1.331 – Ladrones de miradas

En el andén del metro F. y N. se buscan las miradas. F. encuentra la mirada de nieve de ella, la atrapa y la encierra en un cofre bajo dos vueltas de llave. N. encuentra la mirada de fuego de él, la atrae y la encierra en una habitación oscura, tenuemente iluminada por el ojo de un ventanuco. Allí la somete a un arduo interrogatorio y, quemándose los párpados, recorre el historial de la visión de F. para descubrir dónde puso la llave.

Antonio Serrano Cueto
http://antonioserranocueto.blogspot.com/

1.330 – La coctelera

 Si el tiempo hubiera sido agitado un poco más en la coctelera, algunos personajes habrían quedado esparcidos por épocas diferentes a las que los vieron nacer. Emparejemos, por ejemplo, al famoso rey Salomón con la famosa actriz dramática Sarah Bernhard. ¿Cómo hubiera evolucionado la historia de la ética si en el momento que el rey elevó su espada para cortar el niño en dos mitades, la madre biológica y la actriz se hubieran echado a sus pies, igualmente confundidas, igualmente destrozadas, tal vez la Bernhard con un superior toque de dramatismo en sus movimientos faciales? Pobre rey.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. libros,2008

1.327 – Depurativa

De los remedios de la abuela
En la licuadora, unos trozos de piña fresca, una rama de apio y un vaso de zumo de naranja para limpiar los intestinos.
En la trituradora: la foto de boda, el montón de promesas fallidas y un manojo de recuerdos. Ideal para resucitar el alma.

Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012

1.326 – Quietita

 Se fue hace dos días, que se volvía a casa dijo, que estaba harta de los guerrilleros, que no aguantaba más la vida en la selva. Como si no recordara lo que le pasó a Daniela, que huyó y la encontramos esa misma tarde muerta al lado del río con los ojos tan abiertos que se coló dentro el cielo, y los soldados venga a reírse. Ay esta boba dónde estará, si es mejor portarse bien y cuando se te echan encima, solo es mirar para otro lado, que no te llegue su aliento, te quedas quietita y ya.

Rosana Alonso
Los otros mundos.Edit. Talentura, 2012

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1.325 – Ofrenda

 La mujer de la foto sonreía. «¿Sí?», preguntó el doctor mientras me esforzaba en vano tratando de situarla entre mis recuerdos. Le devolví la imagen en silencio. «La operación ha sido un éxito», afirmó orgulloso. Me palpé la insignificante cicatriz en el lóbulo parietal y experimenté una cierta sensación de desasosiego recordando sus palabras durante la primera visita: «El cerebro se aferra al dolor. Lo último que queda tras la pérdida. Cerrar el recuerdo cierra el dolor». «¿Puedo volver a verla?», pedí. Me tendió la foto con suficiencia y mirando aquella sonrisa, tan desconocida y tan familiar, descubrí que recordar duele pero olvidar duele todavía más.

Luis Fernández de los Muros
Relatos en cadena 2009-2010. Alfaguara-2010

1.324 – La ouija

 Siempre me advirtieron que no moviera la copa y jamás les hice caso. Yo recorría las letras del tablero y me tronchaba cuando veía sus caras descompuestas, cuando escuchaba sus respiraciones entrecortadas, cuando sentían de pronto la caricia helada de mis manos.
Una noche partí la copa y cundió el pánico. Quise decirles que había sido yo, pero ya era demasiado tarde. Sin embargo, no se quedaron en casa ni hubo que clausurar aquella habitación como hizo mamá la última vez. Se fueron como almas cargadas por el diablo y yo hasta ahora les echo de menos.
Los nuevos inquilinos nunca juegan con el tablero, y a mí me da vergüenza mover las cosas sin que me llamen.

Fernando Iwasaki
Ajuar funerario.Ed Páginas de espuma. 2009
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1.323 – Origen de los ancianos

 Un niño de cinco años explicaba la otra tarde a uno de cuatro que entre muchos de ellos se mantiene la más rigurosa pureza sexual y ni siquiera se tocan entre sí porque saben -o creen saber- que si por casualidad se descuidan y se dejan llevar por la pasión propia de la edad y se copulan, el fruto inevitable de esa unión contra natura es indefectiblemente un viejito o una viejita; que en esa forma se dice que han nacido y nacen todos los días los ancianos que vemos en las calles y en los parques; y que quizá esta creencia obedecía a que los niños nunca ven jóvenes a sus abuelos y a que nadie les explica cómo nacen éstos o de dónde vienen; pero que en realidad su origen no era necesariamente ése.

Augusto Monterroso

1.322 – El hada

 He tenido un sueño maravilloso. Se aparecía en mi celda una bellísima señora, un hada o algo parecido, y me preguntaba qué deseaba más en esta vida. Yo le respondía que poseerla. Me golpeó suavemente con su varita —me imagino que «mágica», como se estila en estos casos— diciéndome: «Concedido». Me despertó la habitual visita de control del funcionario de prisiones. «¿Y eso, qué hace eso ahí?», me preguntó, inquisitivo, dirigiendo su mirada hacia el catre. No supe qué decirle. Parecía, era, una prenda interior femenina. Quedé atónito, estupefacto. Recogió la prenda y se la llevó. Minutos más tarde apareció el director, indignado. «¿Quién ha estado aquí esta noche?». Le conté la verdad.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010