3.313 – Primera cita

    Todo es cuestión de mantener la calma. Es sólo una evaluación que no pasa de 10 a 15 preguntas elementales. En el peor de los casos, la solución es contestarlas con algún choro que ni te entienda, al fin de cuentas entre más palabras digas, mayor será la probabilidad de aprobar el examen. Tomo valor y me siento en la banca, preparo mis mejores argumentos. La primera pregunta es fácil. ¿Vienes regularmente aquí?, sí. ¿Te gustan las mascotas?, un poco. ¿Desde cuándo estás soltero? Hago una pausa y pienso en una respuesta adecuada: si considero mi última relación, que duró una semana, diría que desde hace un mes. La evaluadora me mira con inquietud, sospecha mi improvisación. Prefiero los exámenes escritos, al menos así evito mirar el rostro de quién califica, esa expresión de lástima al saber que no estudié y sólo respondo estupideces.
Continúa el cuestionamiento. ¿En qué trabajas?, no trabajo, estudio. Genial. Yo estudio historia, ¿y tú? De nuevo hago una larga pausa para decir que soy preparatoriano. De inmediato noto sus muecas de desagrado, ella se levanta para irse. Creo que reprobé la evaluación.

Adrián Mendieta Moctezuma

3.306 – El incendio

    El incendio se propagó rápidamente por todo el inmueble, uno de los más altos de la ciudad. Acudieron los bomberos, pero sus esfuerzos por dominar las llamas resultaban inútiles. Casi todos los ocupantes del edificio ascendieron a la azotea. A través de los megáfonos se les advirtió que tuvieran paciencia y aguardaran a que la lona estuviera dispuesta, ya que las escaleras de salvamento no alcanzaban semejante altura. Algunos, semiasfixiados por el humo y no pudiendo contener sus nervios, se lanzaron al vacío, estrellándose contra el suelo, ante la horrorizada mirada de millares de transeúntes curiosos, que se arremolinaban en torno al edificio. Finalmente se tendió una lona, sostenida por medio centenar de bomberos. Algunos caían sobre la lona, pero otros no… Un concejal, nostálgico, a propósito de lo que estaba viendo, comentaba a un colega el espectáculo que ofrecen en México unos mestizos que se arrojan al mar, entre las rocas, desde una impresionante altura, ante la curiosidad de los turistas, sin sufrir percance alguno. «Todo es cuestión de entrenamiento», afirmó.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.299 – Parques, qué lugares

    Había tantos niños en el parque que volví a casa con uno que no era elmío. Éste traía a un padre de la mano y un par de palomas pegadas a las migas de la cazadora. Entre baños y prisas cuando me quise dar cuenta ya era tarde, una se encariña enseguida y además este crío dormía mejor que el mío. El padre cocinaba, hacía unos masajes de pies que me quitaban los atisbos incómodos de la conciencia y las dos palomas, instaladas junto a los geranios, cagaban sin cesar a la vecina antipática del tercero. La situación era perfecta, ellos no parecían haber cambiado de madre y daban a la vida un aspecto de continuidad natural y desenvuelta. Tanto, que me pareció extraño, pero cuando quise volver al parque para dejarlos de nuevo en su sitio no hubo forma de darles esquinazo. Ni ese día, ni los siguientes, y así llevamos quince años.

María Fraile
http://mariafraile75.blogspot.com.es/2016/01/parques-que-lugares.html

3.292 – La pequeña muerte

 Aquel día visité el cementerio con mi madre. Mientras yo leía las lápidas, ella observaba los distintos ornamentos. La atmósfera de los cementerios se parece mucho a la de un museo. Es fácil entrar allí acompañada y, de repente, quedar sola; cada visitante es llamado por un interés diferente. Mi madre desapareció por una esquina del pequeño recinto y algo, de pronto, llamó mi atención: Carolina Alegre, mi nombre inscrito en una lápida de reciente implantación. Cerré los ojos y volví a abrirlos: fallecida el 1 de agosto del 2001. Era el día en el que estábamos. Y a continuación una fecha de nacimiento y una foto. Todo certificaba en aquel momento mi defunción. Cuando me quise dar cuenta, mi madre ya salía con la cabeza baja por la puerta, como quien sale de un entierro. Ni siquiera me miró.

Luisa Castro
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

3.285 – Loca venganza

    Tras varios meses de hospitalización recibió el alta. Aunque físicamente estaba bien, psicológicamente la herida seguía abierta. Tardó bastante tiempo en salir a la calle, pero cuando se decidió, el destino hizo que se topara con el salvaje que casi le arrebata la vida por un portátil y calderilla.
Le siguió hasta un callejón. Un adoquín, junto a la rabia acumulada, transformó aquel rostro odiado en una masa deforme y sanguinolenta. De vuelta a casa, saboreando su venganza, se cruzó con un compro-oro y le vio, miró al vendedor ambulante y le vio, observó al taxista y le vio.

Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ediciones de Baile del Sol. 2016

3.278 – Jerseys y cazadoras

    En el armario familiar las cazadoras de mi padre abrazaban los jerseys de mi madre, y los tacones de ella pisaban las botas de él. Al cabo de unos años, lo cambiaron y compraron uno de dos cuerpos, y de paso sustituyeron la cama matrimonial por dos colchones de látex. Ahora cada uno tiene su propia habitación, su propio armario, y sus calcetines se enredan, muy de vez en cuando, en la lavadora.

Beatriz Alonso Aranzábal
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012

3.271 – La vuelta del otro

 ramon g de la serna  Resucitó el otro. Aquel perdido por el abortivo fulminante; aquel que la dejó a ella amarilla como la cera y a él pálido como el asesino y con la boca más sumida que nunca.
Resucitó ahora, cuando ya en el matrimonio era más entretenido tener un hijo, y habían pensado que eso les uniría en la desunión terrible que reinaba entre ellos. Aunque recordaban vagamente aquel niño ya casi con vida que mataron, tan hermoso, con esa alegría en el rostro de los hijos del amor libre, se notaba enseguida que éste tenía las mismas facciones.
Era el otro que volvía. Volvió a vengarse de que le hubiesen matado y por lo pronto lloraba a todas horas.
Tenían miedo. ¿Cómo les miraría cuando les pudiese reconocer?…

Ramón Gómez de la Serna
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012

3.264 – La cueva

iwasaki   Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del Polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.
He oído que mamá ha muerto.

Fernando Iwasaki
Mar de pirañas

3.257 – Mitología de un hecho constante

tomas borras   A la madre la habían confiado los dioses el secreto: «Mientras alimentes la llama de esa hoguera, tu hijo vivirá». Y la madre, infatigable, sostenía el fuego, vigilándole, sin permitir que disminuyese en intensidad ni alturas.
Así pasaron años. La madre, arrodillada ante el lar, veía cómo las ascuas alargaban sus alegres brazos escarlata, garantía de la vitalidad de su hijo. Sin dormirse, hora tras hora, agregaba al montón caliente nuevos troncos, en vela de su hermosa calentura.
Un día, por la puerta abierta que daba a los campos, entró una joven blanca, sonriente y hermosa, de paso seguro y ojos que miraban con gozo y fe al porvenir. Sin hablarla, ayudó a levantarse a la madre, sorprendida, la hizo un ademán de adiós, y se arrodilló ante el lar; a nutrir ella la crepitante llamarada.
La madre no preguntó. Súbitamente comprendía que era su relevo, que estaba obligada a ceder el turno a la desconocida, a la que se encargaba desde entonces de sostener el alimento de la incesante llama para que viviera su hijo.
Y, también en silencio, se salió de la casa y no se fue lejos; sólo donde podía prudentemente contemplar el humo delicado disolviéndose en el delicado azul.

Tomás Borrás
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

3.250 – Mutaciones

jose-emilio-pacheco    En el centro de la ciudad se levanta una estatua que cambia de forma. Por las noches representa a Diana, en el día asume la figura de Apolo. Si viste los atributos de Marte anuncia la guerra —tan claro y obvio es su simbolismo—. Nadie se atreve a contemplarla más de un segundo, pues si ve en ella la imagen de Thánatos sabe que en pocas horas encontrará la muerte.
Quizá la estatua sólo existe en la imaginación de quienes creen verla. Pero hay fotografías de sus innumerables mutaciones. En otros tiempos hubo incluso quienes osaron tocarla y, antes de morir, nos legaron su testimonio. Sea como fuere la estatua plural obsesiona a los habitantes de la ciudad. El rey quiso demolerla. El Concejo de Ancianos vetó la orden ya que, de acuerdo con la leyenda, cuando la estatua sea destruida se va a acabar el mundo.

José Emilio Pacheco
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015