3.228 – La hora de comer

millas23   Cada vez que se cumple algún aniversario de la llegada del hombre a la Luna, me llaman de la radio y me preguntan que qué hacía yo mientras sonaba en todo el mundo la frase histórica del pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad. Y digo lo mismo, claro, porque las cosas son como son y yo siempre he estado más interesado en labrarme un porvenir que en forjarme un pasado. O sea, que me estaba comiendo un bocadillo de calamares fritos en un bar con el suelo lleno de cáscaras de mejillones y cabezas de sardinas. Tenían encendida en un extremo de la barra una televisión grasienta hacia la que mirábamos todos porque nos habían dicho que se trataba de un acontecimiento histórico, aunque lo verdaderamente histórico para nosotros habría sido que el bocadillo fuera de jamón de Jabugo, o, mejor aún, que no hubiera sido un bocadillo, sino un chuletón de Ávila, pongo por caso, con pimientos fritos.
Dirán ustedes que Armstrong no pisó la Luna a la hora de comer, pero es que yo lo vi en diferido, al día siguiente, y pensé que sucedía en ese momento, de manera que cada vez que contemplo aquellas imágenes, se me repite el bocadillo de calamares, que estaban fritos en un aceite que merecería haber sido de colza. No me pareció mal que el hombre llegara a la Luna, sino que tenía la sensación de que se trataba de un asunto que no me concernía. A veces se da este divorcio entre lo histórico y lo personal, como entre la macro y la microeconomía, que cada una va por su lado, qué le vamos a hacer.
Es sabido que hay quien hace la historia y hay quien la padece. La habilidad de quienes la hacen consiste en hacer creer a los que la padecen que son protagonistas de algo. Pero no es cierto: aquel pie que pisó hace no sé cuántos años el improbable suelo lunar no era el mío. Mientras se pisaba la Luna, en este planeta nuestro se pisoteaban demasiadas cosas. Aún se pisotean. Y la hora de comer continúa siendo la hora del hambre para mucha gente. Eso es lo histórico. Vale.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.225 – La puerta

 pablogonz   Calle oscura. Un camión sin luces se detiene sobre los panzudos adoquines. Pausa. Pausa. Y un hombre salta de la cajuela. Joven, con la cabeza rapada y un largo abrigo. No lleva maletas ni armas. Mira hacia el camión que se aleja. Al fondo, arropado por las sombras, resuena el canto de un ave, oscuro. Estupor. Estupor. Y el primer paso hacia la puerta. «Sitúese ante la puerta y espere». «¿A qué?» «Sitúese ante la puerta y espere». El hombre entonces lo hace. Silencio mineral. Y los lentos taconazos que se acercan. ¿Calle larga? ¿Fingimiento? Una sombra densa oscurece su sombra. «¿Es usted un hombre prudente?», pregunta la voz a sus espaldas. «No podría asegurarlo», dice él volviéndose. Un hombre de cabeza grande y boca grande. Vestido por completo de blanco. Manos desnudas. Sin nudillos. Parece un bebé gigante. Es un bebé gigante. «Sitúese ante la puerta y espere». «Eso estaba haciendo». «Muy bien». Y el bebé comienza a pronunciar su grave silencio. Un minuto. Dos. Sepulcros dormidos. Trenes quietos. Y de nuevo la voz: «¿Es usted un hombre apasionado?» «No podría asegurarlo». «Muy bien». Pero la puerta cerrada, aún. ¿Preguntar? No. Pensará de mí que soy imprudente. ¿Volverme y ofrecer la mano? No quiero revelar mi pasión. «¿Es usted un hombre miedoso?» «Sí». «Muy bien». Y entonces la puerta se abre.

Pablo Gonz

3.224 – La silla eléctrica

alonso-ibarrola2-300x200   El grupo de personas de severo aspecto se detuvo ante una de las puertas de los calabozos destinados a los condenados a muerte. Un vigilante abrió solícito. Una figura humana se perfilaba en el catre, oculta totalmente por una manta. Al oír el rumor de pasos, asomó justo la frente, un ojo y un mechón de cabellos, ocultándose nuevamente por completo. «iVamos, John, no nos hagas perder el tiempo! Sabes que esto nos disgusta tanto como a ti…». John no se inmutó y el gobernador de la prisión, molesto, tiró de la manta. John, descubierto, se limitó a sonreír… Se irguió de la cama y efectuó unos movimientos gimnásticos. Uno de los vigilantes, visiblemente molesto, no pudo por menos que objetar: «iVamos, John, ¿para qué quieres hacer gimnasia?». John acusó el impacto y de repente lanzó un grito terrible: «¡Mamá!». Un grito que resonó en todos los pasillos y corredores de la prisión.
Un grito al que siguieron otro y otros… Lo llevaron de prisa y corriendo, lo sentaron en la silla eléctrica, le ataron de pies y manos y John se calmó. «Te pondremos la venda, John…», le aclaró paternalmente uno de los verdugos. John sonrió tristemente. Dos gruesas lágrimas surcaban su rostro. Se hizo un profundo silencio y segundos más tarde el cuerpo de John se estremeció por un momento. Los testigos asistían mudos y graves al espectáculo. Cuando todo hubo terminado, uno de ellos comentó en voz baja con su compañero: «Hasta el último momento esperé que le indultaran. Al menos, en las películas siempre ocurre eso…».

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.223 – Sirvieron a la mesa …

ESTEBAN DE GARIBAY   Sirvieron a la mesa del señor unos peces pequeños a un fraile, y al señor, grandes. Estaba a la mesa un fraile, y no hacía más que tomar de los peces chicos y ponellos al oído y echallos debajo de la mesa. El señor miró en ello y díjole:
—Padre, ¿huelen mal esos peces?
Respondió:
—No, señor; sino que pasando mi padre un río, se ahogó, y preguntábales si se habían hallado a la muerte de mi padre. Ellos me respondieron que eran muy pequeños; que no, que esos de vuestra señoría, que eran mayores, podría ser que se hubiesen hallado.
Entendido por el señor, diole de los peces grandes, diciéndole:
—Tome, y pregúnteles la muerte de su padre.

Esteban de Garibay
(Mondragón 1525-1599) Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011

3.222 – Pentesilea

rosalba cambra   Yo vivía con mi abuela, mis tías, mis primas, y otras parientes mujeres. Sólo mujeres había en nuestra población.
Era huérfana de madre, y mi padre y mis tíos —hermanos nunca tuve—, mis dos abuelos y los parientes que hubieran correspondido a las parientes mujeres se habían ido a construir el camino que llevaba o debía llevar más tarde a la ciudad, cuando estuviera terminado.
Así me habían dicho.
La ciudad debía quedar muy lejos, porque después de doce años, que es mi edad, ellos seguían sin volver y el camino sin terminar.
Un día mi abuela mandó abrir la puerta en la muralla e hizo entrar a un cantor de esos que van por los caminos. Nos sentamos alrededor de él en la plaza. A mí me hicieron sentar delante de todas, y él cantó la historia de Pentesilea, reina de las amazonas, que en el asedio de Troya murió por obra del airado Aquiles, el cual, viéndola tendida tan bella sobre su propia sangre, rompió a llorar y se maldijo.
Yo sabía desde antes el nombre de mi madre: Pentesilea. Ahora sé el nombre de todas nosotras. Me pongo de pie y, en silencio, lo mismo hacen las demás. Siento todas las miradas puestas en mí. Doy un paso hacia adelante, hacia mi abuela que me tiende el arco y el carcaj. Y me detengo, porque estoy preguntándome si puede haber algo, en los cielos o en la tierra, que me obligue a aceptar.

Rosalba Campra
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

3.221 – ¿Un mundo mejor?

Miguel Angel molina2    Al salir, la patera estaba inundada de sueños. Hoy los vómitos, el miedo y la muerte se han adueñado de los 12 por 2,5 metros en los que viajan. Solo les queda acurrucarse entre ellos y rezar para soportar el oleaje, el hambre y el frío.
Cuando la esperanza ya está lista para morir, divisan la costa y son rescatados. Es entonces cuando descubren sorprendidos el curioso comportamiento de aquellos a los que quisieran parecerse. Al ver a los pescadores llevarse la gasolina y a los vecinos arramblar con las herramientas y el ancla, sus sueños comienzan a esfumarse.

Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ed. Baile del Sol. 2016