Independientemente de los motivos que inspiraran el asesinato y del modo en que éste se haya llevado a cabo, expertos consultados recomiendan, como la fórmula más eficaz y segura de deshacerse de un cadáver de tamaño medio, introducirlo en una maleta grande, acercarse al aeropuerto más cercano y facturarla en cualquier compañía aérea hacia un destino del que le separen al menos tres escalas internacionales. La maleta y su contenido desaparecerán en el trayecto sin que nadie acierte a dar con su paradero, y a cambio usted recibirá una compensación económica nada desdeñable.
Este procedimiento puede ser empleado también para deshacerse de un cadáver de tamaño grande, con el único inconveniente de que en ese caso deberá abonar una penalización por exceso de peso.
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2.025 – La llamada
Telefoneó al supermercado para hacer el pedido, pero una mujer respondió que aquello era una casa particular. Colgó lleno de palpitaciones: la voz había abierto en su memoria sentimental una grieta por la que comenzó a salir enseguida una aguja de gas. Volvió a marcar confiando a los dedos la reproducción del error y respondió de nuevo la mujer. Él permaneció en silencio, absorbiendo con los sentidos la atmósfera de la habitación lejana. No se oía la televisión ni la radio: tampoco ruido de niños. Imaginó que vivía sola en un apartamento igual que el suyo y lo reprodujo sin dificultades. Ella, a su vez, callaba. Quizá su voz había levantado también un registro mal cerrado en las sentinas de su memoria. La imaginó con un libro en el sofá.
Durante años había soñado que se encontraban en la calle y ahora, en lugar de sus cuerpos, se cruzaban sus voces, pero la de ella tenía la densidad de un cuerpo. «Diga», repitió al fin, y él paladeó ese «diga» con las membranas del oído, igual que en otro tiempo había saboreado sus muslos con sus dedos. Era un «diga» mojado por la excitación. De manera que también ella vivía sola y los sábados por la tarde leía: tenía la voz de los que se refugian de las horas dentro de una novela. «¿Es el supermercado?», preguntó. «Sí», escuchó al otro lado, tras un titubeo: «¿Qué desea?» Recitó el pedido y al final la mujer añadió que había yogures en oferta. Después de los yogures, no supo continuar. Ella, tampoco, así que dijo que se lo enviarían y colgó sin solicitar la dirección, lo que acabó de delatarla. Telefoneó de nuevo, lleno de remordimientos, pero sus dedos no se atrevieron a equivocarse una vez más. Se habían cruzado, pero después de unos instantes prefirieron simular que no se conocían. Él reprimió un sollozo y, ahora sí, llamó al supermercado.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.024 – Derechos de autor
El autor de *Las diez reglas básicas para un matrimonio feliz* nunca se casó. Eso no le impidió escribir un tratado sobre el divorcio.
Aunque nunca negó su fobia a viajar, consiguió un gran éxito con su *Guía básica para la conquista de los cien mejores Paraísos del Universo*, tres extensos tomos sobre lugares exóticos que jamás conoció. De hecho, hay, quien duda sobre la existencia de más de tres de los citados paraísos.
(Re)Conocido por ser un miserable en usos y costumbres cotidianas, tales como su aversión al baño y a dejar propinas, entre otras virtudes, su consagración definitiva le llegó al recibir el reconocimiento mundial, en forma de premios de diversa calidad e índole monetaria, tras la publicación de su última obra: *Cómo ser un buen humano*.
Al poco, murió.
Alejandra Díaz-Ortiz
No hay tres sin dos.Trama Editorial 2014
2.023 – Anita
Cubrió su sexo con el estrecho tanga de hilo que acababa de comprarse y con la misma delicadeza, terminó de abrocharse su mágico sujetador push up. A continuación, se puso un ajustado vestido negro que apenas cubría algo de sus femeninas piernas y cerró la cremallera que colgaba por su finísima espalda. Después, se colocó dos enormes aros de plata, perfiló con un lápiz sus rasgados ojos y con un gloss intenso recorrió de lado a lado sus carnosos labios. Por último, se subió a unos tacones de aguja y sólo entonces, se atrevió a salir por la puerta.
Decidido.
Daniel Sánchez Bonet
http://microrrelatoapeso.wordpress.com/2011/12/14/anita/
2.022 – Diario secreto
Todos le tenían por un hombre serio, equilibrado y honesto. Pero por culpa de un cáncer murió. Dejaba viuda, cuatro hijos y una discreta pensión. La mujer, compungida y llorosa, se dispuso a afrontar la vida y a honrar la memoria de su marido. Cierto día, curioseando en la mesa de trabajo de su difunto marido, descubrió una agenda de cierto volumen, con todas las páginas repletas de una letra menuda y nerviosa, que inmediatamente reconoció como de su marido. Su rostro reflejó, ante la lectura, curiosidad primeramente. Luego, espanto… Toda la noche se la pasó leyendo el «diario secreto» de su marido… En el mismo había plasmado sus odios, sus frustraciones, sus amoríos, sus adulterios, sus experiencias con homosexuales y jovencitos… Toda una vida de vicio y corrupción, de degradación moral, se desvelaba ante sus ojos. Al final de todo, una «nota» decía: «Querida: Entrega este manuscrito al editor L.» (aquí un nombre y una dirección). Con los derechos de autor, la viuda pudo afrontar la existencia con más tranquilidad, pero siempre le quedó la duda…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.021 – La fuerza del destino
El perro riñe al gato, el gato al ratón, el ratón a la musaraña, la musaraña a la araña, la araña a la mosca, la mosca a la hormiga, la hormiga a la pulga, pero la pulga, como es tan pequeña, no tiene nadie más pequeño a quien reñir, así que, indignada, prepara la revolución para derrocar al perro.
Julia Otxoa
2.020 – Clases de gimnasia
2.019 – Nombres
En una visita a la cárcel, el Gobernador preguntó -así dijo- por determinado «penado» que había sido su jardinero antes de caer en manos de la justicia. Un funcionario le advirtió que ya no se hablaba de penados, ni siquiera de internos, sino de «pupilos». No obstante, cuando el Gobernador intentó usar esta palabra en un discurso, sus asesores le recomendaron que escogiera una aun más neutra. «Residente», le explicaron, era ahora la expresión políticamente correcta. Lo tuvo en cuenta el Gobernador cuando firmó un decreto en el que conmutaba penas, entre otros, a su antiguo jardinero. El residente de la cárcel, que antes había sido pupilo, aun antes interno o penado, y a la vieja usanza, asesino, salió de la cárcel según el régimen de libertad condicional y, precisamente en vísperas de Navidad, asesinó al Gobernador.
David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007
2.018 – Peligros de la intimidad
La mujer desnuda, con toda la impudicia del deseo saciado, se vuelve sobre el lecho para mirar, en la semioscuridad de la madrugada, al hombre que está a su lado.
Con un casi imperceptible gesto de hastío, ella le señala sus ropas, tiradas descuidadamente en una silla, y se duerme.
El joven obedece la silenciosa orden de partir; pero ya vestido, antes de marcharse definitivamente, se inclina un momento sobre la hermosa cabeza rendida.
Horas más tarde, cuando el sol golpea los ventanales de la habitación, la mujer continúa acostada, inmóvil, mientras la doble sonrisa roja del limpio tajo que va de una a otra de sus bellas orejas, se derrama sobre la almohada perfumada.
Ángela Martínez
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001
2.017 – Alegría del cronopio
Encuentro de un cronopio y un fama en la liquidación de la tienda La Mondiale.
-Buenas salenas, cronopio cronopio.
-Buenas tardes, fama. Tregua catala espera.
-¿Cronopio cronopio?
-Cronopio cronopio.
-¿Hilo?
-Dos, pero uno azul.
El fama considera al cronopio. Nunca hablará hasta no saber que sus palabras son las que convienen, temeroso de que las esperanzas siempre alertas no se deslicen en el aire, esos microbios relucientes, y por una palabra equivocada invadan el corazón bondadoso del cronopio.
-Afuera llueve -dice el cronopio-. Todo el cielo.
-No te preocupes -dice el fama-. Iremos en mi automóvil. Para proteger los hilos.
Y mira el aire, pero no ve ninguna esperanza, y suspira satisfecho. Además le gusta observar la conmovedora alegría del cronopio, que sostiene contra su pecho los dos hilos -uno azul- y espera ansioso a que el fama lo invite a subir a su automóvil.
