1.996 – Terapia

jose-maria-merino2  «Un pequeño huerto, cavar la tierra, abonarla, plantar, regar, recoger la cosecha. Esos ejercicios serían también muy beneficiosos para usted», le aconsejó el doctor mientras le entregaba el tratamiento contra el estrés.
El primer año comió unos tomates deliciosos. El segundo año se pasaba las jornadas de la bolsa recordando sus tareas dominicales, las plantas de fresas, los calabacines en flor, las lombardas, según la estación.
Pero un domingo de abril se quedó quieto, y luego se sentó entre los surcos. El lunes ya había arraigado. Produce pimientos en el brazo izquierdo y berenjenas en el derecho. No necesita mucho riego.

José María Merino
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001

1.995 – Perplejidad

Raul_brasca  La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.
Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

Raúl Brasca
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001

1.994 – La francesa

adolfo bioy casares  Me dice que está aburrida de la gente. Las conversaciones se repiten. Siempre los hombres empiezan interrogándola en español: «¿Usted es francesa?» y continúan con la afirmación en francés: «J’aime la France». Cuando, a la inevitable pregunta sobre el lugar de su nacimiento ella contesta «Paris», todos exclaman: «Parisienne!», con sonriente admiración, no exenta de grivoiserie como si dijeran «comme vous devez être cochonne!». Mientras la oigo recuerdo mi primera conversación con ella: fue minuciosamente idéntica a la que me refiere. Sin embargo, no está burlándose de mí. Me cuenta la verdad. Todos los interlocutores le dicen lo mismo. La prueba de esto es que yo también se lo dije. Y yo también en algún momento le comuniqué mi sospecha de que a mí me gusta Francia más que a ella. Parece que todos, tarde o temprano, le comunican ese hallazgo. No comprenden -no comprendemos- que Francia para ella es el recuerdo de su madre, de su casa, de todo lo que ha querido y que tal vez no volverá a ver.

Adolfo Bioy Casares
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001

1.992 – Sin que le temblara…

espido_freire  Sin que le temblara la mano le tendió el correo. Su mujer dejó caer la carta y ahogó un sollozo. Durante toda la tarde lloró por su madre muerta. Cuando logró que se acostara para descansar un poco, él abrió el cajón y, con una sonrisa, se probó la corbata de luto que guardaba desde hacía tanto tiempo.

Espido Freire
Cuentos malvados. Paginas de espuma. 2010

1.991 – La última carta

alonsoibarrola  Antes de subir al cadalso, le preguntaron al desgraciado si deseaba escribir algún mensaje, alguna carta. Contestó afirmativamente y le trajeron a su celda papel, pluma y tintero. Se sentó en el taburete, apoyó los brazos en la tosca mesa y, pluma en ristre, quedó mirando fijamente a un punto determinado de una de las mugrientas paredes de la celda. Los guardianes, impacientes, carraspearon… El condenado, absorto, no parecía estar muy inspirado. Mordisqueaba la pluma… De repente, empezó a escribir algo, pero pronto lo dejó. «Lo siento», dijo al alzarse del taburete, a manera de excusa por haberles hecho perder el tiempo. Sin mediar palabra, el grupo compuesto por el condenado, los guardianes y el capellán iniciaron la marcha, por el largo corredor, hacia el patíbulo que se alzaba en el patio central. Un carcelero se quedó junto a la celda y no pudo reprimir su curiosidad. Echó un vistazo a las líneas escritas por el reo. «Muy señor mío: En contestación a su atta. del…». Y nada más. Dedujo que el reo no había podido recordar la fecha.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.990 – Los dedos

millas23  Como hacía una mañana muy agradable, decidí ir a la oficina dando un paseo. Todo iba bien, si exceptuamos que al mover el pie derecho me parecía escuchar un ruido como de sonajero proveniente del dedo gordo de ese pie; daba la impresión de que algún objeto duro anduviera suelto en su interior golpeándose contra las paredes.
Cuando llegué al despacho me descalcé y comprobé que, en efecto, el sonido procedía del pie y no del zapato. Observé el dedo gordo desde todos los ángulos por si tuviera alguna grieta o ranura que permitiera asomarse a su interior, pero choqué con una envoltura hermética, repleta de callosidades y muy resistente a mis manipulaciones. Finalmente advertí que la uña actuaba como tapadera y que se podía quitar desplazándola hacia adelante, igual que la de los plumieres. De este modo, abrí el dedo y vi que estaba lleno de pequeños lápices de colores que se habían desordenado con el movimiento. Los coloqué como era debido y luego me entretuve con los otros dedos, cuyas tapaderas se quitaban con idéntica facilidad. En uno había un cuadernito con dibujos para colorear. En otro, un sacapuntas diminuto; en el siguiente, una reglita; por fin, en el más pequeño, encontré una goma de borrar del tamaño de un valium. Saqué el cuaderno y un lápiz para pintar, pero en ese momento se abrió la puerta del despacho y apareció mi jefe, que se puso pálido de envidia y salió dando gritos. La verdad es que yo no había tenido la precaución de colocar las uñas en su sitio y me pilló con todas las cajas de los dedos abiertas. Por taparlas con prisas me hice algunas heridas y me han traído al hospital. Ahora estoy deseando que me manden a casa para mirar con tranquilidad lo que tengo en los dedos del pie izquierdo, porque cuando lo muevo suenan como si hubiera canicas de cristal.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

1.989 – Zapatos viejos

alejandra_d_o  La descubrió en el metro. En la línea 10 para ser preciso, cuando iba camino de ningún lugar. Ella, sin saberlo, le indicó el destino.
Era la mujer más hermosa que había contemplado jamás. Su cuerpo aparecía delicado, etéreo; apenas delineado por el contorno de su piel. Pálida, casi transparente. Hasta su nariz le llegó el dulce aroma que despedía su alma.
La escena parecía calcada del cuadro que venía soñando desde hacía una eternidad de insomnios. Se estremeció.
Tuvo cuatro estaciones para desearla. A través de los audífonos de su mp3, el *Urlicht* de Mahler se reproducía como la mejor banda sonora para tan célica epifanía.
«Es imposible criatura tan bella. No puede existir tal perfección», musitó en voz baja.
Y no se equivocó. Con gran disgusto, al bajar la mirada, observó sus zapatos. Eran de confección barata, y con tres puntos de mal gusto. Para su disgusto, el par de manoletinas gastadas delataban unas extremidades gibosas e inversamente desproporcionadas con el resto de su excelsa figura.
Mientras la seguía por los pasillos hacia la salida del suburbano, decidió que los pies serían lo primero que le iba a cortar…

Alejandra Díaz-Ortiz
No hay tres sin dos.Trama Editorial 2014

1.988 – A buenas horas.

2003 Sundance Film Festival - "Mondays in the Sun" - Portraits  Después de sesenta años de matrimonio le cambiaron a su mujer. Por una mucho más joven y bella, de pómulos marcados y desafiantes pechos bajo la ligera camisa de seda negra.
Anselmo pensó que la luz cenital de la cabina siete del tanatorio municipal favorecía a aquella señorita que, como por arte de magia, había aparecido rodeada de flores al levantarse la persiana, al otro lado de la mampara de metacrilato.
Y al instante se dio cuenta de que habían estado hechos el uno para el otro. Sonriente pese a las circunstancias, se adivinaba en ella a una persona bondadosa, amable; una de esas mujeres que pueden hacer de la vida un lugar.
Lejos de molestarse o reclamar, Anselmo rompió a llorar al verla. Como si no se hubiera dado cuenta del error, o quizá porque se había dado cuenta.
A buenas horas, alcanzó a decir en voz baja.
Y siguió llorando buena parte de la noche, desconsolado por lo que la vida, prestidigitadora cruel, le mostraba fugazmente para después negárselo: un recuerdo equivocado, un deseo concedido a otro.
Uno de esos goles fuera de tiempo, que suceden cuando ya te has ido del estadio.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

1.987 – Homenaje a un poeta andaluz (a F.G.L.)

rafael perez estrada55  Después de la muerte del Poeta, el grito se sostuvo en el aire, y poco a poco fue cambiando su naturaleza de grito hasta convertirse en una nube terrible y amenazante. Y fue imposible hacerle descargar su furia y su odio. Se mantenía en lo alto como una masa de piedra que esperase la mano de un artista y el prodigioso esfuerzo de las palabras. Algunos aseguran que la nube llovió sangre durante treinta días, y no hubo alba, ni rosas, ni blanco en los jardines. Días ciertamente oscuros -dicen otros-, pues el espesor de aquel suceso impedía que la luna iluminase el perfil de tarjeta de la ciudad. El General, más optimista, apuntó desde el Palacio Arabe su batería de acero contra la nube intensa, y un chaparrón de esquirlas de mármol nunca visto granizó indivisible sobre las viejas cenizas de la ciudad del odio. Y como ningún milagro, ningún vuelo, ni siquiera la brisa, se sostienen durante mucho tiempo de pie sobre lo azul, el grito volvió a silbar entre alcaicerías y plazas del olvido, ya sólo como grito, como línea infinita o puntos suspensivos infinitos. Aún hoy, pasados muchos años, el grito cruza el Sur con su eco de balas.

Rafael Pérez Estrada