Los esquimales

a_maria_shua Un grupo de esquimales juega a la pelota golpeando con paletillas de morsa una piel de foca rellena de musgo y arcilla. Todos conocen los ciento treinta y dos nombres de la nieve, pero no todos manejan el bate de hueso con la misma habilidad, no todos arponean ballenas con lanzas atadas a vejigas de caribú bien infladas, no todos pueden arrastrar dos focas muertas al mismo tiempo, no todos pueden alzar a un oso por las patas de atrás y revolearlo como si fuera una liebre: algunos sólo saben contar historias. Sin embargo, como cada año hay dos largos meses sin sol, los cazadores comparten con ellos el alimento. No solo de carne y grasa vive el hombre, sobre todo en la oscuridad.

Ana María Shua

Principio de la especie

luisa-valenzuela2 Me acerqué a la planta perenne de tronco leñoso y elevado que se ramifica a mayor o menor altura del suelo y estiré la parte de mi cuerpo de bípeda implume que va de la muñeca a la extremidad de los dedos para recoger el órgano comestible de la planta que contiene las semillas y nace del ovario de la flor.
El reptil generalmente de gran tamaño me alentó en mi acción dificultosa que se acomete con resolución. Luego insté al macho de la especie de los mamíferos bimanos del orden de los primates dotado de razón y de lenguaje articulado a que comiera del órgano de la planta. Él aceptó mi propuesta con cierto sentimiento experimentado a causa de algo que agrada.
Pocas cosas tienen nombre, por ahora. A esto que hicimos creo que lo van a denominar pecado. Si nos dejaran elegir, sabríamos llamarlo de mil maneras más encantadoras.

Luisa Valenzuela

La peste experta

millas23 Si usted es un padre consciente de la importancia de las nuevas tecnologías y ha decidido regalar a sus hijos por Navidades un ordenador, no se le ocurra consultar a un cuñado experto en el tema, o a un sobrino licenciado en Informática. Ni siquiera se deje aconsejar por el vendedor. Entre en la tienda con un gesto decidido, coja el que más rabia le dé, con tal de que pueda pagarlo, llévelo a casa, y que los niños se entiendan con él.
A primera vista, lo sensato sería hablar con el hermano de su mujer que trabaja en Sony, pero ése es el modo más seguro de que sus hijos se queden sin ordenador y usted hecho un lío. Las personas aficionadas a la informática son propensas a dar conferencias, de manera que en lugar de informarte te duermen. Lo malo es que después de haber soltado un rollo lleno de términos incomprensibles, te recomiendan que esperes, que no compres todavía, porque dentro de seis meses se van a caer los precios y el mismo ordenador que ahora te cuesta medio millón estará a cien mil. O te aseguran que dentro de quince días va a salir un modelo nuevo que además de modem y CD-Rom llevará incorporado una freidora. O te miran de arriba abajo, para ver si estás en tu sano juicio, y te preguntan que para qué quieres regalarle un ordenador al niño.
-Para que juegue con él y se familiarice- respondes acobardado.
-Pero hombre -dice tu cuñado conteniendo la ira-, eso es un disparate. Para los juegos es mejor que le compres un CDI. El futuro pasa por el CDI. Además, en ese aparato podréis ver también películas, porque los vídeos y las cintas de VHS son una antigualla.
-Pues el caso es que había pensado comprar un vídeo nuevo.
-Si lo que quieres es tirar el dinero, allá tú.
Al final el cuñado experto te da una información tan completa que no te compras nada porque cualquier cosa que hagas será un disparate. Yo he adquirido siempre los ordenadores en Nueva York porque no sé inglés y gracias a eso no entiendo los consejos del vendedor. Y la verdad es que hasta ahora me han dado muy buen resultado. Los entendidos son una peste.

J.J. Millás

Siete vidas tiene el gato

alejandra diaz ortiz5 Mi primera vida la perdí jugando a la pelota.
La segunda me abandonó buscando una respuesta que nunca encontré.
La tercera me la robó un cantante de mala fama. De regalo, ofrecí la cuarta, sin razón.
Entre una cena y un te quiero, me aposté la quinta. La sexta la doné a Soledades sin Fronteras.
La séptima, la última que me queda, la quiero ahogar en lo más profundo de tu boca.

Alejandra Díaz-Ortiz

Danza de espadas

angel olgoso 2 Tras blandir su espada flamígera contra Adán y Eva, el ángel del Paraíso la hunde en la roca dispuesta expresamente para que el rey Arturo, más tarde, desclave Excalibur. Esta torpeza del ángel, su imprecisión cronológica y topográfica, desencadena deplorables espectáculos: la espada Muérdago -única que puede hacerlo- no acierta a matar al gigante Balder, para regocijo del monstruo; la espada que pende sobre la cabeza de Damocles, sostenida sólo por una fina crin de caballo, se precipita fatalmente; Roldán no encuentra por ningún lado su espada Durandarte y, pese a la previsible humillación, se defiende a bofetadas del enorme ejército que lo reduce al instante en los Pirineos; a falta de la mágica y temible espada que perteneció a su padre, Sigfrido se esfuerza en atravesar al dragón Fafnir con una Tizona de plástico, lo cual le acarrea no pocas burlas del gremio de animales mitológicos; y lo que es peor, no llega a mis manos ese as de espadas que necesito desesperadamente para ganar el juego en el que, esta noche, he apostado mi vida.

Ángel Olgoso

El faunito

eduardo gudino kieffer2 Mientras el Faunito vivió sin vislumbrar la vida (tocando la siringa, comiendo uvas silvestres y durmiendo al sol), todo fue maravilloso. Una corona de pámpanos bastaba para embellecer la jornada. ¡Y era tan inquietante correr por los vericuetos del bosque persiguiendo su propia sombra; o tratando de atrapar la idea de una idea, concretada a veces en cabellera al viento, risa de agua, muslo terso o silueta fugitiva! Sí, el Faunito era feliz. Feliz porque sí, feliz sobre todo cuando tocaba el instrumento que él mismo había construido con unas cañas cortadas junto a la fuente Castalia: la siringa de la que arrancaba lamentos, arrullos, voces y hasta palabras (o quizás todo lo que no podían decir las palabras). Tan arrebatadora era la música del Faunito, que para escucharla los peces salían del agua junto a las náyades húmedas, las dríades abrían los troncos de las encinas milenarias, las lobas amamantaban a los corderos, de entre mirtos y laureles asomaban silvanos desmelenados. Pero (no sólo lógica sino también mitológicamente) felicidad que dura… deja de ser felicidad. Un día Filomela, estremecida por la música del Faunito, voló tan alto que chocó contra el carro de Apolo: «¿Qué haces aquí, tan lejos de tus bosques?», preguntó el dios. «¡Vuelo en alas de la música del Faunito!» La respuesta, por supuesto, desagradó a Apolo, que tomó su lira de oro y descendió hasta el umbrío lugar donde un simple Faunito se permitía hacer música que impulsaba a los pájaros al cielo. ¡Ah! ¡Hubierais debido estar allí para escuchar tan formidable contrapunto! Al primer acorde de la lira, los árboles temblaron. Pero al primer gemido de la siringa derramaron lágrimas verdes. Al primer acorde de la lira las fuentes enmudecieron, pero al primer gemido de la siringa dejaron de manar. Euro llevó los sones al Olimpo. Al escucharse la lira de Apolo se interrumpió uno de los divinos banquetes. Pero cuando se oyó la siringa, Ganímedes volcó la copa sobre la túnica de Zeus, que por azar no estaba en ese instante transformado en animal para seducir a alguien. Apolo acabó por darse cuenta de que la música del Faunito era muy superior a la suya. Y decidió vengarse como sólo los dioses saben hacerlo. Dejó caer la lira con desgano, y señalando los pies del Faunito empezó a reír a carcajadas. Los dioses, asomados a balcones de nubes, miraron hacia donde señalaba Apolo y rieron también. Y rieron las ninfas y las dríades y las náyades y las lobas y los corderos y los pájaros y los árboles y las piedras. El mundo estalló en una infame risotada. El Faunito bajó los ojos. Recién entonces descubrió que tenía patas de chivo.
«No desafíes a los dioses, so pena de descubrir que tienes patas de chivo. «

Eduardo Gudiño Kieffer

Piel de serpiente

serpiente Cuando esto escribo, sentado delante del ordenador, observo mis manos. Siempre he tenido. dedos largos, como de pianista, sin piano en mi caso, y uñas cortas y redondeadas. Pero nada de esto es lo que las caracteriza últimamente, sino unas pequeñas erupciones que me brotan desordenadas y cada vez con más frecuencia. El proceso siempre es el mismo: aparecen pequeños puntos que, poco a poco, van abriéndose y volviendo mortecina la piel, hasta que, finalmente, termino mudándola.
El dermatólogo me ha dicho que es una psoriasis, tal vez hereditaria, producida por el estrés. Pudiera ser. Pero yo soy de otra opinión: creo que tengo algo de serpiente, y que por eso, como todos los reptiles, mudo periódicamente la piel.
No crean que esto es una paranoia o un repentino ataque senil de locura. No. Sin ir más lejos, hace unos días se me acercó Michi, mi gato, y empecé a acariciarlo. En un rápido movimiento me abalancé sobre él, le clavé los dientes en el cuello, y comencé, despacio, muy despacio, a engullirlo.
Nunca más volveré al dermatólogo. No sabe nada de serpientes.

Antonio Reyes