Si nunca me extravié en el jardín de los senderos que se bifurcan es porque fui fiel al antiguo proverbio que exige: en la encrucijada, divídete. Sin embargo, a veces me pregunto: la felicidad, ¿no es elegir y perderse?
Ana Maria Shua
Si nunca me extravié en el jardín de los senderos que se bifurcan es porque fui fiel al antiguo proverbio que exige: en la encrucijada, divídete. Sin embargo, a veces me pregunto: la felicidad, ¿no es elegir y perderse?
Ana Maria Shua
Los padres de un amigo hurtaron un gato de ébano en una tienda londinense. Fueron detenidos, demorados, deportados. Gracias a ese incidente, perdieron un vuelo que se estrelló sin despegar en el aeropuerto de Heathrow. Desde entonces, cada vez que salen de Buenos Aires hurtan un gato de ébano en una tienda un par de días antes de volver.
La ballena macho estaba desolada porque su mujer se había enamorado de un submarino.
Carlos Hector
Mientras subía y subía, el globo lloraba al ver que se le escapaba el niño.
Miguel Saiz Álvarez
Si los elefantes duelen y la carpa tiene un sabor amargo, si las serpientes empapan de sudor frío los trapecios y los tigres te devoran la memoria, si se oyen los gritos del mago pidiendo socorro pero nadie lo ve, si el domador azota a la ecuyere y no hay payasos, sobre todo si no hay payasos, es aconsejable retirarse despacio, sin que nadie lo note, quizás no sea un circo, a veces es mejor no preguntar.
Ana María Shua
Su mecanismo parece simple pero estos objetos que no presentan dificultades de funcionamiento son los más complicados de reparar. La misión principal de una manta es abrigar al género humano, sea invierno o verano. Pues la mía ha dejado de abrigar. Como siempre, después de rezar nuestras oraciones, entramos en la cama y nos disponernos a dormir. Pero a los pocos minutos sentimos frío, el mismo frío que sentiríamos de no tener sobre nosotros una gruesa manta de lana. Hacemos la prueba con otras mantas para ver si el problema es nuestro. Pero las demás funcionan con solvencia: a los pocos minutos el calor rodea nuestros cuerpos y empezarnos a descender por la pendiente del sueño.
Mañana por la mañana tendremos que empezar la dificultosa ronda de llamadas en busca de alguien que sea capaz de reparar una manta que no hace bien su trabajo.
Federico Fuertes Guzmán
Yo, de perro, la verdad es que no me ando con pamplinas. Nada de micción en tronco de árbol o señal de tráfico, nada de sólida esquina de edificio, nada de esos llamativos adoquines de los alcorques. Si hay que marcar un territorio, señalar un dominio, ¿qué porvenir tengo de perro meando en mi barrio y adyacentes?, ¿cuántos barrios puede cubrir la meada de un perro? Yo voy más allá, no me ando con chiquitas ni provincianismos. Me especializo en ruedas de vehículos (tapacubos, llantas y neumáticos), y de últimas no meo ruedas a tontas y a locas, así como así, no. Distingo ya perfectamente las matrículas, dosifico, me expando. Adoro esas matrículas de colores extranjeros, amarillas, azules, verdes…
Hipólito G. Navarro
Deciden enamorarse y lo hacen. Deciden permanecer juntos como una historia sin final y lo hacen. Pero luego él llega tarde un día y ella está sentada en la cama con sus piernas desnudas y una cara que quizás nunca fue la de ella y él la observa y ve todas esas páginas en blanco que su pecho esconde y también la tinta borroneada que se escurre bajo sus ojos.
Alejandro Bentivoglio
Yo no tenía ni veinte años y andaba jugando a la gallina ciega en las noches del mundo.
Quería pintar, y no podía. Quería escribir, y no sabía. A veces escribía algún cuento, y a veces se lo llevaba a Juan Carlos Onetti.
Él estaba siempre en cama, por pereza, por tristeza, rodeado de pirámides de puchos, tras una muralla de botellas vacías. Yo me sentía en la obligación de emitir frases inteligentísimas. El maestro Onetti miraba al techo y no abría la boca más que para bostezar, fumar y beber, lenta sueñera, pitadas lentas, tragos lentos, y quizá mascullaba algún fruto de sus prolongadas meditaciones sobre la situación nacional e internacional:
-La cosa se jodió -decía- el día que los milicos y las mujeres aprendieron a leer.
Sentado a su orilla, yo esperaba que él me dijera que aquellos cuentitos míos eran indudablemente geniales, pero él callaba y a lo sumo gruñía o me estimulaba así:
–Mirá, pibe. Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, habría llegado a ser director de la banda del pueblo.
Eduardo Galeano
Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.
Cesar Vallejo