Telefoneó al supermercado para hacer el pedido, pero una mujer respondió que aquello era una casa particular. Colgó lleno de palpitaciones: la voz había abierto en su memoria sentimental una grieta por la que comenzó a salir enseguida una aguja de gas. Volvió a marcar confiando a los dedos la reproducción del error y respondió de nuevo la mujer. Él permaneció en silencio, absorbiendo con los sentidos la atmósfera de la habitación lejana. No se oía la televisión ni la radio: tampoco ruido de niños. Imaginó que vivía sola en un apartamento igual que el suyo y lo reprodujo sin dificultades. Ella, a su vez, callaba. Quizá su voz había levantado también un registro mal cerrado en las sentinas de su memoria. La imaginó con un libro en el sofá.
Durante años había soñado que se encontraban en la calle y ahora, en lugar de sus cuerpos, se cruzaban sus voces, pero la de ella tenía la densidad de un cuerpo. «Diga», repitió al fin, y él paladeó ese «diga» con las membranas del oído, igual que en otro tiempo había saboreado sus muslos con sus dedos. Era un «diga» mojado por la excitación. De manera que también ella vivía sola y los sábados por la tarde leía: tenía la voz de los que se refugian de las horas dentro de una novela. «¿Es el supermercado?», preguntó. «Sí», escuchó al otro lado, tras un titubeo: «¿Qué desea?» Recitó el pedido y al final la mujer añadió que había yogures en oferta. Después de los yogures, no supo continuar. Ella, tampoco, así que dijo que se lo enviarían y colgó sin solicitar la dirección, lo que acabó de delatarla. Telefoneó de nuevo, lleno de remordimientos, pero sus dedos no se atrevieron a equivocarse una vez más. Se habían cruzado, pero después de unos instantes prefirieron simular que no se conocían. Él reprimió un sollozo y, ahora sí, llamó al supermercado.
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2.018 – Peligros de la intimidad
La mujer desnuda, con toda la impudicia del deseo saciado, se vuelve sobre el lecho para mirar, en la semioscuridad de la madrugada, al hombre que está a su lado.
Con un casi imperceptible gesto de hastío, ella le señala sus ropas, tiradas descuidadamente en una silla, y se duerme.
El joven obedece la silenciosa orden de partir; pero ya vestido, antes de marcharse definitivamente, se inclina un momento sobre la hermosa cabeza rendida.
Horas más tarde, cuando el sol golpea los ventanales de la habitación, la mujer continúa acostada, inmóvil, mientras la doble sonrisa roja del limpio tajo que va de una a otra de sus bellas orejas, se derrama sobre la almohada perfumada.
Ángela Martínez
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001
2.011 – Rueda de prensa en la Bienal
En una de las salas de la Bienal de Venecia abarrotadas de público y medios de comunicación, la artista explicaba su proyecto de performance múltiple.
Mientras la escuchábamos, en el interior de nuestro oídos, sus palabras se hundían más y más en lo oscuro. Su expresión densa y pegajosa se adhería con fuerza a nuestros sentidos dejándonos marchitos, como bajo el influjo de una poderosa succión que nos vaciaba de toda energía, de toda posibilidad de comprensión. Despojados de toda estructura, nuestros cuerpos quedaban reducidos a nimia materia ausente deshaciéndose en el fondo de un armario.
Frecuentemente en este tipo de actos ocurría que la artista transportada hacia las alturas por lo sublime de sus pensamientos, traspasaba el techo para perderse grácil entre las nubes, mientras nuestros ojos vacunos seguían su ascenso hasta notar sobre nuestras cabezas el excremento de ilegibles aves, entonces, el acto tocaba a su fín y la mayor parte de nosotros regresábamos a nuestros hogares manchados por el peso de nuestra ignorancia.
Julia Otxoa
Retrato de familia con fantasma. Ed. Menoscuarto,2013
2.004 – Índice
Estaba hasta los átonos de sus tildes.
¿Cómo fue que su íntimo mundo de mutua admiración se transformó en aquel desolado universo de eterna interrogación? Mientras reflexionaba buscando alguna respuesta, movía la cabeza de un lado a otro, tratando de esquivar la amenaza de su desquiciante dedo índice, erguido frente a sus ojos.
¡Para ya tus pies de página!, quiso gritarle. En cambio, bajó la voz, la cabeza y la razón. Suavemente suplicó:
-Por favor, no me hables con mayúsculas…
Alejandra Díaz-Ortiz
No hay tres sin dos.Trama Editorial 2014
1.997 – Isla Isabel
Era hermosa de cintura para arriba, quizás la más lozana de las mozas, pero una enfermedad infantil le había dejado las piernas quebradas. En la treintena tuvo un hijo. Su padre dijo que la había forzado un vagabundo que pasó la noche en el pajar. Nadie vio al forastero. Su madre calló. Isabel, sin embargo, anheló el hijo.
Cuando las mujeres de rosario le quitaron el niño fruto del pecado y lo entregaron en el hospicio de Talavera, ella se marchó a dos leguas de la aldea y se puso a llorar. Poco a poco se fue formando una laguna a su alrededor. En el centro, donde Isabel soportaba su pena, brotó una isla de sal. Allí vivió muchos días, los pájaros le llevaban la comida y el rocío el agua. Los escasos vecinos que pensaron en ir a socorrerla desistieron para no desatar la ira y ser también desmembrados del pueblo.
Un día dejó de llorar. Ante el recelo de que desapareciera la laguna, las frecuentes oraciones y el sacar a pasear los santos trajeron las lluvias. Diluvió. Al descampar, Isabel no estaba. La isla permanece. Espera.
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/05/isla-isabel.html
1.990 – Los dedos
Como hacía una mañana muy agradable, decidí ir a la oficina dando un paseo. Todo iba bien, si exceptuamos que al mover el pie derecho me parecía escuchar un ruido como de sonajero proveniente del dedo gordo de ese pie; daba la impresión de que algún objeto duro anduviera suelto en su interior golpeándose contra las paredes.
Cuando llegué al despacho me descalcé y comprobé que, en efecto, el sonido procedía del pie y no del zapato. Observé el dedo gordo desde todos los ángulos por si tuviera alguna grieta o ranura que permitiera asomarse a su interior, pero choqué con una envoltura hermética, repleta de callosidades y muy resistente a mis manipulaciones. Finalmente advertí que la uña actuaba como tapadera y que se podía quitar desplazándola hacia adelante, igual que la de los plumieres. De este modo, abrí el dedo y vi que estaba lleno de pequeños lápices de colores que se habían desordenado con el movimiento. Los coloqué como era debido y luego me entretuve con los otros dedos, cuyas tapaderas se quitaban con idéntica facilidad. En uno había un cuadernito con dibujos para colorear. En otro, un sacapuntas diminuto; en el siguiente, una reglita; por fin, en el más pequeño, encontré una goma de borrar del tamaño de un valium. Saqué el cuaderno y un lápiz para pintar, pero en ese momento se abrió la puerta del despacho y apareció mi jefe, que se puso pálido de envidia y salió dando gritos. La verdad es que yo no había tenido la precaución de colocar las uñas en su sitio y me pilló con todas las cajas de los dedos abiertas. Por taparlas con prisas me hice algunas heridas y me han traído al hospital. Ahora estoy deseando que me manden a casa para mirar con tranquilidad lo que tengo en los dedos del pie izquierdo, porque cuando lo muevo suenan como si hubiera canicas de cristal.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
1.983 – En el nombre del padre
Le habían dado una habitación de una sola cama. Era la más cercana al retén de enfermería y la que, según supe cuando todo acabó, se reservaba para los casos desesperados. La primera vez que le visité mi padre no me vio. Dormía o, quizá, ensayaba su inminente muerte.
Se mostraba serio, consecuente con su mal genio. Había enflaquecido hasta no parecerse a sí mismo. Se le habían hundido las carnes pegándose a sus huesos y dejando casi al descubierto unos pómulos prominentes y una nariz mucho más encorvada de lo que yo le recordaba. La boca quedaba como un agujero sin bordes, apenas perfilado por la línea borrosa y ligeramente más oscura que formaban sus labios. Supongo que por culpa de la fiebre, lucía unas ojeras profundas y alguna que otra marca diseminada por el escuálido rostro, fruto de las póstulas propias de ese tipo de sífilis que le estaban tratando. Lucía una barba espesa, aunque no demasiado larga, que le ensombrecía el cuello y la garganta.
Las veces que le vi despierto me asombró el aparente dominio que todavía parecía tener sobre sí mismo. Por supuesto no pronunciaba palabra alguna, limitándose a asentir o a negar de forma soberbia con los ojos cuando quería contestarte si le preguntabas algo. Además me seguía con la mirada en todo momento. A veces, cuando me quedaba dormido en el sillón, su mirada, desafiante y cargada del mismo odio que mi hermana y yo sentíamos por él, me sorprendía escrutándome.
Desde la primera vez que le visité hasta que al fin murió, transcurrió poco más de una semana. Recuerdo que la primera vez que pregunté por él a las enfermeras, presentándome como un amigo de la familia, la que me acompañó a su habitación, joven y bien dispuesta, se compadeció del viejo diciéndome que hasta ese momento no había tenido ninguna visita. Me he enterado de que es viudo y con dos hijos. Me dijo. Cría cuervos, resolvió la conversación con una exclamación lastimosa.
Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed. Talentura. 2012
http://elalmadifusa.blogspot.com.es/
1.976 – Hispania I
Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo.
Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina, sin embargo en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad.
Àngel Olgoso
La máquina de languidecer – Ed. Páginas de Espuma, 2009
1.969 – Por unos dólares más
Cervantes cuenta que el viejo hidalgo era asistido por «un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera». Marco Denevi reparó en que este personaje nunca más se menciona en la novela. Algún lector del siglo XIX sugirió que el hidalgo había sorprendido al mozo con la sobrina y lo expulsó de la casa. Pero la explicación verdadera ya la conocía Cide Hamete, quien decidió eliminarlo del libro por una razón valedera: don Alonso Quijano le había ofrecido al mozo el puesto de escudero, pero este rechazó la oferta porque no incluía paga extra. El mozo perdió una oportunidad de ser conocido por los siglos venideros porque no sabía que la fama puede atraer dinero a veces, pero no a la inversa.
Juan Armando Epple
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010
1.962 – La triste historia de la tia Rita
Nació ya siendo mayor y se perdió lo mejor, por eso siempre luce la sonrisa de un monigote triste. Se quedó enganchada en esa guerra que le robó los besos que nunca dio y los novios que nunca tuvo, y se refugió en la pegajosa felicidad de las pastillas de café con leche. Una noche de marzo, cuando los caramelos empezaron a saberle a café amargo, saltó al vacío, pero se levantó y siguió muriendo. Ahora ya ni los prueba, no sea que se le peguen a los dientes que no tiene y a los recuerdos que no guarda.
Esperanza Temprano Posada
http://elrastrodelapalabra.blogspot.com
Relato ganador del I Concurso de microrrelatos El Microrrelatista