Teníamos un buen plan. La pecera en el suelo incitaría a nuestro gato a tratar de capturar los dos peces de colores que trajeron los Reyes. Se volcaría: papá siempre corriendo, su pie sobre el agua y un precioso mortal, gritos y esas cosas. Tendría que romperse las piernas, o por lo menos una, ya acordamos que un brazo no iba a valer para nada. Con la pierna rota ya no podría marcharse, mamá le haría compota de manzana y se darían besos, seguro.
Estuvimos sentados junto a la pecera durante horas, estudiando el ángulo, frenando al gato. Con el tiempo mamá tiró los cadáveres de los peces por el retrete, llenó la bola con piedrecitas y al final la subió al desván. Mi hermano y yo todavía miramos hacia la puerta muchas, muchas veces.
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1.397 – Crímenes ejemplares
1.396 – Instrucciones para llorar
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.
Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
Julio Cortazar
1.395 – Privilegio
1.394 – Imagine
Imagine all the people. . .
(John Lennon)
-¿Qué hay de comer? -Moros con cristianos -¿Otra vez, mujer? -Otra vez, hombre. -¿Te burlas?
-¿Yo? ¿Qué tiene de malo el arroz con frijoles? -¡Que los pones todos los días!… ¿Acaso no tienes imaginación?
-Pues sí, marido, sí la tengo… Cada día imagino que entrarás por esa puerta y me darás un beso y me dirás que estoy muy guapa y que me quieres como el primer día…
-¡Tú estás enloqueciendo! ¿Por qué crees que estoy contigo desde hace veinte años? -¿Porque sí?
-Y porque no, también… Me aburres con tus cosas…
-Pues eso, ya sabes por qué hay moros con cristianos… Para que no dejemos de aburrirnos.
Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012
1.393 – Hermanos
Seguimos sin hablarnos, mientras las estaciones cambian, anuncian el nuevo año y nos comemos las uvas. En tu país, ha habido inundaciones, en el mío el paro ha aumentado. Además, he tenido dos hijos y tú dos nuevos sobrinos, aunque eso no lo anuncian por televisión. Las noticias terminan y la meteoróloga asegura que mañana lloverá, tanto por tu mundo como por el mío. Si seguimos teniendo suerte, caminaremos por ahí, un día más viejos, compartiendo apellido y todavía enfadados bajo un paraguas gris. Todo eso, si te acuerdas, claro, de que mañana va a llover.
Almudena Sánchez Jiménez
Ganador del 8 de abril de 2010
Relatos en cadena 2009-2010. Alfaguara-2010
1.392 – vacio
1.391 – Conspiración
El psiquiatra le dio el alta porque ya no presentaba rasgos paranoides. El paciente no percibió la tensión en su mano al despedirle, ni la sonrisa falsa de la enfermera. Tampoco escuchó la conversación que mantuvieron en cuanto salió de la consulta. En el trabajo no reparó en los murmullos de los compañeros a sus espaldas. De vuelta a casa, no se fijó en el hombre que le seguía. Besó a su mujer sin detectar la mirada ansiosa y esquiva.
Esa noche, mientras él dormía, celebraron el éxito del tratamiento.
Rosana Alonso
Los otros mundos.Edit. Talentura, 2012
1.390 – El capitán
¡Al ataque!», gritó el capitán, sable en mano, saliendo de la trinchera, decidido, campo a través, contra el enemigo. Nadie se movió. Las balas silbaban por doquier… Al cabo de un rato, el capitán regresó, jadeante y fatigado. «No quiero cobardes en mi compañía. ¡Al que no me siga haré que lo fusilen!», y diciendo esto volvió a salir de la trinchera, gritando el habitual: » ¡Adelante!». Volvieron a silbar las balas y los soldados no se movieron. Esta vez el capitán, afortunadamente, no volvió.


