Siempre hay una disculpa para salir a beber

bar2 Me compré una barra de bar porque quería dejar de salir a beber por ahí. Nada más montarla, me puse a un lado de la barra y pedí una cerveza. Fui al otro lado y pregunté: «Con alcohol o sin alcohol?» Me cambié otra vez de sitio y contesté: «Con alcohol, imbécil!» «Imbécil será usted!», me respondí. «A mí nadie me trata así», contesté, «me voy a otro bar». Al salir di un portazo. Allí quedó el otro con su mierda de negocio.

Jesús Alonso

El desencuentro original

gloria fdez rojas Adán iba tras ella con cierta sensación de inquietud o carcoma, con sabor a tropelía o avispero. Eva canturreaba tranquila por las colinas o piel del mundo. De pronto se detuvo, puso sus rodillas sobre el musgo o humedad y le pidió que se acercara. Él obedeció sin entusiasmo.
– Adán, a esto podríamos llamarlo hierba porque es verde y alargado.
– O Lagartija –replicó él.
– Y a esto mosca. Es algo tan negro y cargante…
– ¿Mosca? Eva, ¡ya había puesto yo nombre a todas las cosas del mundo!
– Definitivamente, mosca. ¿No ves qué ojos?
Y así toda la tarde. El sol ya empezaba a escamotearse detrás de los montes o confín cuando se lo confesó:
– Eva, estoy cansado o huérfano.
– Pues hijo, yo soy completamente feliz.
Adán la observó algo perplejo. ¿Feliz? ¿Cómo que feliz? ¿No era Eva carne de su carne? ¿Acaso no había cedido hasta una de sus costillas o parte de su mismidad para conseguir una ayuda que se le asemejara?
Apartó la vista de aquel rostro embelesado y se quedó pensando si aquello que bullía en su corazón era arrobamiento o encono.

Gloria Fernández Rozas

La mujer

anamaria-shua Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás en su sueño podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya.

Ana María Shua

La despedida

joaquin leguina2 La carta tardó en llegar, pero las dudas quedaron disipadas. El texto no era largo, sino mínimo:
Querido Manuel: no me escribas más”.  Firmaba con su nombre”María”.
La noche fue tenaz y aciaga. El sueño tardío, inquieto y débil. Se levantó, pero no fue capaz de cabrearse. Luego hizo suyos los versos leídos horas antes:
“Hoy he amanecido
como siempre, pero
con un cuchillo
en el pecho”
Se apretó la corbata, el corazón. Sorbió un café desvanecido y turbio. Dispuso sus proyectos para hoy, sus sueños para ayer y sus deseos para nunca jamás, pero no redacto respuesta por escrito. Tampoco iba a encontrar una cabal que le hiciera olvidar su primer desengaño. Nada que le sacara de allí aquel cuchillo o borrara la cicatriz de escualo en su recién estrenado corazón de hombre.

Joaquín Leguina

Palabras

palabras He salido a la calle y, asomado tras una esquina, la palabra “deseo” me ha hecho señas para que la siguiera. La he obedecido. A medida que avanzábamos entre el gentío, la he visto penetrar y apoderarse sucesivamente del cuerpo de varias mujeres. ella entraba en cada uno de esos cuerpos y, al hacerlo, la piel de esas criaturas adquiría repentinamente una cualidad especial, entre luminosa y carnal. Durante el paseo, he deseado a toda clase de mujeres, algunas de las cuales eran notablemente feas y viejas. Luego, me he detenido en un escaparate y de repente he sentido que un cuerpo extraño me penetraba y que mi piel adquiría un tono especial, entre carnal y luminoso. Me he vuelto y he visto a una hermosa mujer mirándome con concupiscencia. Ella he echado a andar hacia mí, y yo la he aguardado jubiloso. Entonces, un joven hermoso y atlético se ha interpuesto entre nosotros y yo me he desinflado a la vez que he visto refulgir la piel del muchacho. La mujer se ha detenido junto a él, le ha susurrado algo en el oído y los dos juntos han partido envueltos en un aura de lujuria. Después, he buscado en torno, pero todas las palabras que he visto eran banales y ruidosas.

Juan Ignacio Iglesias