Séptimo


A
bro los ojos
y todo está oscuro. Se me ocurre decir la siguiente frase: haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras. Todo a mi alrededor cambia y me animo porque cuando he despertado no sabía quién era y ahora hay bastantes posibilidades de que sea el mismísimo Dios del universo (llenos están el cielo y la tierra de mi gloria).
Paso así los siguientes días. Me canso. Dios no se cansa nunca, así que lo más probable es que esté equivocado. El séptimo día, hundido y desencantado, lo dedico a dormir profundamente.
Mañana será otro día.
Federico Fuertes Guzmán

Como acercarse a las fábulas

Augusto_Monterroso2_redimensionarCon precaución, como a cualquier cosa pequeña. Pero sin miedo. Finalmente se descubrirá que ninguna fábula es dañina, excepto cuando alcanza a verse en ella alguna enseñanza. Esto es malo.
Si no fuera malo, el mundo se regiría por las fábulas de Esopo; pero en tal caso desaparecería todo lo que hace interesante el mundo, como los ricos, los prejuicios raciales, el color de la ropa interior y la guerra; y el mundo sería entonces muy aburrido, porque no habría heridos para las sillas de ruedas, ni pobres a quienes ayudar, ni negros para trabajar en los muelles, ni gente bonita para la revista Vogue.
Así, lo mejor es acercarse a las fábulas buscando de qué reír.
Eso es. He ahí un libro de fábulas. Corre a comprarlo. No, mejor te lo regalo: verás, yo nunca me había reído tanto.
Augusto  Monterroso

Suplicio

cupido_death«Los dos debemos morir a la vez», le dijo él a ella. «Recuerda que fue nuestro sagrado compromiso ayudarnos el uno al otro, el otro al uno», le dijo él a ella.
«Sí, pero yo amo a otro, y mi compromiso ahora es con él», le dijo ella a él, «y tú debes morir solo, sin embargo por fidelidad a cuanto nos dijimos, mi deber es ayudarte».
El ingenuo hombre la escuchó sorprendido, mientras ella tranquila fue hasta !a gaveta del nochero, sacó el revólver, lo miró y con un poco de compasión apuntó bien. Ambos sonrieron.
Carlos Alberto Agudelo Arcila

Agradecimiento

JULIA OTXOAHortensia Salazar recogió de la tintorería el abrigo rojo que días atrás había dejado para limpiar. El abrigo traía en su bolsillo izquierdo una pequeña carta dirigida a ella. Se le invitaba a acudir a una misteriosa cita en la playa, el martes doce a las tres de la tarde.
La dama, picada por la curiosidad, acudió a la cita y esperó por espacio de tres largas horas. Cuando cansada e indignada se disponía a marcharse, un niño le entregó otra carta de color verde. En ella, el misterioso personaje, que firmaba con las iniciales A.Z. se excusaba por no haberse presentado y le volvía a convocar para dentro de siete días en los jardines de la catedral.
Hortensia Salazar guardó fidelidad ininterrumpida durante más de veinte años a los sucesivos requerimientos, a pesar de que a ellos, jamás acudió nadie.
Gracias a la diversidad geográfica de las citas, la paciente dama llegó a conocer perfectamente todos los rincones de su ciudad. Y cuando murió, siendo ya muy anciana, lo hizo quedando profundamente agradecida a aquel desconocido, que durante tantos años había llenado su vida, manteniendo viva en ella la llama de la pasión por lo ignorado e inasequible.

Julia Otxoa

Necrofilia

marco deneviCuenta el mitólogo Patulio: «Al regreso de la guerra contra los mirmidones, Barión sorprendió a su mujer, Casiomea, en brazos de un mozalbete llamado Castor. Ahí mismo estranguló al intruso y luego arrojó el cadáver al mar. Noches después, estando Barión deleitándose con Casiomea, se le apareció en la alcoba Castor, pálido como lo que era, un muerto, y lo conminó a ir al templo de Plutón en Trézene y sacrificarle dos machos cabríos para expiar su crimen. Barión, aterrado y no menos pálido, obedeció. Mientras tanto el fantasma de Castor reanudaba sus amores con Casiomea, quien no se atrevió a negarle nada a un ser venido del otro mundo. Varias veces Barión debió ceder su lecho al cuerpo astral de Castor sin una protesta, porque el joven lo amenazaba, si se resistía, con llevarlo con él a la tenebrosa región del Infierno». El mitólogo Patulio agrega que Castor tenía un hermano gemelo, de nombre Pólux, pero de este Pólux nada dice.

Marco Denevi

Vecinos

velaNada más llegar, la primera noche, ella pasó a pedirme una vela. «Nuestro piso está a oscuras», me explicó.
Al día siguiente preguntó si podía dejarle un poco de sal, después aceite. Azúcar, especias, aspirinas y chinchetas faltaban también en aquella casa de carencias insospechables.
Una tarde, ella llamó con fuerza al timbre. Yo salí enojado y antes de que pudiera decir nada, sus labios rozaron los míos y me empujaron hacia mi cuarto. Sobre el lecho en penumbra nos amamos algunas tardes.
Anteanoche hubo una tormenta y la luz se apagó en el edificio. Escuché fuertes voces y algunos golpes en el piso de al lado. Creo que ella lloraba. Después esos golpes llegaron a mi puerta.
Abrí, y ante mí estaba él, su esposo. «¿Tienes una vela?», me preguntó, y se quedó mirándome, con la respiración agitada. Antes de que pudiera volver con la vela, me pidió sal y luego aceite.
Yo conocía esa secuencia…
Carlos Gracia Traín