Alicia atravesó el espejo y sonrió encantada. Por fin había dejado de ser zurda.
Luis Felipe Hernández
Alicia atravesó el espejo y sonrió encantada. Por fin había dejado de ser zurda.
Luis Felipe Hernández
A Juan le gustaban los rituales. Aunque disfrutaba de vacaciones, se levantaba siempre muy temprano. Enchufaba la cafetera, cogía una galleta y abría todas las ventanas.
El portátil se despertaba. En la pantalla la película a medio ver de la última noche y el correo.
En primer lugar, leía el cuento diario que le mandaba un tipo llamado Carlos. Estuvo tentado, pero nunca llegó a borrarlos.
Luego, podía empezar a vivir ese día.
Juan Carlos Pacheco
Orlando Goicoechea reconoce las maderas por el olor, de qué árboles vienen, qué edad tienen, y oliéndolas sabe si fueron cortadas a tiempo o a destiempo y les adivina los posibles contratiempos.
Era de noche y me encontré al poeta: estaba tiritando de inédito.
Un escritor muy gandul programó su ordenador para que escribiera cuentos de cien palabras al azar, sin tener que pensar por sí mismo los argumentos. Éste fue el primer cuento que produjo automáticamente, y él se quedó estupefacto, pues relataba justamente su situación. Pensando que su generador de cuentos predecía el futuro, fue haciéndole crear historias y más historias, pero el resto fueron estúpidos relatos: amores y desamores de gente inventada, que ni siquiera tenían calidad para ser publicados. Y eso que aquí ya se le advertía de que no serviría, y de que debería volver a imaginar. ¡Qué tonto!
Jordi Cebrián
Cuando Raúl Gómez regresó a su pueblo de toda la vida, vio todo muy cambiado.
Tanto, que la torre de la iglesia le llegaba apenas a la altura de sus rodillas.
Jorge García Torrego
Soy tan feliz.
Isidoro Blaisten
Daba besos de segunda boca.
Ramón Gómez de la Serna
Al volver de vacaciones mis compañeros de trabajo observaron el collar que llevaba y dijeron que estaban de acuerdo conmigo. Yo lo compré porque era bonito, e ignoraba que tuviera significado alguno, así que sonreí estúpidamente y al llegar a casa busqué por Internet sin encontrar nada. Pero en la calle muchos se cruzan conmigo sonriendo de manera cómplice. Hoy, en el ascensor, una chica vio mi collar y me besó. “Yo también”, me dijo, “yo también”, y se fue sonriendo. Por la tarde un vecino bigotudo me hizo lo mismo. Estoy por dejar de llevarlo, pero es tan bonito…
En estas humildes palabras está encerrado todo el espíritu de su autora: «Socorro, socorro, sáquenme de aquí».
Ana María Shua