No hay caricia más perfecta que el leve roce de una mano de ocho dedos, afirman aquellos que en lugar de elegir a una mujer, optan por entrar solos y desnudos al Cuarto de las Arañas.
Ana María Shua
No hay caricia más perfecta que el leve roce de una mano de ocho dedos, afirman aquellos que en lugar de elegir a una mujer, optan por entrar solos y desnudos al Cuarto de las Arañas.
Ana María Shua
“Dijo que de mí le gustaban mis sentimientos, mi formación cultural, mi cuerpo, mi forma de hacer el amor, mi actitud ante la vida… Pero nada más que eso. Estoy desconcertada”.
Orlando Romano
Tendría cuatro o cinco años cuando el abuelo Teodoro iba a buscarlo a la puerta del parvulario. El niño le daba un beso, el hombre lo cogía de la mano y juntos recorrían un trayecto que sabían de memoria y que arrancaba en la calle Encarnación, atravesaba la plaza de la Catedral, recorría un tramo de la calle Blanca y luego la calle Trujillo abajo, pasando bajo el cañón de la Salud y cruzando a continuación el río. Al otro lado del puente se despedían con otro beso y el niño volvía corriendo por escondidas callejuelas que serpenteaban hasta su casa en lo alto del cerro San Miguel. Durante ese breve recorrido, el abuelo lo entretenía contándole chistes, historias y chascarrillos que lo dejaban completamente anonadado y lo enviaban de vuelta a casa dándole vueltas y más vueltas a la cabeza. Un día, cuando pasaban delante de la puerta de la catedral, intrigado por la desmesura de semejante construcción -inconcebiblemente grande desde su baja perspectiva-, el niño preguntó tirando de la mano, Abuelo, ¿por qué la catedral es tan grande?, Porque cuando la levantaron los hombres eran enormes, respondió el abuelo, mucho más altos de lo que somos nosotros ahora. Pese a la ávida ignorancia de sus cuatro o cinco años, extrañado por tan insólita revelación, el niño lo miró con unos ojos muy redondos y bastante incrédulos, pero entonces el abuelo añadió irrefutable, ¿Es que no te has fijado alguna vez ahí dentro en los libros esos tan grandes que leían?, y el muchacho, con la boca abierta, recordando los formidables volúmenes que tantas veces había visto abiertos de par en par, recostados sobre el soberbio facistol en medio del coro, asintió del todo convencido pero profundamente preocupado, preguntándose cómo era posible que los hombres hubiésemos podido llegar a caer tan bajo.
Juan Ramón Santos
En todas las versiones de este cuento clásico el caballo es de madera o de metal. La princesa es siempre bellísima y está encerrada más allá de las nubes. Su lujosa prisión suele ser un palacio que flota en aire por arte de magia y otras veces una torre muy alta.
Un príncipe es el héroe: monta en el caballo volador y se gana el amor de la princesa. En algunas versiones el caballo despliega sus alas. En otras, vuela llenando la tripa de aire.
Curiosamente, el inventor de semejante prodigio es un sabio feo, insignificante, en ocasiones malvado, que entregaría con gusto la facultad de inventar caballos voladores a cambio de ser hermoso y valiente, a cambio de ser el príncipe, a cambio de lograr el imposible amor de la princesa.
Exactamente lo mismo le pasa al autor del cuento.
Ana María Shua
Ha sido terrible, cariño, iba por la carretera tan tranquilo, un coche que me adelanta, fiuuu, y luego otro, fiuuuu, cuando justo ring, ring, ring, el móvil, freno un poco para contestar y al otro lado guau, guau, guau, miau, miau, una tienda de animales, un error, total que cuelgo con una taquicardia que ni te cuento, bum, bum, bum sin parar, y yo con los nervios de punta cuando de pronto cof, cof, cof, cof, una tos increíble seguida por no sé cuántos achís, achís y achís que me hacen cerrar los ojos un momento y chas, tras, paf, zas, cuando los abro estoy con el coche estampado en una señal de tráfico, maldita sea por qué las ponen en medio, intento arrancar otra vez pero aquello no hace ni run ni ran así que ring, ring, llamo a la grúa que llega acompañada, niii-noooo, niii-noooo, por una ambulancia, le duele aquí, ¡ay!, le duele allá, ¡uy!, tráguese esto, glup, glup, firme aquí, chas, chas, ya puede marcharse, cojo un taxi, se mete en un embotellamiento, mec, mec, todo el mundo tocando la bocina y a mí que la cabeza está a punto de estallarme, pum, me bajo del taxi con tan mala suerte que me resbalo, catapún, tengo un aspecto deplorable y no llego ni en broma a nuestra cita. ¿Cariño? Clonc. Ha colgado.
Diagnóstico: Mimología. (Término con que se designa la onomatopeya. Onomatopeya es el signo creado para imitar un sonido natural.)
Flavia Company
He sabido que Isabel I de Inglaterra fue un hombre disfrazado de mujer. El travestismo se lo impuso la madre, Ana Bolena, para salvar a su vástago del odio de los otros hijos de Enrique VIII y de las maquinaciones de los políticos. Después ya fue demasiado tarde y demasiado peligroso para descubrir la superchería. Exaltado al trono, cubierto de sedas y de collares, no pudo ocultar su fealdad, su calvicie, su inteligencia y su neurosis. Si fingía amores con Leicester, con Essex y con sir Walter Raleigh, aunque sin trasponer nunca los límites de un casto flirteo, era para disimular. Y rechazaba con obstinación y sin aparente motivo las exhortaciones de su fiel ministro Lord Cecil para que contrajese matrimonio aduciendo que el pueblo era su consorte. En realidad estaba enamorado de María Estuardo. Como no podía hacerla suya recurrió al sucedáneo del amor: a la muerte. Mandó decapitarla, lo que para su pasión desgraciada habrá sido la única manera de poseerla.
Marco Denevi
Hay una ciudad donde los ríos nunca pasan. Ni los peregrinos, ni los pájaros que van hacia el Sur. La ciudad está cerrada por tres filas de murallas cada una con una puerta, cerrada.
El rey las mandó cerrar cuando murió su hijo, pero era demasiado tarde, la muerte ya había salido, y no pudieron alcanzarla.
Tampoco volvió a entrar.
Todos estamos ahí, y esperamos, y la arena se amontona en los aljibes, pero lo peor de todo es la memoria.
Rosalba Campra
Se preguntaba cada día cómo sería capaz de quererle de esa forma: sin preguntas, sin condiciones, quieta y desmesuradamente. Cada día intentaba descubrir una respuesta convincente para el milagro.
En el corazón no había encontrado nada. Ahora le abriría los sesos, por si acaso.
Elena García de Paredes
No se oyen más que portazos. El portazo de Teseo después que Ariadna le pregunta: ¿Y? ¿Para cuándo otro minotauro? El portazo de Minos porque Pasifae, aburrida se asoma a la ventana y mira al toro. El portazo de don Juan Tenorio apenas doña Inés quiere saber qué harán para pagar a los acreedores.
Marco Denevi
La más generosa es Rosaura, la del sexo prensil, que a los hombres alquila y a las mujeres presta. Gracias al sexo de Rosaura, cualquier mujer puede retener indefinidamente al hombre que ama, o a un cliente que no haya pagado sus honorarios. Pero se ve obligada a soltarlos cuando lo tiene que devolver a su verdadera dueña, la generosa Rosaura.
Ana María Shua