952 – Jasón

 Odiseo fue el primero en contarlo, pero la verdad es que, antes de conocer a Odiseo, ya Circe había avisado a Jasón que tuviese cuidado al pasar por la isla de las sirenas: con sus cantos lo harían arrojarse al mar, a menos -le dijo- que se tapara con cera los oídos u ordenase a los argonautas que lo ataran al mástil. Jasón no quiso cuidarse. Las sirenas, al verlo tan jactancioso, no le cantaron, y así, cruelmente, lo dejaron sin nada que decir.

Enrique Anderson Imbert
El límite de la palabra. Ed. de Laura Pollastri. Editorial Menoscuarto 2007

921 – Mendigos

 

 Algunos mendigos son monótonos en sus peticiones callejeras. Todos los carteles que escriben dicen lo mismo v los transeúntes terminan por aburrirse y pasan indiferentes. Tengo una idea. No expondrían problemas personales, ni situaciones angustiosas. Un cartel, renovado cada día, indicando el título del espacio más interesante que la televisión emitirá por la noche, así como su hora de proyección y el canal. Sería algo útil, provechoso v llamaría la atención. Un cartel que diga, más o menos: «Hermano, estoy sin trabajo y sin televisor. Esta noche no podré ver la película tal y tal, protagonizada por fulano y zutano… y usted sí. Ayúdeme, por favor». ¿Les conmoverá?
Temo que aprieten el paso para llegar a tiempo y no perderse el comienzo del film anunciado.

Alonso Ibarrola

920 – Revelación

 Por casualidad ella entra en la cafetería Riofrío y ve a su amante en una mesa del fondo, charlando con unos amigos. Lo conoce desde hace dos meses y está muy ilusionada, pues intuye que por fin ha encontrado al hombre de su vida, alguien que la entiende y la respeta, que colma sus anhelos más íntimos, dentro y fuera del lecho. Pide un cortado en la barra. Saca del bolso el teléfono móvil y, con la piel sublevada, viéndolo sin que él la vea, lo llama para darle una sorpresa y, por qué no, proponer una cita rápida en el cercano hotel NH. En la cafetería empieza a sonar una insulsa melodía electrónica. Él mira la pantalla del teléfono, pero en vez de contestar se la muestra a sus amigos y, con un gesto burlón, corta la llamada. Ella, desconcertada, llama de nuevo. Vuelve a llenar el aire el soniquete machacón y sin matices. Él corta otra vez la llamada. A continuación teclea un mensaje y, antes de enviarlo, lo hace circular por la mesa para que todos lo lean. Ella lo recibe unos segundos más tarde: “Estoy reunido, amor. Luego te llamo”. En la mesa no paran de reírse. Llega el cortado. Presa de un temblor repentino, ella deja unas monedas sobre la barra y se va sin probarlo.

Rubén Abella
Velas al viento. Los microrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía, 2010

919 – Detrás de los muros

 Los viernes en la noche suelo verla.
El restaurante barroco acostumbrado, que elige ella… Única, resplandeciente, seductora.
Un leve temblor me asalta siempre. Se esfuman mis años cuando la miro. Estas emociones a mi edad, pienso…
Persigo cada movimiento suyo.
Ella intuye mi presencia. Se aproxima a la mesa reservada, se sienta.
Su sonrisa me pertenece, aseguro.
Finalizada la cena, en el tocador arregla su pelo, colorea sus labios.
Escondido detrás de los muros, contengo esta pasión adolescente, mientras su marido paga la cuenta, la toma del brazo, roba la sonrisa y se la lleva a su casa.

María Fabiana Calderari
Velas al viento. Los microrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía, 2010

918 – Tormento de un marido engañado

 Palacio real de Tebas. Medianoche. Alcmena, desvelada, mira el cielo raso del dormitorio. Su marido, Anfitrión, anda lejos, guerreando con el enemigo de turno. Lenta, silenciosa, la puerta se abre y aparece Anfitrión. Bien, no es Anfitrión, es Júpiter que ha tomado la figura de Anfitrión. En ayunas de la superchería, Alcmena se levanta, corre a abrazarlo.
-¡Has vuelto! Señal de que terminó la guerra.
-La guerra no terminó -dice él mientras se despoja del uniforme-. Me tomé unas horas de licencia para estar contigo. Pero al amanecer debo irme.
-¡Qué gentil eres! –gorjea Alcmena. -Basta de conversación. Vayamos a la cama.
Júpiter es un dios, el más libertino de todos y el más sabio en cuestiones amatorias. Cuando a la madrugada se despide, Alcmena no lo saluda porque todavía boga, sonámbula, por el río de la voluptuosidad. Se comprende que el verdadero Anfitrión, a su regreso, sufra: por más que se empeñe en complacer a Alcmena, ella tendrá el rostro siempre crispado en un rictus de nostalgia y de melancolía.
Cualquier otra mujer, en su lugar, se habría mostrado exigente y después desdeñosa, y recordando los esplendores de la noche jupiterina le habría gritado finalmente a Anfitrión: «Ya veo. Se te agotó pronto el vigor».
Pero Alcmena es una criatura delicada y honesta que hasta el fin de sus días atormentará a Anfitrión con aquel triste semblante de esposa defraudada.

Marco Denevi

917 – Caperucita ‘reloaded’

  Mientras los gritos del leñador rasgaban el silencio del bosque, Caperucita escuchó la caricia de sus palabras como una canción de cuna: «No te preocupes, mi niña; que yo no dejaré que te coma». Caperucita se abrazó a su cuerpo caliente como si fuera un enorme peluche y con todas sus fuerzas deseó que todo tuviera un final feliz. De pronto la puerta de la cabaña reventó en mil pedazos y entró aullando como una bestia, con el camisón todo ensangrentado.
-¡Escóndete en el armario, Caperucita!
Desde su escondite Caperucita oyó los gruñidos, las dentelladas y los crujidos de los huesos cuando se rompen. ¡Pobre, Caperucita! Primero mamá, después el leñador, ahora el lobo… ¡Mierda de abuela!

Fernando Iwasaki
Ajuar funerario.Ed Páginas de espuma. 2009

 

 

914 – Sexo gratis

 Persona seria, responsable, de buen ver y educada, busca persona con similares virtudes y muy buen sentido del humor.
Una vez pagada la hipoteca, la letra del coche, la factura del móvil, la de la luz, la del agua, el Plus y la tarjeta de crédito, la pensión y al dentista, lo único que me queda por ofrecer es sexo gratis.
Amor no, porque se lo llevó mi ex.

Alejandra Díaz-Ortiz