2.748 – L’école du regard

luisa-valenzuela22  El ojo de la cerradura controla mis entradas y salidas. El ojo electrónico registra mis más mínimos gestos. El ojo de buey vigila mis navegaciones. El ojo de la aguja, al hilvanarlos, espía mis pensamientos. El ojo del amo me engorda. El ojo de bife escudriña mis vísceras. El ojo clínico calibra mis falencias. El ojo de la papa me abraza en sus tentáculos. El ojo del huracán me acecha. A ojímetro son medidos mis pasos y determinada la distancia que me queda por recorrer.
Furioso y fijo en mí, el ojo de Dios ni parpadea.

Luisa Valenzuela
Juego de villanos. Thule Ediciones S.L. 2008

2.747 – Sobre los celos

marco_denevi  Desdémona se hace la ofendida, llora, patalea, pero no le pregunta a Otelo por qué está celoso. Se me dirá que para permitirle a Shakespeare los cinco actos de una tragedia. No voy a examinar un argumento tan pueril. La razón de la extraña conducta de Desdémona es otra. Se siente halagada por los celos de su marido y de algún modo se los estimula. Sabiéndose inocente, está segura de que no le ocurrirá nada malo. Toda mujer, aún la más fiel, aspira a excitar los celos del hombre que la ama: esa es, la señal de su propio valor. El hombre, pues, debe mostrarse discretamente celoso, pero sin caer en la trampa en la que cayó Otelo.

Marco Denevi
Falsificaciones. Thule ediciones S.L. 2006

2.746 – El insuperable arte de Ma Liang

ana maria shua  Ma Liang fue un legendario pintor chino cuya imitación del mundo era tan perfecta que podía transformarse en realidad con la pincelada final. Un Emperador le exigió que pintara el océano y en él se ahogó con toda su corte.
Para superar el arte de Ma Liang, occidente inventó la fotografía y después el cine, donde sobreviven los muertos repitiendo una y otra vez los mismos actos, como en cualquier otro infierno.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

2.745 – Hipótesis de Borel

manuel Moyano2  Después de incontables generaciones de monos golpeando teclas al azar durante miles de años, uno de ellos consigue por fin escribir El rey Lear. Hace tanto tiempo, sin embargo, que el idioma inglés fue completamente olvidado, que los sucesores del experimento no encuentran lógica alguna en aquel mazo de papeles y lo arrojan sin vacilar a la trituradora.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

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2.741 – Drácula y los niños

millas23  Estaba firmando ejemplares de mi última novela en unos grandes almacenes, cuando llegó una señora con un niño en la mano derecha y mi libro en la izquierda. Me pidió que se lo dedicara mientras el niño lloraba a voz en grito.
-¿Qué le pasa? -pregunté.
-Nada, que quería que le comprara un libro de Drácula y le he dicho que es pequeño para leer esas cosas.
El niño cesó de llorar unos segundos para gritar al universo que no era pequeño y que le gustaba Drácula. Tendría seis o siete años, calculo yo, y al abrir la boca dejaba ver unos colmillos inquietantes, aunque todavía eran los de leche. Yo estaba un poco confuso. Pensé que a un niño que defendía su derecho a leer con tal ímpetu no se le podía negar un libro, aunque fuera de Drácula. De modo que insinué tímidamente a la madre que se lo comprara. -Su hijo tiene una vocación lectora impresionante. Conviene cultivarla.
-Mi hijo lo que tiene es un ramalazo psicópata que, como no se lo quitemos a tiempo, puede ser un desastre. Me irritó que confundiera a Drácula con un psicópata y me dije que hasta ahí habíamos llegado.
-Pues si usted no le compra el libro de Drácula al niño, yo no le firmo mi novela -afirmé.
-¿Cómo que no me firma su novela? Ahora mismo voy a buscar al encargado.
Al poco volvió la señora con el encargado, que me rogó que firmara el libro, pues para eso estaba allí, para firmar libros, dijo. El niño había dejado de llorar y nos miraba a su madre y a mí sin saber por quién tomar partido. La gente, al oler la sangre, se había arremolinado junto a la mesa. No quería escándalos, de modo que cogí la novela y puse: «A la idiota de Asunción (así se llamaba), con el afecto de Drácula.» La mujer leyó la dedicatoria, arrancó la página, la tiró al suelo y se fue. Cuando salían, el pequeño volvió la cabeza y me guiñó un ojo de un modo extremadamente raro. Llevo varios días soñando con él. Quizá llevaba razón su madre.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

2.739 – Grandes almacenes

alonso-Ibarrola2  La sorprendieron robando unos pañuelos. Un inspector de los grandes almacenes le condujo a una discreta sala para interrogarla. La mujer, de modesta apariencia, lloraba y aseguraba que no había podido evitarlo, que «un impulso desconocido» le había empujado a ejecutar aquel bochornoso acto. El inspector, escéptico, le advirtió que por ser la primera vez no llamaría a la policía. Pero le pidió su dirección y requirió la presencia de su marido. Al cabo de una hora llegó éste, escuchó el relato del detective y propinó una sonora bofetada a su mujer, que no había cesado en sus sollozos. Se despidieron del inspector y se perdieron entre la muchedumbre de clientes, camino de las puertas de salida. El marido, nervioso, no advirtió que su mujer, distraídamente, cogía un par de medias de un mostrador introduciéndolas en su bolso subrepticiamente.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/