Aquel tiempo

angel guache Aún se hablaba de la guerra, de desaparecidos, de muertos, de fantasmas, de bombardeos, de ciudades en llamas. Era un tiempo oscuro, gris, y siempre hacía frío y llovía. Las casas en penumbra, los pesados abrigos. Las tardes pasaban lentísimas. Y a la noche, se oía el parte hablado en la radio, la voz neutra y tersa del locutor. Y una música triste. Y luego nos íbamos a la cama para soñar, arrullados por el viento, los sueños que no nos regalaba la cruda realidad.

Ángel Guache

Benicio lo vio todo

alejandra diaz ortiz Es imposible que finjas que nada de esto pasó. No mientas al decir que mis sueños no estuvieron en los tuyos. No puedes haber olvidado el temblor de tus manos desmenuzando mi cuerpo. ¿Cómo creer que se han desvanecido las huellas de mis dedos ciñendo tu piel?
No, no te creo que hayas olvidado mi lengua enredada en la tuya. De tu boca no se puede haber evaporado mi sabor. Ni de tus recuerdos, el aroma que emanaron nuestros cuerpos.
Difícil olvidar tu espalda desnuda apoyada en la pared, cubriendo aquella foto que tanto me gustaba, mientras musitabas: «mmm… para… para… Benicio lo está viendo todo…»

Alejandra Díaz-Ortiz

Para dormir…

ana maria shua 13 Para dormir cómoda, me despojo de todo lo superfluo. Sentada en el borde de la cama me quito lentamente la ropa. Dejo caer los brazos, que se estiran sobre la alfombra como gruesas serpientes. Con un movimiento brusco me desprendo de las piernas y sacudiendo la cabeza hago volar mis facciones (ojos, boca, nariz) por todos los rincones de la habitación. Y continúo, hasta que no queda entre las sábanas más que mi sexo, que de todas maneras nunca duerme.

Ana María Shua

Simultáneo

millas23 Mi hijo pequeño me da un grito desde su habitación:
-Papá, ¿qué significa simultáneo?
-Que sucede al mismo tiempo que otra cosa, hijo.
El silencio se hace de nuevo en la casa, y aunque intento continuar con lo que tenía entre manos, advierto que he quedado atrapado en la pregunta, o quizá en la respuesta. Todo el rato están sucediendo cosas simultáneas. Mientras yo escribo estas líneas, un perro ladra en la casa de al lado y alguien llora en la de más allá. Lo difícil es encontrar el hilo conductor de esos acontecimientos.
-Mientras tú tiras el pan -me dijo un día mi padre-, un niño se muere de hambre en África, o en la India.
En este caso, el problema no era encontrar el hilo conductor, sino desencontrarlo más bien. ¿Qué culpa tenía yo de que mis pérdidas de apetito coincidieran con aquellas defunciones masivas en el Tercer Mundo? La sincronía, en otras palabras, no implicaba causalidad, pero esa asociación quedó establecida en mi cabeza, a modo de un circuito eléctrico, y ya no podía tirar un trozo de queso sin matar a alguien al mismo tiempo. «Me acabo de cargar a un indio», pensaba tristemente mientras me deshacía del bocadillo de mortadela. Cometí entonces muchos crímenes a los que debo remordimientos incontables. Tendría que explicarle a mi hijo que dos hechos simultáneos no tenían por qué depender uno de otro, para que no sufriera. Así que a la hora de la cena le dije:
-Que dos cosas sucedan a la vez no quiere decir que estén relacionadas, hijo.
-¿Entonces por qué suceden a la vez?
Supe que cualquier respuesta que le diera sólo serviría para aumentar su confusión y la mía, sobre todo la mía, de forma que cambié de tema y, simultáneamente, me atraganté. El niño me lanzó una mirada irónica y yo decidí que mi padre llevaba razón, aunque ello supusiera cargar con la responsabilidad de todas aquellas muertes africanas.
No tenemos remedio.

Juan José Millás

Los caramelos

Javier Puche3 En mitad de la mesa, hacinados en un cóncavo recipiente, duermen los caramelos. Su sueño es dulce y sin ronquidos. La mano que elegirá a uno de ellos todavía está lejos, ni siquiera ha entrado en la habitación, ni siquiera ha pulsado el timbre de la casa. Cuando esto suceda, cuando la mano salga al fin del bolsillo, pulse el timbre, entre en la habitación y se aproxime a la mesa, los caramelos se desprenderán de su dulce sueño agitándose levemente, y cada uno de ellos rezará esperanzado a su dios particular (de color rojo, de color verde, de color naranja) para ser el elegido y disolverse para siempre en el cielo de una boca.

Javier Puche

Sobre la verde y húmeda yerba.

Lazaro Gomez Carriles Hojeando un poemario en una espléndida tarde de verano, el poeta se deleitaba despreocupado sobre la yerba. Se había arremangado los pantalones, y refrescaba sus pies desnudos en las serenas aguas del río. Como una tormenta que se desata de imprevisto, un gomioso caimán –  respondiendo a un instinto natural – lo agarró por una pierna y desapareció entre las turbulentas aguas. Allí quedó el libro de poemas sobre la verde y húmeda yerba.

Lázaro Gómez Carriles