1.124 – Argentina, invierno de 1976

 El teléfono sonó: corté enseguida. Como pude, me arrastré hasta el sótano. Sentado como un feto, me acalambré durante horas. Primero fue el silencio de tierra, raíces y gusanos. Después, lejanos, la frenada, los portazos, los gritos, los vidrios rotos. Y una ráfaga de tiros. Y nada más.
Cuando levanté la tapa de madera, no supe a quién agradecer el seguir vivo: por esos tiempos, por estos lados, Dios no existía.

Gabriela Urrutibehety
http://www.cuentosymas.com.ar/blog/?p=7876
http://gabrielaurruti.blogspot.com/

1.123 – Martirio y muerte

 Un silencio expectante se apoderó del circo romano. Miles de gargantas enmudecieron. Se abrió la compuerta y se oyó un gran rugido proveniente del interior de la galería. Unos soldados introducían sus lanzas a través de unas aberturas verificadas en la parte superior… Evidentemente, la fiera no quería salir al exterior. Fuera, en el círculo central, un grupo de cristianos, acurrucados, temblorosos, se apiñaban en torno a un anciano de barbas venerables y rezaban. Finalmente, el león surgió del fondo del túnel, siendo recibido con una clamorosa ovación. Ante aquel griterío se detuvo. Después, su mirada se posó ante el grupo de cristianos, que permanecía quieto e inmóvil. De un enérgico zarpazo arrojó por tierra a una mujer de unos cincuenta años, que profirió un terrible grito. Luego, el silencio… El resto de los cristianos proseguían sus oraciones, y el león inició su festín, acompañándose de un molesto crujir de dientes. «¿Podía hacerse algo para impedir que esto ocurriera?», se preguntó Nemorino, rodillas en tierra. Levantó los ojos al cielo y observó que seguía siendo azul, como cuando era niño. El león continuaba su orgía. De la inicial docena de cristianos mártires, sólo quedaban dos: el anciano, que, tembloroso y angustiado, se había postrado de rodillas en el suelo (quizá para facilitarle mejor las cosas a su verdugo, el león), y él, Nemorino. Observó con terror y detenimiento al león, pero, desesperanzado, comprobó que jamás lo había visto antes. Ni, por supuesto, curado diente alguno… Aquel león no le debía nada. De otro terrible zarpazo en la espalda, el león echó por tierra al anciano. Un carrillo y un ojo desaparecieron en el acto en su zarpa, que se relamió con gusto. Con la otra pata mantenía inmóvil a la víctima, que gemía. Después hundió sus dientes en un costado. Todos los intestinos quedaron al descubierto… Nemorino vomitó. Quiso levantarse, pero sus rodillas no le respondieron al primer intento. El león engullía con rapidez uno de los muslos, flácidos y blanquísimos, del anciano. Nemorino recordó a su madre, que de pequeño le decía: «Con este signo vencerás». Un grito terrible se oyó en el circo: «¡Madre, repítemelo de nuevo! ¡Es necesario! ¿Comprendes? ¡Es necesario!». Un profundo silencio se hizo en el circo. Nemorino fue asaltado por un profundo terror. El león se dirigía a él, último superviviente del grupo. Nemorino perdió el control de sí mismo y echó a correr camino de la presidencia.
Un primer zarpazo de la fiera le desgarró la espalda, y la sangre salió a borbotones… «¡César, reniego, César! ¿Me oyes? ¡César, reniego! ¡Sálvame! ¡Quiero vivir!…». No dijo más. El león clavó sus dientes en su hombro derecho y un alarido se oyó en toda Roma. César, con un movimiento de su cabeza, dio a entender a sus súbditos que ya era tarde y que nada podía hacerse. Y arriba, muy arriba del anfiteatro, en medio de la muchedumbre, un ciudadano anónimo confiaba a otro, en voz queda: «Lástima, un poco más que hubiese resistido y hubiera salvado su alma… «.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

1.120 – Piedad

 En ocasiones se apela a la piedad de los dioses para que llueva. Cuando sus mieses están agostándose por la solana, los zulúes buscan un “pájaro celestial”, lo matan y lo arrojan a una charca. Después el cielo se apiada con terneza por la muerte del pájaro y “llora por él, lloviendo y llorando una plegaria funeral.”

James George Frazer
http://www.cuentosymas.com.ar/blog/?p=9657
http://es.wikipedia.org/wiki/James_George_Frazer

1.117 – Flechazo

 Fue un flechazo. Yo estaba distraída, pensando lánguidamente en algo superfluo, cuando su mano comenzó a recorrer mi espalda. Me estremecí. Nadie me había acariciado antes con tanta destreza. Luego me alzó con sus fornidos brazos para olfatearme delicadamente. Reconozco que su osadía me volvió loca.
Poco faltó para que copulásemos en público. Por fortuna, logramos contenernos hasta llegar a su casa. No hubo preámbulos. Nada más entrar, me condujo al lecho y empezó a devorarme. Fueron tres horas que jamás olvidaré. Una comunión insólita que trascendía lo meramente físico. Pero la dicha fue breve.
Tras la cópula febril, me llevó a la biblioteca y, sin apenas despedirse, me puso en uno de los anaqueles, donde llevo meses esperándole, quizá años.
No me resigno: sé que volverá conmigo. Aunque deploro que Lolita y Madame Bovary (esas dos casquivanas con quienes comparto anaquel), me miren siempre con tanta sorna.

Javier Puche
http://puerta-falsa.blogspot.com/2009/12/mas-cuentos-para-sonreir.html

1.116 – Parásitos de los paraguas

 Lo peor no son los pequeños, los que son casi invisibles, los que se arrastran en fila por el mango, anidan en la contera, desovan en el varillaje y terminan a veces por perforar el paraguas con sus minúsculas deyecciones ácidas, allí donde la tela se ha desgastado por el uso. Entre los parásitos de los paraguas, lo peor son los grandes, aquellos que los fuerzan a dejar sus hogares cálidos y secos, los abren brutalmente a la intemperie, los exponen sin piedad a las peores lluvias.

Ana maría Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Páginas de espuma, 2009