El ojo de la cerradura controla mis entradas y salidas. El ojo electrónico registra mis más mínimos gestos. El ojo de buey vigila mis navegaciones. El ojo de la aguja, al hilvanarlos, espía mis pensamientos. El ojo del amo me engorda. El ojo de bife escudriña mis vísceras. El ojo clínico calibra mis falencias. El ojo de la papa me abraza en sus tentáculos. El ojo del huracán me acecha. A ojímetro son medidos mis pasos y determinada la distancia que me queda por recorrer.
Furioso y fijo en mí, el ojo de Dios ni parpadea.
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2.741 – Drácula y los niños
Estaba firmando ejemplares de mi última novela en unos grandes almacenes, cuando llegó una señora con un niño en la mano derecha y mi libro en la izquierda. Me pidió que se lo dedicara mientras el niño lloraba a voz en grito.
-¿Qué le pasa? -pregunté.
-Nada, que quería que le comprara un libro de Drácula y le he dicho que es pequeño para leer esas cosas.
El niño cesó de llorar unos segundos para gritar al universo que no era pequeño y que le gustaba Drácula. Tendría seis o siete años, calculo yo, y al abrir la boca dejaba ver unos colmillos inquietantes, aunque todavía eran los de leche. Yo estaba un poco confuso. Pensé que a un niño que defendía su derecho a leer con tal ímpetu no se le podía negar un libro, aunque fuera de Drácula. De modo que insinué tímidamente a la madre que se lo comprara. -Su hijo tiene una vocación lectora impresionante. Conviene cultivarla.
-Mi hijo lo que tiene es un ramalazo psicópata que, como no se lo quitemos a tiempo, puede ser un desastre. Me irritó que confundiera a Drácula con un psicópata y me dije que hasta ahí habíamos llegado.
-Pues si usted no le compra el libro de Drácula al niño, yo no le firmo mi novela -afirmé.
-¿Cómo que no me firma su novela? Ahora mismo voy a buscar al encargado.
Al poco volvió la señora con el encargado, que me rogó que firmara el libro, pues para eso estaba allí, para firmar libros, dijo. El niño había dejado de llorar y nos miraba a su madre y a mí sin saber por quién tomar partido. La gente, al oler la sangre, se había arremolinado junto a la mesa. No quería escándalos, de modo que cogí la novela y puse: «A la idiota de Asunción (así se llamaba), con el afecto de Drácula.» La mujer leyó la dedicatoria, arrancó la página, la tiró al suelo y se fue. Cuando salían, el pequeño volvió la cabeza y me guiñó un ojo de un modo extremadamente raro. Llevo varios días soñando con él. Quizá llevaba razón su madre.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.734 – Pinocho
Hoy no va al instituto, le molesta la anilla en la nariz. Sentado en el parque, mientras espera la llegada del Gato y de la Zorra para pillar algo que le lleve al País de los Bobalicones, oye a una anciana de cabellera azul murmurar que los chicos de hoy son todos unos burros y nunca llegarán a ser personas.
No quiere pensar en Geppeto, al que una empresa de tiburones se traga de sol a sol. Aún no es capaz de cruzar el mar de rabia o el mar de sueños para rescatarle.
Isabel Cienfuegos
http://nalocos.blogspot.com.es/2013/03/isabel-cienfuegos.html
2.727 – Puentes
Entre la casa de mi vecina y la mía hay un puente. El puente lo construimos una mañana soleada. La mitad ella y la mitad yo. El puente lo utilizamos para comunicamos o para distanciamos. Cuando ella necesita una taza de café, cruza el puente y me lo pide. A veces incluso lo bebe conmigo, acompañado de un pan tostado. Lo mismo: cuando yo ocupo un poco de queso o una loncha de tocino, cruzo el puente y se lo pido. Ella misma, incluso, me lo envuelve en un pedazo de papel aluminio. Sin embargo, cuando no le parece algo que he hecho sin darme cuenta, quita su parte de puente que puso y la coloca sobre la rejilla del jardín. Y de igual modo: cuando no me gusta la blusa que trae o las visitas que recibe, desmonto mi parte de puente que puse y lo recargo en la bardilla del sótano. El puente nos ha servido para acercarnos, algunas veces, y para distanciarnos, otras, que es para lo que en realidad sirven los puentes o, en todo caso, los vecinos como nosotros.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010
2.720 – En el museo
-¡Acelera!, hemos quedado a las 8.30 en el museo. ¡Espabila o nos quedamos sin visita guiada!
Así eran las vacaciones con Berta: de mañana, la ruta cultural y al atardecer, si no había que contemplar una magnífica puesta de sol en algún acantilado de difícil acceso, había que saborear el ambiente de un trasnochado café de muy renombrada solera. Estaba harto, así que hoy jugaríamos al escondite: comenzada la visita, vi abierto uno de los sarcófagos y no me lo pensé dos veces. Después, algún empleado hizo el resto. Y aquí estoy esperando hasta mañana. Por cierto, ¿hoy es domingo?
Ana Martínez Blanco
Relatos en Cadena 2009-2010 – Alfaguara. 2010
Ganador del 11 de febrero de 2010
2.713 – Retrato del héroe
Algunos al héroe lo llaman holgazán. Él se reserva, en efecto, para altas y temerarias empresas. Llegará a las islas felices y cortará las manzanas de oro, encontrará el Santo Graal y del brazo que emerge de las tranquilas aguas del lago arrebatará la espada del rey Arturo. A estos sueños los interrumpe el vuelo de una reina. El héroe sabe que tal aparición no le ofrece una gloriosa aventura, ni siquiera una mera aventura -desdeña la acepción francesa del término- pero tampoco ignora que los héroes no eluden entreveros que acaban en la victoria y en la muerte. Porque no se parece a nuestros héroes criollos, no sobrevive para contar la anécdota. ¿Quiénes la cuentan? Los sobrevivientes, los rivales que él venció. Naturalmente, le guardan inquina y se vengan llamándolo zángano.
Adolfo Bioy Casares
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005
2.406 – Perdón
Epifanio quería irse en paz y con las cuentas bien hechas, así que, antes de que fuera demasiado tarde, decidió pedir perdón a todos aquellos a quienes, según los libros de su conciencia, había hecho daño durante su larga estancia en el mundo. Mano a mano con su memoria elaboró una’ lista, usando como criterio de prioridad el calibré, según su propia apreciación, del dolor infligido. Luego se acomodó en el sillón, abrió la agenda, cogió el teléfono y empezó a llamar.
Con Ramiro Pereda no pudo hablar porque ya estaba muerto. Su hijo, sin embargo, se despachó a gusto al caer en la cuenta de quién era.
-Su delación mandó a mi padre a la cárcel, me imagino que eso lo sabe. Lo que no creo que sepa es cómo lo torturaron, cómo lo humillaron, cómo lo rompieron por fuera y por dentro. Lo soltaron de milagro, gracias a la intervención de un amigo. Un amigo de verdad, no un traidor y un cobarde como usted. No vuelva a llamar, Epifanio. En lo que a esta familia respecta, usted no existe.
Con Pepa, su primera mujer, sí pudo hablar, aunque no con mejor suerte.
-Te perdono las broncas, los disgustos… Hasta las infidelidades te perdono, fíjate. Lo que no te puedo perdonar es que me dejases vivir engañada, haciéndome creer que a pesar de todo me querías. Eso no, Epifanio, eso no tiene perdón de Dios.
Consternado, Epifanio marcó otro número.
-¿Está borracho? -preguntó Octavio Márquez, atónito-. Porque hay que estar muy borracho para atropellar a alguien en la acera, como usted atropelló a mi hijo, pero mucho más para pedir perdón así, de repente, después de tantos años. Métase usted la culpa por donde le quepa, Epifanio -dijo, y colgó el teléfono.
Epifanio se quedó inmóvil, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón y la agenda abierta en las rodillas.
-Maldita conciencia -murmuró y, haciendo trizas la lista, se levantó y fue a tirarla a la papelera.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.399 – Gemelas
En principio, el hecho de enamorarme de una mujer que tenía una hermana gemela no debería resultar embarazoso, al margen de la anécdota inevitable. No soy el primero ni el último que pasa por esta situación. Pero reconozco que cuando conocí a la que había de ser mi cuñada experimenté una extraña familiaridad, como si besara a mi novia por segunda vez consecutiva. A ello contribuyó (todo hay que decirlo) la buena disposición con la que ella correspondió a mi saludo, como si aquella no fuera la primera vez que nos veíamos. Y cuando descubrí que la sintonía entre las dos mujeres se extendía a los mínimos detalles de su carácter, dejé a un lado la estabilidad que esa compenetración significara para ambas y empecé a hacerme preguntas que no sabía responder. No pude -aunque lo intenté- dejar de mirar a mi cuñada con el mayor disimulo, cada vez que coincidíamos los tres para tomar unas copas o celebrar un cumpleaños. Ni pude dejar de evocarla haciendo el amor, imaginando que su cuerpo reaccionaría con el mismo abanico de gestos y gemidos que yo ya conocía. Llevé lo mejor que supe la inconfesable obsesión por resolver mis dudas enfermizas, que no menguaron con el paso de los años, y estuve de acuerdo en que -conforme a la educación que me habían inculcado de pequeño- mis pensamientos lascivos merecían un castigo ejemplar. Ahora bien: que la hermana de mi mujer haya acabado enamorándose de alguien idéntico a mí, me parece una condena –a todas luces- excesiva.
Pedro Herrero
2.392 – Contrafuertes
Debido a las pesadillas, decidimos que mi hijo viniera a dormir conmigo, mientras pasa la temporada de desvelos de mi pequeña hija, quien duerme con su madre en la habitación contigua. Desde ese día, cuando en las noches mi hijo se levanta con el espasmo del mal sueño, le invento cualquier historia y le digo lo que ya todos saben, que estando conmigo (su padre) nunca le pasará nada. Parece que eso lo tranquiliza y al rato, en efecto, vuelve a cerrar sus ojos apaciblemente. A la mañana siguiente, durante el desayuno, mi hijo le cuenta a mi mujer lo sucedido. Yo lo escucho decir lo que ya todos saben: que conmigo no siente miedo. Que, conmigo, se siente protegido. Obviamente, lo que nadie sospecha es que a mí me sucede lo mismo. Y que en las noches, cuando me aferro a su brazo y entre murmullos le advierto que nada pasa, que esos abismos no existen y que ya pronto vendrá la clara mañana, no es a él a quien hablo, sino a mí mismo.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010
2.375 – El presidente
El Presidente quiso tener a su pueblo cerca, por eso mandó a sus tropas a reclutarlo.
De las clases más bajas le trajeron a un varón, a un loco, a un pocero, a un anciano y a un niño. Colectaron también a un sano y a un ciego, a un rico y a un pobre, a un cojo y a un justo. Y a una santa y a una puta; y a un valiente y a un miedoso, que al poco murió de miedo. Pensó entonces el Presidente que su muestra estaría incompleta sin el alma indescifrable de los artistas. No bien lo pensó prendieron a un pintor, a una musa, a un poeta. Y a uno bajo y a otro alto, y a un triste y a un despreocupado; a uno que lloraba, a otro que una vez dudó; a una mujer fea y a otra bella, a un inquieto, a un tranquilo, a un atleta.
A todos los encerraron en el Palacio de Gobierno, donde el Presidente, cerca al fin de sus súbditos, estudiaría sus reacciones, les hablaría, quizá les comprendería y, al comprenderles, podría gobernarles mejor.
En definitiva, les amaría. Y amándoles a ellos, calculaba, amaría a su pueblo entero. -Pero los malditos no lo entendieron. Trataron de escapar. Protestaron, lloraron, se revolvieron; enarbolaron palos y revoluciones, organizaron sangrientas revueltas, anunciaron huelgas de hambre y tejieron disturbios, que fueron reprimidos con la violencia diáfana del despecho.
Entristecido, el Presidente terminó por matarlos a todos, sin comprender que, ahora sí, al matarlos mataba a su pueblo entero.

