1.976 – Hispania I

Angel-Olgoso  Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo.
Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina, sin embargo en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad.

Àngel Olgoso
La máquina de languidecer – Ed. Páginas de Espuma, 2009

1.975 – Plik-plik

Muñoz Rengel  Entre las grietas rocosas veteadas de jade del desierto de Taklamakán, hay un escarabajo de la familia de los tenebriónidos que cuando dice plik-plik quiere decir plasplás, y cuando dice plasplás quiere decir plik-plik. Nosotros pasamos por encima de estos pequeños insectos ignorándolos por completo, sin llegar a reparar en que el signo de inteligencia del escarabajo de Taklamakán contiene en su esencia el acto más puramente humano, aún más distintivo de nuestra especie incluso que la risa, la condición sobre la que se asientan las hipótesis científicas, el arte y la vida en sociedad: la capacidad de mentir.

Juan Jacinto Muñoz Rengel
El libro de los pequeños milagros – Ed. Páginas de Espuma, 2013

1.974 – Balcones engalanados

julia otxoa_2  Cada año coincidiendo con la conmemoración del día de la patria, se coloca a los disidentes en fila india en la Avenida de la Libertad, y a la vista del numeroso público que acostumbra a asistir entre expectante y amedrentado a este tipo de espectáculos, el especialista armado con una estaca de roble les arranca la cabeza con un golpe seco, este cometido es realizado siempre por la misma persona, generalmente se trata de alguien muy bregado en este tipo de escarmientos, tarea para la cual se prepara intensamente durante todo el año.
Una vez que las cabezas han volado por los aires, se recogen y se colocan lavadas y peinadas en las ventanas y balcones por donde pasará poco después el desfile de fervientes patriotas que van a honrar como todos los años la enseña nacional en la Plaza Mayor.

Julia Otxoa
Retrato de familia con fantasma- Ed. Menoscuarto – 2013

1.973 – Once años

manuel moya  No lo hice a posta. Salí de aquel pueblo una mañana de abril con todos los catálogos. No había hecho más que doblar dos o tres curvas cuando se desató la tormenta. Creo que me confundí de carretera y como no había carteles, acabé en el quinto infierno. Pasé por tremendas tempestades, por pruebas difíciles y tentaciones sin cuento y de todas escapé. Al llegar a una especie de aldea desierta vi a una anciana y le pregunté el camino a casa, pero ella se encogió de hombros y al cabo apareció con un ciego. El ciego, que se llamaba Tiresias, me escuchó en silencio y me dibujó en un croquis el camino que debía tomar. Al llegar a casa el perro me reconoció, pero vi que la fachada estaba cuarteada y sucia. Llamé al timbre. Una mujer que llevaba en la mano unas madejas de lana, se quedó de piedra al verme con la maleta en el suelo y la carpeta de los catálogos bajo el brazo. Era mi mujer. Te creía muerto, musitó con miedo y dio un paso hacia atrás. Me disponía a entrar en casa, cuando escuché el llanto de un bebé. La miré desconcertado. Han pasado once años, se excusó temblando. Volví sobre mis pasos, me metí en el coche, encendí un cigarro, giré la llave, el motor gruñó. Creo que eso fue todo.

Manuel Moya
Caza mayor. Ed. Baile del Sol.Tenerife.2014

1.972 – Alivio

alonso ibarrola  Los domingos es el día de visitas más concurrido en las residencias de ancianos. Acuden familiares y amigos con rostros compungidos. Cuentan a los internados sus tristezas, sus desgracias, sus problemas… Qué enorme alivio experimentan éstos cuando se van.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.970 – El niño grande

montana campon  La risa un poco ronca y una barba que siempre pincha. Su madre solo le deja salir las tardes de tormenta, cuando el riachuelo espontáneo que se forma en la calle le permite flotar sus barquitos de papel. -¡Mirad! –increpa a la cuadrilla que regresa del trabajo-. Hoy sí que va deprisa el mío, os voy a ganar… ¡Os voy a ganar! Lo que él no comprende es que aquéllos, sus amigos de siempre, hace más de treinta años que ya no juegan a los barcos.

Montaña Campón Pérez
Cadena SER – Relatos en cadena – Ganador 21/06/2012
http://www.escueladeescritores.com/relatos-en-cadena-2012
http://entretiensld.blogspot.com.es/2013/08/montana-campon-espagne.html

1.969 – Por unos dólares más

juan-armando-epple  Cervantes cuenta que el viejo hidalgo era asistido por «un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera». Marco Denevi reparó en que este personaje nunca más se menciona en la novela. Algún lector del siglo XIX sugirió que el hidalgo había sorprendido al mozo con la sobrina y lo expulsó de la casa. Pero la explicación verdadera ya la conocía Cide Hamete, quien decidió eliminarlo del libro por una razón valedera: don Alonso Quijano le había ofrecido al mozo el puesto de escudero, pero este rechazó la oferta porque no incluía paga extra. El mozo perdió una oportunidad de ser conocido por los siglos venideros porque no sabía que la fama puede atraer dinero a veces, pero no a la inversa.

Juan Armando Epple
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010

1.968 – El ardor de las palabras

javier Ximens  Después de unos años creando el poema destinado a declarar su amor a la joven viuda —ahora ya madura—, por fin lo tenía acabado, quedándole tan solo decidir si en el verso mil seiscientos treinta era mejor poner una u otra palabra, cuestión esta a la que se consagraba durante las tres últimas semanas.
Se sentía muy gozoso de haber hallado las locuciones precisas para sus cabellos sedosos, las cejas escarzanas, la recoleta mirada, el fulgor de su sonrisa, la constelación de lunares del cuello, su exuberante castidad, los gestos de gala y así hasta las uñas de los pies: de nácar irisado. Dudó mucho con los pechos, pero se dijo que debía ser decidido y los adjetivó como melíferos. Sin embargo, estaba dubitativo hasta la extenuación para escoger la palabra adecuada al sentir de su propio corazón.
Una mañana que paseaba por el parque reflexionando sobre las pasiones que se abrirían o cerrarían por la decisión, le avisaron de que su casa estaba ardiendo. Al llegar a la devastada vivienda y ver los manuscritos calcinados, continuó preguntándose —ahora ya sin sentido alguno— si era más preciso decir que había sido el fuego o la llama.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2012/11/el-ardor-de-las-palabras.html

1.967 – Reinserción

Pedro Herrero_110921  El hijo del lechero ha entrado en la farmacia. A la chica del mostrador le ha costado reconocerlo porque, aunque su cara es famosa en todo el barrio, hace tiempo que no le echaba la vista encima. Lo encuentra cambiado, desprovisto de aquella actitud beligerante con la que intimidaba a propios y extraños. Los pequeños surcos que agrietan sus sienes delatan que ha debido pasarlo mal en la cárcel. Ahora es otra persona, capaz incluso de inspirar confianza. Pero cuando deja oír su voz para pedir una caja de Tranxilium-Forte, la chica del mostrador nota el mismo estremecimiento que antaño la hacía sentir vulnerable, a expensas de lo que el destino le tuviera reservado. A más de un vecino ha oído comentar que el joven se ha reformado, que ha aprendido a respetar las normas elementales de convivencia. Ya no hay motivo para pensar que esconde oscuras intenciones; por más que ella se demora en atenderle, en comentar con detalle la posología recomendada para aquel medicamento, en preguntar -con una sonrisa en los labios- si necesita algo más… Todo es inútil: el hijo del lechero se guarda las cápsulas en el bolsillo, da el importe exacto y se despide deseando que pase un buen día.

Pedro Herrero
http://www.humormio.blogspot.com.es/2014/05/reinsercion.html