3.238 – Distanciados

 Miguel Angel molina2   Ella encendió el tocadiscos y sentada en la cama comenzó a desnudarse. Él se acomodó y se limitó a mirar.
Ella fue desvistiéndose sin prisa. Primero la chaqueta, luego la blusa y después la falda. Él no quiso perder tiempo y fue bajándose la bragueta.
Mientras tarareaba una canción, ella se quitó el sujetador y el tanga. Él se acariciaba y solo era capaz de escuchar a su corazón desbocado.
Cuando ella se desnudó por completo apagó la luz, corrió las cortinas y bajó la persiana. Él se subió la cremallera y entre maldiciones arrojó los prismáticos al suelo.

Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ed. Baile del Sol. 2016

3.237 – A veinte mil leguas de mi casa

Paz Monserrat Revillo   Es verdad que últimamente resultaba cada vez más complicado encontrar las llaves. Siempre enredadas en una maraña de monedas, bolígrafos, protectores labiales o envoltorios de caramelos… por pequeño que fuera el bolso. Pero hasta hoy nunca pensé que el gesto previo a abrir una puerta pudiera convertirse en un acto temerario.
Ha ocurrido hace una hora, al regresar del trabajo. Mi mano se ha sumergido, impaciente, en el bolso grande. En su descenso ha atravesado la zona superficial de las libretas y la cartera hinchada de resguardos, ha rozado con el dorso la espiral de la agenda y la caja de tiritas, y al llegar al fondo ha palpado unas cuantas monedas sueltas.Ha continuado indagando, las llaves no podían estar muy lejos. En las inmediaciones, un ánfora tapizada de poliquetos y un cofre oxidado que servía de refugio a un pulpo. Unos cuantos pececillos se han sorprendido al unísono al escarbar en la cueva del rincón, donde los rugosos corales le han propinado un arañazo en el pulgar.
Tan ensimismada estaba la mano en sus hallazgos abisales, que la tremenda descarga eléctrica le ha pillado desprevenida. Ha emergido disparada hacia la superficie, enredándose por un momento en unas extrañas cintas pardas.
Y aquí estoy yo. Sin aliento. Sentada en el rellano de la escalera. Mirando a mi bolso de reojo, y esperando que algún otro miembro de la familia se digne a volver a casa de una vez.

Paz Montserrat Revillo

3.236 – El baño de Diana

Gustavo-Martin Garzo   La falda se hincha, se eleva, y la chica trata divertida de impedirlo. Es una chica muy joven, y va acompañada de un amigo. Su falda es plisada, cortísima, de tela muy leve, y el viento se la levanta como si estuviera jugando con un papel. La chica se ríe nerviosa, y finalmente tiene que detenerse, que apoyarse contra la pared, junto al escaparate de la confitería. Sus ojos brillan de vergüenza y malicia, y el chico, que se ha detenido con ella, la mira maravillado. No se atreve a moverse, a hacer o a decir nada; asiste a la escena con el temor y la fascinación con que lo habría hecho al baño de la diosa en lo más escondido del bosque, a la visita del ángel a la más reservada de las doncellas.

Gustavo Martín Garzo
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

3.235 – Who is who

carlos iturra   Muchas veces jugaron juntos, cuando niños y muchachos, en la populosa calle donde eran vecinos. Pero después sus derroteros se apartaron vertiginosamente, y mientras que Gonzalo siguió siendo un vecino de su calle, el flaco Pancho llegó a ser un político famoso. Era ya diputado por segunda vez y proyectaba ir a senador, contó Gonzalo al volver a casa, después de cruzarse con él en el centro. «El muy farsante —comentó—, a mí no me engaña: yo sé de dónde salió y quién es realmente, por debajo del personaje agrandado que se inventa. No lo habré visto sacándose los mocos a la carrera detrás de una pelota rota…».
En suma, el vecino de antaño se había convertido para él en un presumido, engreído, vanidoso, trepador, arribista, falso… Quedaba fuera de su alcance la idea de que el flaco Pancho en verdad hubiese crecido, mejorado, progresado, y que al ir encontrando hacia arriba espacios más y más amplios sus condiciones hubiesen podido desplegarse proporcionalmente, y que quizás a él le habría pasado lo mismo de haber estado en el lugar del otro, y que, en definitiva, aquel flaco Pancho insignificante que él conociera ya no existía, salvo en su propio recuerdo enconado.

Carlos Iturra
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

3.234 – Presente

cesar_gavela   Empecé a perder el pasado poco a poco, pero ahora es el presente el que se me escapa; ya hay agujeros en mi vida. Veo los boquetes negros entre las casas y la calle. Crecen, se unen unos a otros; solo me quedan unos recortes. Trato de mirar por ellos.

César Gavela
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

3.232 – Un herrero de un lugar…

ESTEBAN DE GARIBAY   Un herrero de un lugar mató a un hombre. Fue condenado a ahorcar. Juntóse casi todo el pueblo, y dijeron al alcalde que no le ahorcase, porque era muy necesario al pueblo, que no podían pasar sin herrero para que hiciese rejas y azadas y herraduras. El alcalde dijo que no podía sino hacer justicia de él. Respondió un labrador:
—Señor, en este lugar hay dos tejedores, y para un lugar pequeño basta uno. Ahorcad un tejedor, en lugar del herrero.

Esteban de Garibay
(Mondragón 1525-1599) Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011

3.231 – El árbitro

alonso-Ibarrola2   El partido de fútbol transcurría, en su primera parte, con normalidad, a pesar de su enorme trascendencia para el equipo local. Al llegar el obligado descanso, el árbitro, los jueces de línea y los jugadores de uno y otro bando se retiraron a las casetas. Ya en los vestuarios, el árbitro fue requerido con urgencia al teléfono. Desde una habitación de la Maternidad su mujer le notificaba, con cierta desilusión, que había sido niña… Una preciosa niña de ojos azules. La quinta… En la segunda parte del encuentro —y sin que nadie supiera por qué—, expulsó a dos jugadores del equipo local, con gran rigor en la apreciación de las faltas, señaló un penalti y amonestó a otros tres… Los aficionados locales querían lincharlo, al término del encuentro, que señalaba la victoria del equipo visitante. Protegido por la fuerza pública, impasible y ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor, inició el penoso retorno a su hogar…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.230 – Mi esquizofrenia

armando_jose_sequera   Mi esquizofrenia va de mal en peor: mi segunda personalidad dice que, como no se lleva bien con la primera, se aliará con la tercera para mitigar su soledad. La primera, entretanto, alega que, por más esfuerzos que hace, no logra congeniar con la segunda, razón por la cual formará alianza con la cuarta, habida cuenta de que si la tercera se lleva bien con la segunda, es imposible que se lleve bien con ella. Afortunadamente, me he podido mantener al margen de esta absurda disputa y no he sido involucrado en lo que, a todas luces, es una malsana maraña de incomprensiones.

Armando José Sequera
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

3.229 – Acteón

Enrique Anderson Imbert2   Acteón buscó por el valle un sitio donde descansar de sus fatigas de cazador. Oyó risas de agua y de mujer y, asomándose a una cueva, vio un grupo de doncellas, todas desnudas, bañándose. Una de ellas, pequeña, morena, con los senos como dos cuernitos, le encendió la carne. Ranis, la llamaban sus compañeras. Acteón, enamorado, no podía quitarle los ojos de encima. Alguien lo descubrió. Hubo gritos. Un rápido movimiento de cuerpos que se apretaron en círculo alrededor de la más alta de todas: con sus desnudeces querían cubrir la desnudez de la diosa. Era Artemisa, a quien Acteón, absorto en su pequeña Ranis, ni siquiera había visto. Artemisa, con la cabeza sobresaliendo por encima de las demás muchachas, sonrojada de despecho, miró a Acteón y lo maldijo. Acteón se transformó en ciervo, huyó por el bosque y sus propios perros lo destrozaron. La bella Ranis, también perseguida por los celos de la humillada Artemisa, tuvo que expatriarse.

Enrique Anderson Imbert
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015