Las calles que llevan tu nombre y el mío se cruzan en una plaza hermosa, con farolas y bancos, en la que juegan los niños que nunca tuvimos y los ancianos recuerdan momentos, inolvidables sucesos que no sucedieron.
Las calles que llevan tu nombre y el mío se cruzan en una plaza hermosa, con una fuente de agua salada a la que llegan las gaviotas, confundidas, desde el mar.
Aquí el sol sale tres veces al día. No hay odio ni dolor en la plaza que forman las calles que llevan tu nombre y el mío.
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1.833 – Adicciones
De adolescente se enganchó de forma compulsiva al tabaco y al cannabis. En su época de estudiante, ya en la universidad, se aficionó sin medida a la bebida y a las drogas de diseño durante cada fin de semana. Su primer sueldo le sirvió para costearse su adicción al juego y después, con el tiempo, se convirtió en un conocido cliente de prostíbulos y burdeles clandestinos. Finalmente, su caso, ya insostenible, acabó en manos de expertos psiquiatras.
Dos años después, libre de cualquier tentación, sigue sin superar su adicción a las terapias de grupo.
Daniel Sánchez Bonet
http://microrrelatoapeso.wordpress.com/2012/02/16/adicciones/
1.832 – Se levantó…
1.831 – Mirada
1.830 – La montaña
El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en su butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
-¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
-¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.
Enrique Anderson Imbert
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma, 2001
1.829 – Hacerse el muerto
¿Por qué me gusta hacerme el muerto? ¿Se trata de
una costumbre sádica, como lamentan los amigos o cónyuges más sensibles? ¿Por qué me fascina desde niño, y seguimos siendo niños, quedarme indefinidamente inmóvil, como una momia de mi propio futuro? ¿De dónde sale el agrio placer de asistir al cadáver que todavía no soy?
La explicación podría ser sencilla, y por tanto misteriosa.
Al ver el mundo mientras no miro nada, al seguir pensando sin proponerme pensar, al notar en mí, con poderosa certeza, la selva de las arterias y la montaña rusa de los nervios, no solo confirmo que sigo vivo, sino algo incluso más impresionante. Experimento la única, pequeña, posible forma de trascendencia. Sobrevivo a mí mismo. Me deshago de la muerte jugando.
Entra en casa mi hijo. Volveré a respirar.
Andrés Neuman
Hacerse el muerto . Ed Páginas de espuma. 2011
1.828 – Amores perifrásticos
— Subraye las perífrasis del texto, indique si son de obligación o devoción y adivine, por último, quién llama.
Me estoy enamorando de una mujer que no es la mía, pero no he de enamorarme, porque tengo que atender a mi propia esposa, a la que debo permanecer fiel, como así tengo jurado desde hace tantos años. No puedo evitar pensar en la otra y a veces creo que estoy a punto de cometer adulterio, pero voy a dejarme de tonterías y a empezar a cumplir con mi deber. Seguiré estando felizmente casado hasta que termine de vivir, como así vengo haciendo, como así acostumbro a hacer y como asimismo tengo pensando seguir haciendo siempre. Suele pasarme esto de enamorarme a destiempo —lo que viene a decir que me ocurre más a menudo de lo que debiera suceder—, pero siempre que comienzo a enamorarme de otra, la mía, que no acaba de acostumbrarse a ello, rompe a llorar y se pone a echarme en cara mis devaneos sin dejar de lamentarse, por lo que yo vuelvo a reconducir mi matrimonio una y otra vez. Así lo estoy llevando, peor o mejor, desde que me casé hace muchos años, porque así lo tengo decidido, como tantas veces he dejado dicho. Me lo ando repitiendo todo el día a mí mismo: «He de hacer lo que hay que hacer. No puedo enamorarme y punto». Y ahora debo interrumpir este relato porque lleva sonando sin cesar el teléfono desde su comienzo. Debe de ser ella. Ay.
Carmela Greciet
http://www.revistaclarin.com/505/carmela-greciet/#sthash.OQ1Nsocr.dpuf
1.827 – En defensa del oficio
Los que no escriben saben que escribir es fácil. Que para ello sólo es necesario un jardín, una mujer y un hombre que, por alguna circunstancia de la vida, ha olvidado la cita. Los que no escriben saben que eso es suficiente para escribir una novela o un cuento, según si en medio del hombre y la mujer interviene un tercero con intenciones de contrariarlo todo. De eso dependen la extensión y la intención de la historia. Sin embargo, los que escriben piensan todo lo contrario, y si se empeñan en estar horas enteras frente a la página en blanco, quemándose las pestañas y la sesera, creando largos e intrincados argumentos, es sólo porque quisieran encontrar, finalmente, esa verdad que de tan buena fuente saben los que no escriben.
Rogelio Guedea
Antología del microrrelato hispánico. Ed. Menoscuarto.2005
1.826 – La paz
Por fin, luego de años de practicar yoga, de comer sólo vegetales o comida macrobiótica, de estudiar budismo y sufismo, psicoanalizarse durante una década, la paz infinita que anheló toda su vida descendió sobre él; sin embargo, nunca se enteraría ni lo disfrutaría.


