Estaba en la cocina, preparando unas verduras para la cena, cuando se me apareció un tipo raro. Le pregunté si venía del espacio exterior, pues soy de los que creen en los extraterrestres, y me dijo que no, que venía del cuarto de estar.
—¿Entonces hay vida en el cuarto de estar? —pregunté asombrado.
—Sí —dijo, invitándome a que le acompañara.
(Como inciso, he de añadir que no entraba en el cuarto de estar desde que murió mamá porque da al norte y es muy frío. Hago la vida entre el dormitorio, donde duermo, lógicamente, y la cocina, donde como, veo la tele y leo el periódico. Entre la cocina y el dormitorio hay un leve trecho de pasillo donde nunca, en todos estos años, había observado nada anormal.)
Le seguí, pues, hasta el fondo del pasillo y entramos en el cuarto de estar, donde descubrí, en efecto, una familia compuesta por el padre, la madre y una hija, además del marido de ésta, que era el marciano que se me había aparecido en la cocina. Daban la impresión de llevar allí años, si no siglos. Les pregunté si habían pensado abducirme y me dijeron que no tenían ningún interés, pues ya conocían mis costumbres y mi idioma, pero que agradecerían que les invitara a una pizza.
—¿Tampoco queréis operarme para ver cómo soy por dentro?
—Pues no, la verdad —respondió el padre de familia.
Al principio me decepcionó un poco que no quisieran abducirme ni operarme, porque me habría gustado contar la aventura en la revista del más allá a la que estoy suscrito, pero después me pareció una ventaja, pues la anestesia tiene muchos efectos secundarios. El caso es que me hice un hueco entre ellos y vimos juntos la tele hasta las tantas. Les gustaba Mira quién baila y las pizzas congeladas, de las que tengo un cargamento en la nevera. Llevo varios meses viviendo con ellos, prácticamente sin salir del cuarto de estar y he comenzado a preguntarme si habrá vida en el dormitorio, pero aún no me he atrevido a comprobarlo, pues no todos los marcianos son tan pacíficos como los del cuarto de estar.
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3.257 – Mitología de un hecho constante
A la madre la habían confiado los dioses el secreto: «Mientras alimentes la llama de esa hoguera, tu hijo vivirá». Y la madre, infatigable, sostenía el fuego, vigilándole, sin permitir que disminuyese en intensidad ni alturas.
Así pasaron años. La madre, arrodillada ante el lar, veía cómo las ascuas alargaban sus alegres brazos escarlata, garantía de la vitalidad de su hijo. Sin dormirse, hora tras hora, agregaba al montón caliente nuevos troncos, en vela de su hermosa calentura.
Un día, por la puerta abierta que daba a los campos, entró una joven blanca, sonriente y hermosa, de paso seguro y ojos que miraban con gozo y fe al porvenir. Sin hablarla, ayudó a levantarse a la madre, sorprendida, la hizo un ademán de adiós, y se arrodilló ante el lar; a nutrir ella la crepitante llamarada.
La madre no preguntó. Súbitamente comprendía que era su relevo, que estaba obligada a ceder el turno a la desconocida, a la que se encargaba desde entonces de sostener el alimento de la incesante llama para que viviera su hijo.
Y, también en silencio, se salió de la casa y no se fue lejos; sólo donde podía prudentemente contemplar el humo delicado disolviéndose en el delicado azul.
Tomás Borrás
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015
3.256 – Mi madre se llamaba carmen
Mi madre era la única del barrio que tenía todos los nombres imaginables: Tatiana, Olga, Anastasia… lo que me convertía en la envidia del colegio. Por eso no acallaba los rumores que la tachaban de ser una espía enviada por los rusos para salvarnos de Franco. Los padres de mis amigos la devoraban con los ojos, mientras que las madres sabían que aunque era alta, de piel clara, y pómulos prominentes, sus secretos no eran políticos. Jamás olvidaré sus besos al estilo ruso. Esos que me daba cada noche, antes de marcharse a trabajar, diciendo que eran solo míos.
Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ediciones de Baile del Sol. 2016
3.255 – Autobiografía
3.254 – Estando un barbero…
Estando un barbero afeitando a un gentil hombre en su casa, el cual estaba muy mohino dél por ser tan parlero que cuando vino a hacerle la barba, dijo:
—Señor, ¿cómo manda que le haga la barba?
Respondió el gentilhombre:
—Callando.
Juan de Timoneda
(Valencia ¿- 1583)
Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011
3.253 – La llamada
Suena el teléfono de juguete que su hija tiene sobre la repisa del dormitorio. La niña aún no ha llegado a casa. Desde que murió su madre pasa horas en la calle con ese aparato hablando con algún amigo imaginario, pero en esta ocasión no se lo ha llevado. El padre de la niña descuelga, se acerca el auricular al oído y pregunta incrédulo: “¿Diga?” Una voz de mujer responde: “Se ha ido. Le he contado lo que me hiciste».
Manu Espada
3.252 – La llamada de las nueve
Desde que Dolores se fue, su única compañía era el trabajo. Hace medio año tuvo que jubilarse y el miedo a morir solo comenzó a angustiarle. Entonces convenció a Antonio, un antiguo compañero, para que le telefoneara a diario; siempre a las nueve. Dejaba que sonara, descolgaba y volvía a colgar. Con eso era suficiente.
Anoche no sonó. Al comprobar que había línea los temblores y la asfixia le impidieron dormir. Hoy ha sabido que Antonio había fallecido. Un dolor agudo en el pecho le ha paralizado cuando, a las nueve en punto, el teléfono ha vuelto a sonar.
Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ed. Baile del Sol. 2016
3.251 – Jardinería de interior
Tengo un bonsái en el útero. De momento solo hay que controlar que no crezca. Cierro los ojos un instante, pero la boca queda abierta y debo de haber tragado abono. Al salir de la visita, unos frondosos manglares han echado raíces en las aguas estancadas de mi cabeza, un rosal ha desprendido varios pétalos que se han deslizado mejillas abajo, y una jungla con sus pájaros y sus fieras se extiende ahora mismo por mis tripas. No sé si tengo que regar, podar, eliminar las malas hierbas o seguir abonando. Y no tengo ni un puto libro de jardinería.
Paz Montserrat Revillo
3.250 – Mutaciones
En el centro de la ciudad se levanta una estatua que cambia de forma. Por las noches representa a Diana, en el día asume la figura de Apolo. Si viste los atributos de Marte anuncia la guerra —tan claro y obvio es su simbolismo—. Nadie se atreve a contemplarla más de un segundo, pues si ve en ella la imagen de Thánatos sabe que en pocas horas encontrará la muerte.
Quizá la estatua sólo existe en la imaginación de quienes creen verla. Pero hay fotografías de sus innumerables mutaciones. En otros tiempos hubo incluso quienes osaron tocarla y, antes de morir, nos legaron su testimonio. Sea como fuere la estatua plural obsesiona a los habitantes de la ciudad. El rey quiso demolerla. El Concejo de Ancianos vetó la orden ya que, de acuerdo con la leyenda, cuando la estatua sea destruida se va a acabar el mundo.
José Emilio Pacheco
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015
3.249 – Así son las cosas
Cada vez que la poli se da una vuelta por los almacenes situados en la periferia de las grandes ciudades, descubre algo de interés. Ahora acaba de encontrar, en un hangar de las afueras de Madrid, un millón de peluches falsos de los Lunnis, esos personajes de la tele con los que los niños se van a la cama, o se levantan de ella, ahora no caigo. El titular de la noticia hablaba, literalmente de «peluches falsos», lo que evidentemente es erróneo. Un peluche sólo puede ser falso si es un falso peluche, es decir, si está hecho de un tejido que no es. Un peluche de piel, por ejemplo, no sería un peluche. Los peluches incautados en esta ocasión por la policía eran verdaderos porque poseían todos los atributos que se esperan de un peluche, incluso el de dar miedo. Lo que el redactor de la noticia quiso decir es que aunque parecían Lunnis no eran Lunnis, pues carecían de documentación, de papeles, de carné de identidad. En todo lo demás eran idénticos a los Lunnis. Quiere decirse que el DNI hace al monje.
Usted, querido lector, y yo somos idénticos el uno al otro en la medida en que lo son los Lunnis. Estamos hechos del mismo material, tenemos el mismo número de órganos, de extremidades, quizá de pelos en la cabeza, e idéntico número de huesos. También damos miedo, que es algo que nos une con los Lunnis y los peluches en general. Pero si la policía me pillara en la periferia de Madrid haciéndome pasar por usted, me detendría porque yo no soy usted. Es lo que ocurre con ese millón de Lunnis, que siendo idénticos a los verdaderos no disponían del certificado que acreditara su identidad. Eran unos indocumentados, unos «sin papeles».
Sorprende que para entrar en un país se pida a las personas lo mismo que a los muñecos de peluche. El problema de los que vienen en pateras no es que no sean hombres y mujeres como nosotros, sino que no tienen certificado de autenticidad. Usted los mira por arriba, por abajo, por el interior y se dice: «Coño, es como yo, o como mi cuñado.» De acuerdo, es como usted o como su cuñado de usted, pero no tiene papeles, lo que lo convierte en un hombre ilegal. Los Lunnis incautados en las afueras de Madrid son peluches idénticos a cualquier otro peluche, incluso pueden estar mejor cosidos que los peluches legales. Pero no tienen papeles, vaya por Dios, de modo que la policía los ha requisado y se encuentran detenidos en comisaría a la espera de que el juez decida qué hacer con ellos. Lo normal es que el juez ordene destruirlos para que no se confundan con los verdaderos. Generalmente, se queman. Un millón de peluches quemados es un genocidio de peluches, un peluchicidio, pero las leyes están para cumplirse, aunque nos pongan los pelos de punta.
Ahora bien, imaginemos que un policía (corrupto o caritativo, no sabríamos cómo calificarlo) salva a uno de estos muñecos de la hoguera. Imaginemos que lo esconde y se lo lleva a casa y se lo regala a su hija pequeña como si se tratara de un peluche legal. La niña lo recibiría con gran alborozo y jugaría con él y dormiría con él y lo metería con ella en la bañera, etc. Los peluches son muy resistentes, duran toda la vida (toda la vida de ellos y la nuestra), de modo que la niña y el muñeco crecerían juntos sin que la hija del poli supiera que ha pasado su infancia junto a un muñeco ilegal, un muñeco que no debería estar en España porque no tiene papeles, no tiene carné de identidad, no tiene acreditación.
¿Sería esa niña, de mayor, igual que las demás niñas que crecieron con peluches legales? No lo sabemos. El peluche imprime carácter. El peluche puede ser cualquier cosa menos ingenuo. Los peluches tienen un alma pequeña con la que se comunican con los niños, empujándoles a ser obedientes o rebeldes, nerviosos o tranquilos, estudiosos o vagos, bondadosos o vengativos. Los peluches son los auténticos educadores de los niños, más en esta época en la que los padres están tan poco tiempo en casa.
Sostengo que, tal como haya sido tu peluche, así serás tú de mayor. Si tu peluche fue tranquilo, serás tranquilo; si nervioso, nervioso; si con tendencias criminales, con tendencias criminales… Si tu peluche fue chino, serás chino. El millón de peluches incautados en las afueras de Madrid procedía de China. Es probable que muchos de ellos —quizá veinte o treinta mil— desaparezcan en el trayecto que va de la comisaría al horno crematorio. Caerán en veinte o treinta mil hogares cuyos niños, de mayores, sin que ellos mismos lo sepan, serán chinos. Lo crean ustedes o no, así son las cosas.
