.
-Déjalo. Déjalo –le dijo Tsé-Hu-Tchen. Poco después el animal se marchó tan sigiloso como había llegado.
-Debiste haberme permitido que lo asustase – reprochó Min-Tsú a su marido.
-Bien sabes –dijo entonces Tsé-Hu-Tchen- que ese caballo puede ser la reencarnación de nuestro amado hijo Ho-Knien-Tsí, muerto en el combate naval de Ngen-Lasha.
-¡Sigue, sigue! –se quejó la mujer-. ¡Sigue malcriándolo!

Roberto Fontanarrosa

Formas de pasar el tiempo

JULIA OTXOA22A L.K. después de aquello, le era difícil respirar. Le producía un extremo dolor soportar la existencia propia y la de los demás. Una terrible incógnita, el porqué de todo. Así que sin tener la menor idea de qué hacer con su vida, cogió el primer tren para Dublín, buscó trabajo, conoció a una mujer, se casó y tuvo hijos.
Nota: Todo lo demás, incluido ese dato, puede ser aleatorio, es decir, que bien puede el personaje coger un tren para Oslo, Londres, Barcelona, o no cogerlo. Y también puede no casarse. Es decir, todo es accidental y fortuito, menos el dolor y la angustia, que han de ser fijos.

Julia Otxoa

Paréntesis

Augusto MonterrosodA veces por las noches -meditaba aquella ocasión la Pulga- cuando el insomnio no me deja dormir como ahora y leo, hago un paréntesis en la lectura, pienso en mi oficio de escritor y, viendo largamente al techo, por breves instantes imagino que soy, o que podría serlo si me lo propusiera con seriedad desde mañana, como Kafka (claro que sin su existencia miserable), o como Joyce (sin su vida llena de trabajos para subsistir con dignidad), o como Cervantes (sin los inconvenientes de la pobreza), o como Catulo (aun en contra, o quizá por ello mismo, de su afición a sufrir por las mujeres), o como Swift (sin la amenaza de la locura), o como Goethe (sin su triste destino de ganarse la vida en Palacio), o como Bloy (a pesar de su decidida inclinación a sacrificarse por las putas), o como Thoreau (a pesar de nada), o como Sor Juana (a pesar de todo); nunca Anónimo; siempre Lui Même, el colmo de los colmos de cualquier gloria terrestre.

Augusto Monterroso