Gormitti

pilargalan2008Desde que llegaste, tus fuerzas de ocupación han invadido la casa. Abandonaron la isla de Gorm para sitiar tu cuarto de juegos y mi vida. No es extraño, yo también preferiría este mundo a un lugar volcánico inhabitable. Son extraños, casi tanto como su nombre: Falena, Cortacuellos, o Devoramentes el místico, delirios del márquetin que los ha creado. En mi época los invasores se llamaban clics de Playmobil y, mucho antes, eran héroes anónimos divididos en indios y vaqueros. Y no poblaban islas, sino barcos piratas, castillos o fuertes Comansi. Los tuyos son Gormitti, y viven con nosotros hace un año. Encontrárselos de noche no es agradable y no me gusta que trepen a tu cama. A veces, sus aristas me sorprenden cuando camino descalza, e incluso hay días en que se cuelan en el bolso y, al buscar las llaves, mis dedos rozan sus bordes imprevistos. Vivos porque tú les das vida, sonrío cada vez que los encuentro y acaricio su hocico o sus tentáculos. Juegas con ellos, pero olvidas devolverlos a su isla cada noche. Y cada mañana, al recogerlos, me causa una ternura infinita que vinieras a poner todo en su sitio y al mismo tiempo a dejar todo en desorden.

Pilar Galán

Perspectiva (A Nicolás Palma)

angel olgoso 2En la habitación del hospital el padre contempla, por primera vez y con infinita dulzura, a su hijo recién nacido. Es hermoso, de una inocencia irradiadora, rozagante. El padre nota cómo una corriente de júbilo asciende desde algún lugar de su interior y amenaza con desbordarse y reventar cada grieta hasta que levanta un poco los ojos y ve, bajo el techo, levitando pacientemente, con esos acerados destellos de sus filos, cientos de espadas de Damocles que cuelgan justo sobre el cuerpecito de su hijo. Vuelve la cabeza hacia su mujer y sabe al instante que ella lo sabe, pero ninguno dice nada.

Ángel Olgoso

Relojes

Julio Cortazar3Un fama tenía un reloj de pared y todas las semanas le daba cuerda con gran cuidado. Pasó un cronopio y al verlo se puso a reír, fue a su casa e inventó el reloj-alcachofa o alcaucil, que de una y otra manera puede y debe decirse.
El reloj alcaucil de este cronopio es un alcaucil de la gran especie, sujeto por el tallo a un agujero de la pared. Las innumerables hojas del alcaucil marcan la hora presente y además todas las horas, de modo que el cronopio no hace más que sacarle una hoja y ya sabe una hora. Como las va sacando de izquierda a derecha, siempre la hoja da la hora justa, y cada día el cronopio empieza a sacar una nueva vuelta de hojas. Al llegar al corazón el tiempo no puede ya medirse, y en la infinita rosa violeta del centro el cronopio encuentra un gran contento, entonces se la come con aceite, vinagre y sal, y pone otro reloj en el agujero.

Julio Cortazar

Consejos de almohada

almohada Aquella noche debía decidir si iba a abandonarla. Llegó a casa de madrugada y descubrió que su esposa se había quedado dormida en su lado de la cama. Se acostó en la mitad del colchón que no le correspondía. Echó de menos su almohada, gruesa y firme, gran consejera y tuvo que pelearse con la de su mujer. Él amaneció temprano, dispuesto a ponerse el vestido rojo para la boda del sábado. Ella, extrañamente resuelta a huir con la joven amante que ignoraba tener.

Teresa Serván

Ropa usada (A Ana Madre)

pia barros3Un hombre entra a la tienda. La chaqueta de cuero, gastada, sucia, atrapa su mirada de inmediato. La dependienta musita un precio ridículo, como si quisiera regalársela. Sólo porque tiene un orificio justo en el corazón. Sólo porque tras el cuero, el chiporro blanco tiene una mancha rojiza que ningún detergente ha podido sacar. El hombre sale feliz a la calle.
A pocos pasos, unos enmascarados disparan desde un callejón. Una bala hace un giro en ciento ochenta grados de su destino original. Se diría que la bala tiene memoria. Se desvía y avanza, gozosa, hasta la chaqueta. Ingresa, conocedora, en el orificio. El hombre congela la sonrisa ante el impacto.
La dependienta corre a desvestirlo y a colgar nuevamente la chaqueta en el perchero.
Lima sus uñas, distraída, aguardando.

Pía Barros

El viaje

marmara Junto a mí, en el autobús, está sentado un hombre. Puedo oler su cuerpo. Sus manos están agredidas por un trabajo incierto. Fabulo que ha venido del Este, quizá esperando encontrar una tierra de frutos abundantes. Puede ser que tenga una historia fortificada por el dolor. Imagino su desvelo por conseguir permisos, certificados, leyes justas. El hombre no repara en mí, puede qué no tenga tiempo. Entonces me distraigo oyendo el ruido de su respiración y me siento unido a él por un paisaje de casas perversas, de árboles agotados. De pronto, siento la necesidad de ser su amigo, de beber juntos litros de alcohol, de cantar con fuerza canciones tristes; luego perdernos en un viaje hasta una ciudad, digamos Estambul, donde los dos seríamos extranjeros y nos bañaríamos en el mar de Mármara, riendo incansablemente.

Carmen Vega

Como Dios

nasrudinUn mendigo que caminaba por la mezquita vio a Nasrudín rezando en el tejado. El mendigo, fingiendo que no lo había visto, preguntó: «Dios, ¿eres tú el que está ahí arriba?».
«Sí», respondió Nasrudín eufórico porque alguien pensaba que era Dios.
«¿Qué duración pueden tener cien años para ti?, preguntó el mendigo.
Nasrudín respondió: «La misma que para ti un segundo».
«¿A cuanto equivalen cien mil monedas de oro para ti?».
«A una moneda de oro», respondió Nasrudín.
«Entonces, ¿me puedes dar una moneda de oro?», preguntó el mendigo.
«Espera un segundo», fue la respuesta de Nasrudín.

Cuentos de Nasrudín

Los militares persisten

marco deneviEn mi libro La Guerra Grande (Buenos Aires, 1872) relato un episodio del que fui testigo: «Después de la batalla de Quebracho Herrado, el coronel dio orden de enterrar a los muertos de ambos bandos. El sargento Saldívar y ocho soldados se encargaron de la macabra tarea. Recuerdo que le dije a Saldívar: -Pero sargento, algunos no están muertos, óigalos quejarse, y usted los entierra lo mismo. Me contestó: -Ah, si usted les va a hacer caso a ellos, ninguno estaría muerto. Y siguió, nomás, enterrándolos. Por esa salida lo ascendieron a sargento mayor».
Ahora vengo a enterarme de que el mismo episodio, mutatis mutandis, lo cuentan Aulio Minucio (Rerumgestarum Libri), el duque de Chantreau (Mémoires sur le régne de Louis XIII) y el general Alfonso Cavestany (Crónica de las guerras carlistas).

Marco Denevi