Muchas veces jugaron juntos, cuando niños y muchachos, en la populosa calle donde eran vecinos. Pero después sus derroteros se apartaron vertiginosamente, y mientras que Gonzalo siguió siendo un vecino de su calle, el flaco Pancho llegó a ser un político famoso. Era ya diputado por segunda vez y proyectaba ir a senador, contó Gonzalo al volver a casa, después de cruzarse con él en el centro. «El muy farsante —comentó—, a mí no me engaña: yo sé de dónde salió y quién es realmente, por debajo del personaje agrandado que se inventa. No lo habré visto sacándose los mocos a la carrera detrás de una pelota rota…».
En suma, el vecino de antaño se había convertido para él en un presumido, engreído, vanidoso, trepador, arribista, falso… Quedaba fuera de su alcance la idea de que el flaco Pancho en verdad hubiese crecido, mejorado, progresado, y que al ir encontrando hacia arriba espacios más y más amplios sus condiciones hubiesen podido desplegarse proporcionalmente, y que quizás a él le habría pasado lo mismo de haber estado en el lugar del otro, y que, en definitiva, aquel flaco Pancho insignificante que él conociera ya no existía, salvo en su propio recuerdo enconado.
3.234 – Presente
Empecé a perder el pasado poco a poco, pero ahora es el presente el que se me escapa; ya hay agujeros en mi vida. Veo los boquetes negros entre las casas y la calle. Crecen, se unen unos a otros; solo me quedan unos recortes. Trato de mirar por ellos.
César Gavela
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010
3.233 – Mal de amores
3.232 – Un herrero de un lugar…
Un herrero de un lugar mató a un hombre. Fue condenado a ahorcar. Juntóse casi todo el pueblo, y dijeron al alcalde que no le ahorcase, porque era muy necesario al pueblo, que no podían pasar sin herrero para que hiciese rejas y azadas y herraduras. El alcalde dijo que no podía sino hacer justicia de él. Respondió un labrador:
—Señor, en este lugar hay dos tejedores, y para un lugar pequeño basta uno. Ahorcad un tejedor, en lugar del herrero.
Esteban de Garibay
(Mondragón 1525-1599) Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011
3.231 – El árbitro
El partido de fútbol transcurría, en su primera parte, con normalidad, a pesar de su enorme trascendencia para el equipo local. Al llegar el obligado descanso, el árbitro, los jueces de línea y los jugadores de uno y otro bando se retiraron a las casetas. Ya en los vestuarios, el árbitro fue requerido con urgencia al teléfono. Desde una habitación de la Maternidad su mujer le notificaba, con cierta desilusión, que había sido niña… Una preciosa niña de ojos azules. La quinta… En la segunda parte del encuentro —y sin que nadie supiera por qué—, expulsó a dos jugadores del equipo local, con gran rigor en la apreciación de las faltas, señaló un penalti y amonestó a otros tres… Los aficionados locales querían lincharlo, al término del encuentro, que señalaba la victoria del equipo visitante. Protegido por la fuerza pública, impasible y ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor, inició el penoso retorno a su hogar…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.230 – Mi esquizofrenia
Mi esquizofrenia va de mal en peor: mi segunda personalidad dice que, como no se lleva bien con la primera, se aliará con la tercera para mitigar su soledad. La primera, entretanto, alega que, por más esfuerzos que hace, no logra congeniar con la segunda, razón por la cual formará alianza con la cuarta, habida cuenta de que si la tercera se lleva bien con la segunda, es imposible que se lleve bien con ella. Afortunadamente, me he podido mantener al margen de esta absurda disputa y no he sido involucrado en lo que, a todas luces, es una malsana maraña de incomprensiones.
Armando José Sequera
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010
3.229 – Acteón
Acteón buscó por el valle un sitio donde descansar de sus fatigas de cazador. Oyó risas de agua y de mujer y, asomándose a una cueva, vio un grupo de doncellas, todas desnudas, bañándose. Una de ellas, pequeña, morena, con los senos como dos cuernitos, le encendió la carne. Ranis, la llamaban sus compañeras. Acteón, enamorado, no podía quitarle los ojos de encima. Alguien lo descubrió. Hubo gritos. Un rápido movimiento de cuerpos que se apretaron en círculo alrededor de la más alta de todas: con sus desnudeces querían cubrir la desnudez de la diosa. Era Artemisa, a quien Acteón, absorto en su pequeña Ranis, ni siquiera había visto. Artemisa, con la cabeza sobresaliendo por encima de las demás muchachas, sonrojada de despecho, miró a Acteón y lo maldijo. Acteón se transformó en ciervo, huyó por el bosque y sus propios perros lo destrozaron. La bella Ranis, también perseguida por los celos de la humillada Artemisa, tuvo que expatriarse.
Enrique Anderson Imbert
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015
3.228 – La hora de comer
Cada vez que se cumple algún aniversario de la llegada del hombre a la Luna, me llaman de la radio y me preguntan que qué hacía yo mientras sonaba en todo el mundo la frase histórica del pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad. Y digo lo mismo, claro, porque las cosas son como son y yo siempre he estado más interesado en labrarme un porvenir que en forjarme un pasado. O sea, que me estaba comiendo un bocadillo de calamares fritos en un bar con el suelo lleno de cáscaras de mejillones y cabezas de sardinas. Tenían encendida en un extremo de la barra una televisión grasienta hacia la que mirábamos todos porque nos habían dicho que se trataba de un acontecimiento histórico, aunque lo verdaderamente histórico para nosotros habría sido que el bocadillo fuera de jamón de Jabugo, o, mejor aún, que no hubiera sido un bocadillo, sino un chuletón de Ávila, pongo por caso, con pimientos fritos.
Dirán ustedes que Armstrong no pisó la Luna a la hora de comer, pero es que yo lo vi en diferido, al día siguiente, y pensé que sucedía en ese momento, de manera que cada vez que contemplo aquellas imágenes, se me repite el bocadillo de calamares, que estaban fritos en un aceite que merecería haber sido de colza. No me pareció mal que el hombre llegara a la Luna, sino que tenía la sensación de que se trataba de un asunto que no me concernía. A veces se da este divorcio entre lo histórico y lo personal, como entre la macro y la microeconomía, que cada una va por su lado, qué le vamos a hacer.
Es sabido que hay quien hace la historia y hay quien la padece. La habilidad de quienes la hacen consiste en hacer creer a los que la padecen que son protagonistas de algo. Pero no es cierto: aquel pie que pisó hace no sé cuántos años el improbable suelo lunar no era el mío. Mientras se pisaba la Luna, en este planeta nuestro se pisoteaban demasiadas cosas. Aún se pisotean. Y la hora de comer continúa siendo la hora del hambre para mucha gente. Eso es lo histórico. Vale.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
3.227 – Con el ángel…
3.226 – Carrera
Ligeramente rezagada la de alegría, dos lágrimas recorrían su cara en reñida competencia. Delante del espejo esperaba el resultado con el bote de somníferos en la mano.

