Vecinos

velaNada más llegar, la primera noche, ella pasó a pedirme una vela. «Nuestro piso está a oscuras», me explicó.
Al día siguiente preguntó si podía dejarle un poco de sal, después aceite. Azúcar, especias, aspirinas y chinchetas faltaban también en aquella casa de carencias insospechables.
Una tarde, ella llamó con fuerza al timbre. Yo salí enojado y antes de que pudiera decir nada, sus labios rozaron los míos y me empujaron hacia mi cuarto. Sobre el lecho en penumbra nos amamos algunas tardes.
Anteanoche hubo una tormenta y la luz se apagó en el edificio. Escuché fuertes voces y algunos golpes en el piso de al lado. Creo que ella lloraba. Después esos golpes llegaron a mi puerta.
Abrí, y ante mí estaba él, su esposo. «¿Tienes una vela?», me preguntó, y se quedó mirándome, con la respiración agitada. Antes de que pudiera volver con la vela, me pidió sal y luego aceite.
Yo conocía esa secuencia…
Carlos Gracia Traín

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