Cuenta la leyenda que en la tierra existía un hombre que amaba obsesivamente las palabras. Las pensaba, las decía, las olía en esporas de polvo. De noche tras horas de desvelo las leía en sombras, traduciéndolas luego al papel. Eran su alimento. Como todo enamorado, sospechaba en momentos el desaire de su amante y sufría en continuos insomnios. Ante tal incertidumbre, la musa decidió darle muestra de su recíproca fidelidad.
Y fue así que durante el danzar efímero del fuego de una vela, el mortal, que buscaba en la profundidad del espejo, vio el lento transmutar de su semblante, alargándose la nariz hasta formar una detallada Jota, los rizos de su cabeza se cubrieron de Eses y Zetas, su tronco adelgazó en una enorme Te; brazos y piernas fueron reemplazadas por Pes y Bes, una U cubrió sus labios, y a sus ojos As redondas que desprendían suavemente alegres gotas saladas desde su palito.
Desde entonces los hombres amanecen con residuos en los lagrimales, y al no saber por qué, atribuyen falsamente el hecho a meros procesos químicos.
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3.300 – Amorgasmo a mano
Mientras cabalgo sobre mi esposo, escarbo en las filigranas del cabecero y busco tras los pliegues de las cortinas. «Oh sí, mi amor sí», hurgo en los cajones, indago en el joyero, miro bajo las alfombras. «Oh sí, mi amor sí», sigo buscando, me estiro, alcanzo la puerta, me rompo, me desintegro, mi mano sale disparada del dormitorio, corre a gatas por el pasillo, entra en la cocina, abre la nevera y entonces sí, «oh sí, mi amor sí», acaricia quién sabe qué, lichis de Madagascar, frutas exóticas, mermelada de maracuyá. «¡Ah!»
Isabel González
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.293 – Castillos de arena
No le gustaba la torre, qué se le iba a hacer. Con su pala de plástico azul derruyó el ala oeste de tres furiosas acometidas. Así estaba mejor, en ruinas. Lástima que no recordara a tiempo que su madre, su reina madre, aún estaba en la alcoba.
Escarbó un poco entre los restos de sangre, arena mojada y agua de mar hasta que encontró lo que quería. Al menos he salvado la corona, pensó. Ahora tendría que buscarse otra madre de cabeza perfecta a la que le sentara bien… aunque estuviera algo abollada. Qué vida esta.
Rocío Romero
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.286 – Oficina de objetos perdidos
Fue uno de los trabajadores del Metro quien lo encontró. Muy temprano, al abrir la verja que lleva a los andenes. Notó un movimiento impreciso, como una sombra, y pensó que sería un perro o un mendigo que se hubiera quedado encerrado adentro la noche anterior. Le persiguió escaleras abajo y pudo ver un cuerpo sin pigmento, escurridizo y leve que se deslizaba entre el suelo y las paredes de la estación solitaria. Cuando parecía que iba a perderlo en el interior del túnel, algo en el suelo, de naturaleza adhesiva o rugosa, detuvo al insólito ser. Frenó bruscamente y toda su materia rebotó con temblores de gelatina. Se enroscó sobre sí mismo protegiéndose de todo lo que fuera sólido, luminoso o estridente, y dejó escapar un gemido que parecía proceder de otro mundo.
Lleva ya dos días en la oficina de objetos perdidos del Metro. A su lado un paraguas, un reloj, un móvil y un sombrero mejicano. Mueve sus extremidades nervudas tras el cristal. Sus ojos traslúcidos y tersos aún brillan con la esperanza de que alguna de las muchas criaturas pálidas como larvas que pueblan por las noches la Barcelona subterránea le perdone la terrible imprudencia de haberse demorado hasta la madrugada, y acuda urgentemente a rescatarlo.
Paz Monserrat Revillo
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012
3.279 – La balada de Herbert y Margaret
Margaret lanzó una altiva y definitiva mirada a Herbert. Herbert luchó inútilmente contra ese sentimiento de vergüenza que le estaba acorralando y le hacía sentir que se hundía en el asfalto. Luego se dio cuenta de que había metido los pies en unas arenas movedizas que pasaban por allí.
–No quiero volver a verte –dijo Margaret–. Al menos espero que te cambies ese ridículo peinado.
Las palabras retumbaron en los oídos de Herbert como bombas atómicas, muy atómicas. No comprendía tanta crueldad. ¿Acaso Margaret ya no lo quería? ¿Acaso ya no le gustaba su peinado, del que siempre decía que sobresalía sobre las cosas hermosas del mundo? Está bien, quizás nunca había dicho eso, o no con esas palabras, pero… ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué el mundo se venía abajo de esta manera tan terrible? No había palabras. Herbert colocó en Margaret una suplicante mirada llena de lágrimas, tan patética como inútil, balbuceó algo sin sentido, y se alejó tristemente, mirando al suelo, dando patadas a las piedras y a algún que otro niño.
–Está bien –pensó Herbert con todo el dolor de sus entrañas–. Ahora me iré a casa y escribiré cosas en mi diario. Cosas muy malas sobre ella.
Como Herbert no tenía diario, tuvo que empezar uno. Se sentó y comenzó a poner en práctica su plan de venganza, pero esto no calmó su sensación de desamparo. Por el contrario, sólo consiguió que apareciese un absurdo sentimiento de culpa. Reprimió sus deseos de golpear la cabeza contra la pared, pero terminó lanzando el recién estrenado diario por la ventana. ¿Qué podía hacer ahora? Bajar a recuperar el diario, eso desde luego, pero ¿es que iba a pasar el resto de su vida pensando en Margaret, encarcelado en un torbellino de lamentos y soledad, compadeciéndose de sí mismo miserablemente? Sí, bueno, no era mala idea, pero tal vez hubiera otras soluciones… Rápidamente se abalanzó sobre el teléfono y comenzó a marcar. Colgó cuando se dio cuenta de que había pulsado cincuenta números y no estaba logrando nada. El desasosiego se apoderaba de Herbert como un depredador de una presa fácil e indefensa. Las paredes de su cuarto lo cercaban y el pasillo de su apartamento se volvía laberíntico por momentos. Por fin, en un rapto de decisión surgido de algún bolsillo de su camisa, salió de su casa. En su atormentado espíritu había nacido una chispa de determinación que le hizo precipitarse a la calle, poniéndose su anorak en pleno verano, avanzar sin titubeos en busca de su destino, recomponer su orgullito quebrado, y sin volver la vista atrás, tomar las riendas de su agitada existencia.
Dieron las seis en punto cuando Herbert abrió la puerta de la peluquería.
Carlos Varela
3.272 – El hombre doble
Yo lo había conocido al piano, una tarde grata, de cerca, en la penumbra gris y dulce del crepúsculo de primavera, en su salón. Me había parecido dulce, bueno, sencillo, vibrante el corazón de la música de su piano, entre sus hijos, su mujer y sus flores.
Luego, el otro día, en su despacho, de lejos, entrando yo por la puerta distante del banco grande, me pareció que lo había equivocado con otro. Estaba más enjuto, más oscuro, recortado, sequiduro entre ropas y hules, y unos ojillos de pimienta, que en nada se parecían a los azules del día antes, me miraban, acercándose, como con desagrado.
Llegando a un punto de la estancia, como en esos cambios de los árboles cuando nos acercamos a ellos, como si hubiera un escamoteo teatral, el hombre de hoy, el del escritorio, se transformaba otra vez, en el hombre de ayer, el del piano, y la sonrisa grande y blanda sucedía al mirar pequeño, duro y desagradable.
Debió notar mi confusión, y le dije lo que era: «Al pronto no lo había conocido a usted. Me parecía usted otro».
Juan Ramón Jimenez
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012
3.265 – El perro
Cuando veo a esta llama de atención que es el perro; cuando le veo seguirme con los ojos, saludarme con los brazuelos, espiar, ladrar en mi defensa, mover el rabo alegre a mi llegada, echarse a mis pies hecho un ovillo, todo sumisión, surge al instante en mi memoria la imagen del hombre que, por su voluntad, convertiría en perros a todos los seres que le rodean, a la mujer, al hijo, al inferior jerárquico. Y entonces me voy al perro y le digo con toda la efusión de que soy capaz:
«Mira, perro, yo no te voy a pegar nunca, ni te voy a suprimir la comida, ni a echar de la casa, ni a disminuir mi benevolencia para contigo. No me temas; no seré nunca el superior. Pórtate como te portarías en mi ausencia. No quiero esclavos ni aduladores».
Y el perro me tuvo por idiota.
José Moreno Villa
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012
3.258 – Marcianos pacíficos
Estaba en la cocina, preparando unas verduras para la cena, cuando se me apareció un tipo raro. Le pregunté si venía del espacio exterior, pues soy de los que creen en los extraterrestres, y me dijo que no, que venía del cuarto de estar.
—¿Entonces hay vida en el cuarto de estar? —pregunté asombrado.
—Sí —dijo, invitándome a que le acompañara.
(Como inciso, he de añadir que no entraba en el cuarto de estar desde que murió mamá porque da al norte y es muy frío. Hago la vida entre el dormitorio, donde duermo, lógicamente, y la cocina, donde como, veo la tele y leo el periódico. Entre la cocina y el dormitorio hay un leve trecho de pasillo donde nunca, en todos estos años, había observado nada anormal.)
Le seguí, pues, hasta el fondo del pasillo y entramos en el cuarto de estar, donde descubrí, en efecto, una familia compuesta por el padre, la madre y una hija, además del marido de ésta, que era el marciano que se me había aparecido en la cocina. Daban la impresión de llevar allí años, si no siglos. Les pregunté si habían pensado abducirme y me dijeron que no tenían ningún interés, pues ya conocían mis costumbres y mi idioma, pero que agradecerían que les invitara a una pizza.
—¿Tampoco queréis operarme para ver cómo soy por dentro?
—Pues no, la verdad —respondió el padre de familia.
Al principio me decepcionó un poco que no quisieran abducirme ni operarme, porque me habría gustado contar la aventura en la revista del más allá a la que estoy suscrito, pero después me pareció una ventaja, pues la anestesia tiene muchos efectos secundarios. El caso es que me hice un hueco entre ellos y vimos juntos la tele hasta las tantas. Les gustaba Mira quién baila y las pizzas congeladas, de las que tengo un cargamento en la nevera. Llevo varios meses viviendo con ellos, prácticamente sin salir del cuarto de estar y he comenzado a preguntarme si habrá vida en el dormitorio, pero aún no me he atrevido a comprobarlo, pues no todos los marcianos son tan pacíficos como los del cuarto de estar.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
3.251 – Jardinería de interior
Tengo un bonsái en el útero. De momento solo hay que controlar que no crezca. Cierro los ojos un instante, pero la boca queda abierta y debo de haber tragado abono. Al salir de la visita, unos frondosos manglares han echado raíces en las aguas estancadas de mi cabeza, un rosal ha desprendido varios pétalos que se han deslizado mejillas abajo, y una jungla con sus pájaros y sus fieras se extiende ahora mismo por mis tripas. No sé si tengo que regar, podar, eliminar las malas hierbas o seguir abonando. Y no tengo ni un puto libro de jardinería.
Paz Montserrat Revillo
3.244 – Mentirosa
Observa cómo la fila se hace cada vez más corta. Dentro de nada le tocará a ella. Mete el dedo justo donde se está descosiendo el dobladillo del uniforme. El hilo se tensa sobre su dedo y al final cede a la presión.
Esta vez solamente tiene una pelea con su hermano y una desobediencia a su mamá. Tonterías. Necesita urgentemente algo más.
Se da la vuelta y, sin que venga a cuento, le dice a su amiga que le han comprado un perro blanco.Ya le toca. Se acerca algo más tranquila al haber podido añadir una mentira a la raquítica lista de pecados que tiene esta semana.
Se arrodilla ante la celosía de color caoba, suspirando por hacerse mayor para aprender a pecar de verdad y así poder impresionar a ese cura tan guapo que han traído las monjas para que practiquen los rituales de la primera comunión.