Abrieron la caja. Algo parecido a una pequeña descarga explosiva -producida por los gases de la fermentación- desordenó todas las piezas de su interior. Me asomé. Una vértebra había quedado al alcance de mi mano. Tentada estuve de cogerla, pero no atiné o quizá no me atreví por miedo a ser descubierta. Me fascinó el hecho de que las medias, del mismo color que la tibia y el peroné que cubrían, estuvieran intactas. No fue tristeza el primer sentimiento que me asaltó durante la exhumación. Ni desolación por la saña con la que el tiempo había devastado a alguien que en vida desprendía tanta luz. Lo primero que pensé fue que parecía imposible (o al menos sorprendente) que dentro de aquella pelvis hubiera estado yo junto con mi hermano mellizo. Mi cuerpo se encogió levemente, como haciendo un amago de postura fetal para comprobarlo. Nadie se dio cuenta de mi gesto. Ni del frío helador que de repente hacía en ese lugar.
Etiqueta: Martes
1.806 – Esposa
Él, que una vez, apretando el puño, juró comprimir el carbón para fabricarle diamantes. Él, este día de sesenta años más tarde, se yergue apenas dentro del autobús en marcha. Una mano asida a la barra vertical, la otra apoyada en el respaldo y cuando el vehículo frena en López de Hoyos con Cartagena, soltar ambas como lanzarse desde un trapecio. Es decir, saber, pero nunca saber del todo, que ella lo recogerá y alcanzarán la salida. Ella, que jamás le pidió un diamante por no humillar su puño.
Isabel González
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.799 – Historia de un valiente
Hoy se va de vacaciones. Con Sara. Es su primer viaje desde que viven juntos y él se pregunta si encontrará el momento de confesarle lo que siente. Juntos esperan hasta que aparece Paula, la amiga de Sara, con su Golf azul. A él le toca el asiento de atrás, el volante no es lo suyo. Durante el primer tramo conduce Sara y horas más tarde las chicas cambian de sitio. Sara abre la puerta trasera y se tumba a su lado. Mientras va quedándose dormida, él siente un amor tan profundo, tan devastador, tan animal, que no puede evitar arriesgarse. Salta hasta el extremo del asiento, donde descansa la cabeza de Sara, y la besa suavemente en los labios. Luego se desliza hasta la curva de su cuello. Empieza a costarle respirar, pero no se preocupa, dónde va a estar mejor que allí, con Sara… Lo último que piensa es que ha valido la pena salir de la pecera.
Loli Rivas
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.792 – En el sofá
«Amo mi profesión, doctor. Me domina, me apasiona, me fascina. A las ocho de la mañana abro la puerta del establecimiento dedicado a la venta de aparatos sanitarios y a las nueve de la noche la cierro. Cuando me quedo solo y se han ido los dependientes me paseo por el local de arriba abajo, observo, toco, acaricio los aparatos sanitarios. Los bidés me excitan. Tienen formas de mujer. Esas curvas sinuosas, esas caderas redondas… Me tengo que contener para no abalanzarme sobre ellos; comprendo los problemas que tuvo el inventor del bidé para introducirlos en el mercado y explicar su utilidad. Problemas dialécticos, de difícil comprensión. Ni un gesto, ni un signo, porque al cliente hay que respetarlo… Perdone, doctor, que me haya ido por las ramas. A lo que iba… También hay lavabos excitantes, los buenos y lujosos lavabos, se entiende. En cierta ocasión…».
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
1.785 – Ese gato
Ese gato parece una persona por la mirada inteligente de sus ojos, porque sabe pararse en dos patitas, por la forma en que desdeña el alimento balanceado y se sienta a la mesa como un comensal más para devorar no sólo la carne, sino el pan y la ensalada.
Parece una persona porque se sirve de sus garras casi como si fueran manos, porque lo visten de esa manera absurda, con un jean azul y la camisa a cuadros.
A tal punto parece una persona que necesito mirarlo fijamente y repetirme una y otra vez es un gato es un gato es un gato es un gato es un gato mientras me pregunto cuándo me devolverá los dólares que le presté el mes pasado.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.778 – La tentación espera arriba
Cada domingo después del oficio, media docena de demonios, enanos y alborotadores, vuelan desde una de las muchas puertas del Infierno hasta la calle donde vive el padre Damián y lo esperan ansiosos delante de la puerta de su apartamento. A pesar de su avanzada edad, el sacerdote sube los sesenta y seis peldaños con energía juvenil, sujetando en una mano la bolsa con el almuerzo que le ha preparado doña Amparo, la mujer del sacristán, y con la otra, los negros bajos de la sotana.
Cuando llega al rellano, mira a los demonios de reojo, saca un tarrito con agua bendita y traza una frontera líquida en el umbral de la puerta. Los demonios escupen una retahíla de blasfemias en latín y se golpean entre ellos con saña, pero el padre Damián, que ya hace tiempo se conduce inmutable ante los desaires del Maligno, cierra la puerta altivo y se aplica religiosamente al condumio. Es una escena cotidiana, repetida después de cada misa dominical en los últimos veinte años.
En contra de la creencia popular, los demonios tienen una paciencia finita. Hartos de los desplantes semanales del viejo cura, acaban desistiendo del asedio y deciden marcharse para siempre en busca de otro ministro de la Iglesia más vulnerable. Con torpe revuelo de alas y cuernos desaparecen por el alto ventanuco que ilumina las escaleras.
Hace ya un mes que el rellano está vacío, mas el padre Damián sigue fiel cada semana a su rutina: llena su tarrito en la pila de agua bendita, recoge el almuerzo de manos de doña Amparo, recorre la poca distancia que media entre la parroquia y el portal y, balanceando la bolsa en una mano y sujetándose con la otra los negros bajos de la sotana, va subiendo hacia el rellano. Pero cómo suda y jadea ahora por esas escaleras de Dios.
Antonio Serrano Cueto
http://antonioserranocueto.blogspot.com.es/2013/11/un-microrrelato-demoniaco.html
1.771 – Sin margen para la duda
«¿Vos me darías un riñón?» Se lo había preguntado la semana anterior por enésima vez mientras prendía un cigarrillo recostada en el cabezal de la cama. «¿Un riñón?», protestó él. «¿Nomás uno?», bromeó. Y entonces ella lo pateó para echarlo. «Andate», le ordenó. «¿Por qué? ¿Qué te hice?», quiso saber él, que además se estaba muriendo de sueño. «Confesarme que no me querés», lo acusó ella. «Pero sí te quiero, ¿cómo no te voy a querer?» «Si me quisieras, no me negarías un riñón.» Y ahí mismo, harto de acusaciones, se arrancó uno como pudo y le dijo: «Tomá. Y ahora, dejame morir».
Flavia Company
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.764 – A poco más de media hora
No se quieren ni mucho ni poco. Tampoco se quieren mal, ni se aburren a cariños. Parece que se gustan, eso sí, y por eso quedan para hacer el amor todos los jueves por la tarde.
Ella prefiere ponerse encima y llevar el ritmo con sus anchas caderas. Como intuye que a él le excita ver cómo se remueve el pelo y se lo enreda mientras follan, de vez en cuando lo hace, exagerando el gesto hasta lo histriónico. También se acaricia los pechos y llega a pellizcarse suavemente los pezones, mientras se muerde el labio inferior y mantiene cerrados los ojos. No suele abrirlos porque sabe que él la mira en todo momento, y le da una vergüenza atroz que pudieran cruzarse sus miradas.
Él se acuesta y, sin dejar de observar el más mínimo de sus gestos, la deja hacer hasta que ella acaba corriéndose. A lo más que se atreve, es a agarrarla de la cintura para en cada empellón arrimársela un poco más a su sexo. Un día se aventuró a darle un par de palmadas en las nalgas, pero como creyó ver un mohín de disgusto en ella, desde entonces no ha vuelto a improvisar nada más.
No hablan. Algún que otro gemido recíproco, pero nunca hablan, como si temieran que el sonido de las palabras quebrara la frágil consistencia de su extraña relación, tan falta de razones como llena de interrogantes.
Se conocieron hace casi un año, en el metro. A ella se le cayó el bolso y ambos se agacharon a la vez a recogerlo. En ese instante él se fijó en el escote de su blusa, ella lo advirtió, y el rubor les hizo sonreír a ambos. Uno de los dos, ya no recuerdan quién, propuso tomarse un café y, sin saber muy bien cómo ni por qué, acabaron metiéndose mano de forma desbocada en los baños de aquella cafetería. Desde entonces reservan una habitación en un pequeño y moderno hotel que queda a poco más de media hora del centro, todos los jueves por la tarde.
Raul Ariza
La suave piel de la anaconda – ed. Talentura – 2012
1.757 – Los buenos deseos
Al terminar la cena, la familia y los invitados se reunieron en el salón para esperar el año nuevo. Apúrate mamá, le gritaron. Ella se unió al grupo secándose el delantal. Comprobó que en una mesita de centro había un plato de lentejas y una fuente de uvas. Y cerca de la puerta, una maleta.
Cuando el ídolo televisivo empezó a contar hasta doce, algunos eligieron el ritual de las doce uvas y otros una cucharada de lentejas. Ella se acercó a la puerta y cogió la maleta. ¡La mamá desea un viaje – exclamó el hijo mayor – va a dar una vuelta por la manzana! Con la algazara de los abrazos no se dieron cuenta que ella se alejaba por la calle, con pasos decididos, sin mirar hacia atrás. De esto hace ya varios años.
Juan Armando Epple
1.750 – Ser como de la familia
Me fui con ellos porque insistieron: «Que no puedes quedarte sola, que la Navidad hay que pasarla en familia, que ya verás qué casita más mona hemos alquilado», etcétera. Me dejé convencer. Las apariencias engañan y la propuesta tenía buena pinta. Debería haber recordado que hay películas de terror con comienzos aún más cándidos. En fin.
La casa era mona, es cierto. Estaba en lo alto de una colina, en medio de un manto de nieve blanca y pura. Se respiraba sosiego. Nada hacía sospechar la tormenta que se avecinaba. El mismo día de nuestra llegada, por la noche, ocurrió la primera inesperada catástrofe: después de insultarse sin ningún tipo de miramientos, el padre y uno de los hijos llegaron a las manos. Tuvimos que ir de urgencias al hospital. Yo no salía de mi asombro, claro está. Quién podía prever algo así. Además, sentía vergüenza ajena.
El segundo día, 24 de diciembre, la sangre corrió entre los esposos. Yo ya no daba crédito. Aquello era un escándalo. Pensé en irme, pero habría quedado fatal. Los acompañé de nuevo a urgencias. Para Navidad, el asunto no mejoró: uno de los hermanos empujó a otro con tan mala fortuna -o tan mala saña- que logró que cayera por las escaleras y entrara en coma.
Total que yo, que hasta entonces había sido una persona pacífica y que jamás había intuido el carácter oculto de mis amigos, el día de San Esteban, contagiada y eufórica, prendí fuego a la casa con todos adentro y me largué. «¿Son parientes suyos?», me preguntaron en el depósito cuando fui a reconocer lo que quedaba de ellos. «No -contesté-, pero puede considerarse que ya he pasado a ser como de la familia». De ahí.
Flavia Company
Transtornos literarios,Frases (muy) hechas. Ed. Páginas de espuma. 2011