«¡lmbécil!», profirió el cliente sentado en el velador de la terraza, cuando el camarero, distraídamente, dejó caer una gota de leche en su pantalón. El camarero, circunspecto, pidió perdón y se apresuró a limpiárselo. Su jornada transcurrió sin más incidentes dignos de reseñar. Una vez en su casa, al sentarse en la mesa para cenar, su mujer dejó caer una gota de vino sobre su pantalón, inadvertidamente. El camarero no dijo nada. Otro, en su lugar, la hubiese propinado una sonora bofetada.
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1.353 – Es el amor…
1.352 – Turno extra
1.351 – Resultado
1.350 – Pabellón de cancer
Al principio no entendí por qué me había mandado llamar, pues hacía más de doce años que estábamos divorciados. Nunca quiso aceptar nuestra separación y siempre trató de responsabilizarme de sus penurias, sus desamores, sus amarguras. Tampoco fue fácil para mí sobreponerme a la soledad. El penetrante olor del hospital me trajo a la memoria otras agonías, otros muertos, otras pesadillas.
En la penumbra de la habitación distinguí el brillo exangüe de sus ojos, y me enfrenté a la mirada líquida de aquel cráneo árido y verdoso, vagamente familiar. ¿Qué puedo hacer por ti?, pregunté tragando saliva. Entonces encendió la luz.
Cualquier semejanza con el rostro que alguna vez amé había desaparecido para siempre, y no tuve más remedio que huir cuando las negras encías de aquella atrocidad insinuaron una perversa sonrisa, pues comprendí que me había llamado para que su recuerdo me acosara mientras viviera.
Fernando Iwasaki
Ajuar funerario.Ed Páginas de espuma. 2009
1.349 – Benicio lo vio todo
Es imposible que finjas que nada de esto pasó. No mientas al decir que mis sueños no estuvieron en los tuyos. ¿No ves que aún no se ha calmado el temblor de las manos desmenuzando los besos? Aquí tengo las huellas de tus dedos marcadas en la piel.
No, no te creo que hayas olvidado mi lengua enredada en la tuya. Tu boca no puede haber disuelto mi sabor. Ni tus recuerdos el aroma que emanaron nuestros cuerpos.
Imposible olvidar tu espalda desnuda apoyada en la pared cubriendo aquella foto que tanto me gustaba, mientras musitabas: «Mmm… para… para… d… el Toro lo está viendo todo…».
Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012
1.348 – Artistas del trapecio
No tengas miedo, volará, heredó nuestros genes, dice el artista del trapecio. Y desde el punto más alto lanza a su hija, un bebé todavía, por el aire, hacia los brazos de la madre aterrada e infiel. No debería temer: por las artes de su verdadero padre, el mago, la niña realmente vuela. O les hace creer que vuela.





