La medida de todas las cosas

juan ramon santosTendría cuatro o cinco años cuando el abuelo Teodoro iba a buscarlo a la puerta del parvulario. El niño le daba un beso, el hombre lo cogía de la mano y juntos recorrían un trayecto que sabían de memoria y que arrancaba en la calle Encarnación, atravesaba la plaza de la Catedral, recorría un tramo de la calle Blanca y luego la calle Trujillo abajo, pasando bajo el cañón de la Salud y cruzando a continuación el río. Al otro lado del puente se despedían con otro beso y el niño volvía corriendo por escondidas callejuelas que serpenteaban hasta su casa en lo alto del cerro San Miguel. Durante ese breve recorrido, el abuelo lo entretenía contándole chistes, historias y chascarrillos que lo dejaban completamente anonadado y lo enviaban de vuelta a casa dándole vueltas y más vueltas a la cabeza. Un día, cuando pasaban delante de la puerta de la catedral, intrigado por la desmesura de semejante construcción -inconcebiblemente grande desde su baja perspectiva-, el niño preguntó tirando de la mano, Abuelo, ¿por qué la catedral es tan grande?, Porque cuando la levantaron los hombres eran enormes, respondió el abuelo, mucho más altos de lo que somos nosotros ahora. Pese a la ávida ignorancia de sus cuatro o cinco años, extrañado por tan insólita revelación, el niño lo miró con unos ojos muy redondos y bastante incrédulos, pero entonces el abuelo añadió irrefutable, ¿Es que no te has fijado alguna vez ahí dentro en los libros esos tan grandes que leían?, y el muchacho, con la boca abierta, recordando los formidables volúmenes que tantas veces había visto abiertos de par en par, recostados sobre el soberbio facistol en medio del coro, asintió del todo convencido pero profundamente preocupado, preguntándose cómo era posible que los hombres hubiésemos podido llegar a caer tan bajo.

Juan Ramón Santos

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