2.810 – La noticia

leon_de_aranoa  No podían matarle. Evitaba las emboscadas, devolvía la sangre con más sangre. Por cada uno de sus hombres que caía mataba a doce funcionarios públicos, y a cada detención le seguían más secuestros. Las canciones popularizaron su crueldad, los seriales daban su nombre a los malos.
Después de años sin poder terminar con el enemigo público número uno, los asesores del presidente se reunieron, buscaron soluciones.
Al día siguiente, todos los medios publicaron la noticia de su muerte en una emboscada. Las televisiones la airearon, se corrió por los mercados, por las plazas, por los parques.
Si la gente le creía muerto, calcularon, moriría.
Cuando reapareció, hasta las fuerzas policiales corrieron, espantadas. Ahora es peor, gritaban. Ha resucitado.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

2.809 – El caracol

millas23  El campo tiene sus incomodidades, pero constituye una curiosa fuente de información existencial. Hace una semana apareció en el cuarto de baño un caracol. Durante un par de días permaneció quieto, pegado a la pared externa del bidé, como meditando sobre la vida. Después de eso comenzó a desplazarse en busca de la misma abertura por la que se había colado en esa dimensión tan hostil, o extraña. Cada día, al levantarme, observaba su posición y el pobre, en lugar de acercarse a la ventana, se alejaba cada vez más de ella trepando por un alicatado que tenía que resultar del todo incomprensible para su falso pie (o pseudópodo, como nos gustaba decir en la clase de ciencias naturales). Finalmente, en un arranque de piedad le ayudé a llegar fuera.
¿Qué habrá pensado el animal -me pregunté- de esta rara experiencia? Un día acudí a una fiesta absurda a la que había sido invitado por error y cuando intenté huir me interné sin darme cuenta en la zona privada de la vivienda y tuve que mantener una conversación incomprensible con unos marcianos a quienes sólo me unía el gusto por el whisky de centeno. Habría dado cualquier cosa por que una mano caritativa me hubiera tomado entre sus dedos, como yo al caracol, arrojándome por la ventana, para devolverme de golpe a la dimensión que me era propia. No tuve esa suerte y hube de deambular por toda la casa hasta las tres de la mañana, un poco borracho, si he de decirlo todo, hasta que logré dar con la puerta de salida y encontré un paisaje reconocible. A muchos les podrá parecer todo esto una exageración, porque se me ha olvidado señalar que la vivienda pertenecía a un arquitecto y, en consecuencia, ni las ventanas ni las puertas ni la cadena del retrete se encontraban donde uno supone que han de hallarse estos artefactos de uso común.
Personalmente, nada me unía a los caracoles, hasta este momento, pero desde ahora siento por ellos un afecto especial, no ya por la tranquilidad con la que afrontan las situaciones más difíciles que quepa imaginar, sino por su tendencia a extraviarse, con la que tanto me identifico. Si encuentran un caracol en su bañera, trátenlo bien, que a lo mejor soy yo. Gracias.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

2.808 – Accidente

alonso-Ibarrola32  La gente se arremolinaba en el andén del «metro» esperando la llegada del próximo convoy. De repente, una señora que se encontraba junto al borde del andén hizo un movimiento extraño, como si se sintiera mareada. Se balanceó y cayó a las vías, sin que las personas que se encontraban a su vera pudieran impedirlo. Los gritos de horror fueron apagados por la llegada del convoy que no pudo detenerse a tiempo, ante el cuerpo de la infortunada mujer. Un chirriar y un crujir de huesos, unos ayes desgarradores… y nada más. Algunos viajeros chillaban, otros callaban y varias mujeres se desmayaron. Un viajero, molesto y colérico, se acercó al jefe de estación y preguntó: «Y ahora ¿cuánto tiempo nos tendrán aquí?».

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

2.806 – Bocetos

antonio fernandez molina  Un hombre parecía tener las mangas de la chaqueta pegadas a los brazos, arrastraba los pantalones y los pies. A una mujer le salía la cabellera en el rostro y tenía los brazos en alto. Unos niños parecían salir de la tierra y que les brotaban hojas.
-¿Qué es esto? -pregunté al hombre que parecía estar a su cuidado.
-Bocetos -me dijo-. Algunos llegan a lograrse.

Antonio Fernández Molina
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005

2.805 – El nombre de las cosas*

manuel espada  Para ahorrar gastos, el Gobierno despidió al funcionario que se inventaba las palabras. Cuando era niño y mi padre me leía por la noche, yo me preguntaba por qué un «cuento» se llamaba así, «cuento», de esa forma tan sosa, y no, por ejemplo, «voltereta», que es una palabra mucho más bella y dinámica. En cambio, ¿por qué a «mentira», que suena tan bien pero tiene un significado feo, no podían haberle puesto un vocablo gris y deslucido, como «hormigón»? ¿Por qué a un «árbol» lo llamamos «árbol», y no «vaso», o a una «computadora» no le decimos «croqueta», o a la «ficción» (un sustantivo muy aséptico en comparación con los buenos momentos que nos ha dado) no la bautizaron «libélula», un término mucho más estético? Desde que echaron al funcionario, nadie supo cómo llamar a las nuevas cosas. En mi edificio llamábamos telmad al objeto que sirve para dibujar tracllos, en cambio, en el colegio de mis hijos lo llamaban jelmior, en el barrio de mis tíos lo denominaban higoptro, y en el de mis padres, olco. En unos meses, y ante la falta de consenso, cada persona tenía un nombre para cada concepto, para cada objeto. El país se convirtió en un galimatías, y los del Ministerio se vieron obligados a convocar otra plaza de funcionario. Me hice con el temario y me presenté a las oposiciones. Saqué el número uno y me dieron el trabajo. Lo primero que hice fue poner nombre a las cosas que aún no lo tenían. Luego dediqué mi tiempo a cambiar nombres, a rebautizar las cosas de una manera justa, de tal manera que todo lo que sale en esta voltereta es hormigón. Pura libélula.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015.

*A Javier Gómez

2.804 – Desplante

Ruben-Abella-copia  Landelino Ortega vio acercarse a Pepe Villa en pleno chaparrón, un minuto antes de que dieran las ocho. Con mucha calma, rodeó el mostrador de la mercería y fue a esperarlo a la puerta. Cuando lo tuvo enfrente, al otro lado del cristal, echó el tranco de golpe y se señaló el reloj con el dedo.
Pepe Villa se quitó el pelo empapado de la frente y, con ojos suplicantes, abrió en el aire un paraguas invisible. Landelino Ortega negó varias veces con la cabeza y observó con impavidez cómo su vecino se alejaba chorreando lluvia, encogido por el peso del aguacero.
Luego volvió al mostrador e hizo caja.
Se fue a casa preocupado. Si las ventas no mejoraban, iba a tener que cerrar el negocio.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

2.803 – Noches de Reyes

papa-noel-anti-reyes-magos  Ya había cumplido once, pero se negaba a aceptar la realidad. No existen los Reyes. ¡Cómo que no! Yo he visto que se han bebido el agua y se han comido los mazapanes. El agua me la bebo yo, le decía Gerardo. Y yo los mazapanes, explicaba Carmen. La niña se resistía. Prefería seguir sin saberlo. Juraba que había oído las pisadas de los camellos. Nosotros somos los Reyes. No puede ser. ¿Y por qué no puede ser? Pues… porque… ¿entonces quién es el tercero? ¡Falta un Rey! De pronto, la niña se rindió y dijo desilusionada: Es verdad. El tercero es el tío Julio, ¿a que sí? Por eso viene cuando no está papá, ¿verdad? ¡Basta de tonterías! Los Reyes somos papá y mamá. Ahora vete a tu cuarto. Gerardo no miró a Carmen, que se había puesto muy roja. él también prefería no saber. ¿Para qué perder la ilusión? Julio era el hermano pequeño de Gerardo, el tercer Rey Mago.

Rafael Reig

2.802 – Los premios

Rogelio Guedea  Hace poco me notificaron que gané un premio literario. La voz de la chica que me lo dijo me dio la sensación de que estaba contenta de haber sido ella la encargada de darme la noticia. Por eso, inmediatamente después escribí a mis amigos para compartirles la alegría casi con la misma voz y el mismo placer con el que la chica me dio la enhorabuena. Los amigos todos me respondieron con congratulaciones y fanfarrias, abrazos y apretones de manos, como es el caso. Incluso, yo quedé satisfecho con sus muestras de afecto, aunque prometí que en adelante sólo me limitaría a llamarlos para compartirles mis desgracias, única forma en que puede uno prodigarle al prójimo la verdadera felicidad.

Rogelio Guedea
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005

2.801 – Yo no lo sé…

max_aub  Yo no lo sé. Allá ustedes. Quizá sean de una pasta distinta, pero yo soy así. ¡Qué le vamos a hacer! Asumo toda la responsabilidad. Lo único cierto es que aquel día yo estrenaba zapatos. Si fuésemos a analizar las cosas el verdadero responsable es el zapatero. Yo soy un hombre, nada menos que todo un hombre, como dijo el señor Hoyos. No lo aguanté. Esto está claro. Hay dolores que no se resisten. A mí me operaron una vez sin anestesia: porque me dio la gana. Ésa es otra historia que no tiene nada que ver con esto. La verdad es que yo no podía más. Esos dolores insidiosos, que ni siquiera son dolores; hipócritas. Y tomé el tranvía. La cosa empezó en seguida: me pisó. Sí, me pisó. Me pidió perdón, muy atentamente. Me aguanté y no pasó nada. Desde luego un desconocido que le pisa a uno es siempre un ser antipático. Un momento después -creo que fue en la parada siguiente, a la entrada de la calle Mayor- nos empujaron y aquel hombre me pisó por segunda vez. Esta vez no me pidió perdón. Pero no lo pude resistir. Lo zarandeé. Entonces me pisó por tercera vez. Lo demás lo saben ustedes. Tampoco tengo la culpa de ser representante de la mejor fábrica americana de navajas de rasurar, dejando aparte que soy muy hombre.

Max Aub
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005